La torre de cristal XXXVII
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XXXVII

El padre Salvatierra era un tipo inteligente que sabía manejar a quienes lo rodeaban.

Tenía un gran carisma. También resultaba siniestro.

Tanto que, si no se hubiera consagrado a Dios, seguro habría sido un capo de la mafia local.

Y de algún modo lo era, a pesar de la sotana.

Su historia resultaba algo confusa en ese entonces.

Se le conocía como uno de los líderes del movimiento cristero, pero nunca se pudo probar hasta qué grado se había implicado con los campesinos que se levantaron en armas.

Se decía también que había sido uno de los autores intelectuales del magnicidio del general Álvaro Obregón, pero como ese atentado en el restaurante La Bombilla fue uno de los más oscuros, retorcidos y confusos en la historia de México, a pesar de que el supuesto autor material cayó en el momento, tampoco se pudo establecer cuál papel real había representado el padre Salvatierra en él, más allá de que bendijo la pistola usada por el homicida José de León Toral para meterle algunos balazos en la cabeza al presidente electo.

En fin, aun sin pruebas que lo relacionaran de modo directo con estos casos, las autoridades de esos años decidieron encerrarlo, y los gobiernos que vinieron después lo mantuvieron tras las rejas, lo que decía mucho de su peligrosidad y del miedo que en verdad le tenían.

Como cualquier dirigente criminal, Salvatierra manejaba muchos hilos desde su bartolina en Lecumberri.

Hilos que se extendían, no sólo a la Ciudad de México, sino a muchas otras ciudades del país.

Pero a quienes realmente controlaba por completo eran los feligreses de su parroquia y a los habitantes del barrio donde se ubicaba.

Su cantera, decía él. Entre ellos había “hombres” que mataban en nombre de Dios, terroristas que se habían quedado sin trabajo luego de extinguirse el levantamiento cristero.

El sacerdote no se cansaba de asegurar que el movimiento seguía vivo en todo el país, aunque en estado de hibernación.

Según él, los combatientes cristeros tan sólo habían guardado las armas, no se deshicieron de ellas, y esperaban una señal para volver a luchar contra el gobierno ateo que trataba de echar por tierra las creencias y la moral de sus ancestros.

Salvatierra también se consideraba a sí mismo un hacha de guerra que podía ser desenterrada cuando se requiriera.

Y tal vez era cierto porque, como después se supo, él habría podido fugarse del Palacio Negro prácticamente en el instante en que lo decidiera.

Tenía suficientes adictos a su investidura tanto dentro de los muros de Lecumberri como en las calles de la urbe, y con tronar los dedos le habría bastado para que se organizaran rápido con el fin de prepararle la huida.

También, como cualquier líder criminal, tenía sus obsesiones.

O tal vez sería mejor llamarlas convicciones, porque estaba convencido de que la misión que le había sido encomendada por Dios mismo era la de derrocar al gobierno ateo y comunista, según él, para regresar a la vida de pureza, de fe y de moral cristiana que hubo en México décadas atrás, antes del derrocamiento de Porfirio Díaz.

Él sabía que, para que el movimiento cristero se transformara en una verdadera revolución, una santa revolución, primero se tenía que desestabilizar el país, hacer que el gobierno perdiera sus apoyos entre los obreros y campesinos, que se deterioraran las relaciones con otras naciones, sobre todo con la potencia del norte, hasta que desapareciera el poco prestigio internacional que habían conseguido obtener los regímenes revolucionarios.

¿Y cómo podía suceder algo así? Salvatierra le había dado muchas vueltas al asunto durante los años que llevaba encerrado.

Estar inmerso en un mundo que habitaban puros delincuentes le dio muchas ideas, pero las desechó o depuró, según pasaban los días y los meses.

Le sobraba tiempo para pensar. Y llegó a la conclusión de que el único camino para tambalear al gobierno, ya que Dios no le ayudaba enviando catástrofes naturales ni plagas, era la desestabilización económica.

Era lo único que podía producir un caos generalizado, un caldo de cultivo para que los guerrilleros cristeros dejaran de hibernar, tomaran las armas de nuevo e hicieran caer al gobierno.

Sí, pero ¿cómo? No resultaba nada fácil conseguirlo. No tenía los medios.

Pero entonces el falsificador Enrico Sampietro fue ingresado en la penitenciaría de Lecumberri, y se hizo la luz para el padre Salvatierra.

Sampietro era considerado un verdadero artista de la falsificación de billetes y, por lo tanto, bastante peligroso en su área.

Había inundado de francos franceses y libras esterlinas británicas, fabricados por él en su taller, varios países del norte de África, y por ello era buscado tanto ahí como en Europa.

Se contaban muchas cosas sobre este francés de apellido italiano.

Que había pertenecido al partido de los fascistas en Italia, que en Venezuela y Colombia falsificó dólares para que los grupos insurgentes pudieran hacerse del armamento que luego utilizarían en su lucha contra sus gobiernos, que había sido contrabandista en Panamá, y otras cosas.

Apenas el falsificador puso un pie en Lecumberri, Salvatierra mandó que lo trajeran a su celda para conocerlo y conversar con él.

Hablaron en italiano y simpatizaron desde la primera ocasión, como si sin mencionarlo ambos supieran que necesitaban uno del otro para sobrevivir y llevar a cabo sus planes.

Sampietro le contó al sacerdote algunas de sus hazañas.

Le detalló sus métodos de diseño e impresión de billetes falsos, lo que Salvatierra pudo comprobar cuando le entregó un cuaderno y plumines para ver si conseguía copiar dinero mexicano.

Quedó encantado. Sampietro en verdad poseía talento artístico.

Salvo por la tinta y el papel escolar, las copias eran idénticas a los originales.

Le preguntó si también sabía falsificar monedas.

Sampietro nomás sonrió. Entonces, como si estuviera ante el mismísimo Salvador, el padre Salvatierra, dispuesto a abrirle su pecho sin reservas al otro, le contó los planes que había venido rumiando desde hacía tiempo.

—Se trata de inundar el país con dinero falso hasta lograr que la economía mexicana se tambalee y luego se venga abajo —le dijo—. ¿Estarías de acuerdo en ayudarme, hijo?

El europeo asintió. Había calibrado bien al sacerdote y comprendió que él le proporcionaría todo lo necesario para la realización del plan.

—Para empezar, padre… necesitaría papel y tintas iguales a las que usa el gobierno.

No que se parezcan; tienen que ser iguales, las mismas.

Luego una buena imprenta, implementos de tallado y escultura que yo le indicaré.

Material para fabricar moldes, un buen horno para el vaciado de las placas, algunos ayudantes que sean bastante discretos y que tengan experiencia en cuestiones de impresión.

Salvatierra enumeró en la mente lo que había oído.

—¿Y podría realizar esos trabajos dentro de estos muros? —preguntó al francés.

—Tal vez podría intentar hacer un par de pruebas, o quizá más —Sampietro recorrió con los ojos las paredes de la bartolina, sus dimensiones, e hizo un gesto de disgusto—. Pero para la impresión de billetes en forma masiva sí necesitaría estar fuera de la prisión.

Miró al sacerdote con suspicacia, como si lo estuviera poniendo a prueba sugiriéndole que lo sacara de Lecumberri, pero no advirtió que el otro moviera un solo músculo de la cara.

El padre Salvatierra tomó nota de todo. Y, durante los siguientes días, los principales contrabandistas del Palacio Negro comenzaron a introducir al penal los materiales necesarios para que el europeo preparara los primeros ensayos.

Ya para entonces Enrico Sampietro había sido trasladado a la crujía donde habitaba el sacerdote.

Le dieron una de las bartolinas más amplias y cómodas para él solo, y todos los reclusos sabían que se hallaba bajo el ala protectora de Salvatierra.

Era intocable. Los mismos custodios de la crujía estaban ahí, no para vigilar sus movimientos, sino para cuidarlo, para evitarle contactos desagradables con otros presos y para servirlo en lo que se le ofreciera.

Empezó a trabajar, y rápido le mostró a su protector los primeros avances.

Hizo milagros con el papel y la tinta que los hombres del sacerdote le habían conseguido, pero los billetes que produjo en ese tiempo aún podían ser detectados, si no por la gente, sí por los cajeros de los bancos.

Por eso el sacerdote le prometió que muy pronto sus hombres de afuera llevarían a cabo un robo a la fábrica de pintura proveedora del gobierno, y otro a la que le proporcionaba el papel.

Por eso, el día en que recibió la visita del supuesto padre Benito Canales y la supuesta monja Aurelia, el sacerdote decidió ir a la celda de Sampietro.

Lo encontró trabajando en una moneda de yeso, idéntica a los centenarios de oro.

Al verlo llegar, acompañado por dos custodios del penal, el falsificador la aventó al aire como si tirara un volado, pero en dirección de Salvatierra, quien la atrapó al vuelo.

Tras examinarla con cuidado, el sacerdote lo felicitó.

—Imagínela hecha de una aleación de plomo y un poco de oro. Pesaría lo mismo que la original y sería muy difícil que alguien detectara que no lo es —dijo en italiano el falsificador.

—Es cierto —respondió Salvatierra en la misma lengua—. Pero aun así prefiero los billetes. Sobre todo cuando logremos hacerlos con el papel y las tintas adecuadas.

Enseguida pasó directo al punto que lo había traído. Bajó la voz.

—El día de nuestra salida de este lugar infernal está acercándose, hijo —le puso al otro una mano en el hombro—.

Sin embargo, hay algunas novedades que debes saber, cambios de última hora.

No me mires así, el plan sigue en marcha, pero con un añadido: vamos a incluir en la huida a otro huésped de la prisión.

—¿A quién?

—Un europeo, como tú. Parece ser que es belga, la verdad no estoy seguro. Un hombre cuya vida corre peligro dentro del penal.

Con esa aclaración, Sampietro comprendió que se trataba del asesino de Trotsky.

Lo había visto deambular por algunos pasillos y patios, sin hablar con nadie.

Cuando supo que se trataba de un belga, pensó que podría conversar con él en francés, pero luego de observarlo bien empezó a dudar: el tal Mornard no hablaba con ningún otro presidiario, pero muchas veces lo había sorprendido cerca de reclusos que conversaban entre ellos, como si entendiera bien el español y prestara atención a lo que decían.

Eso lo había ahuyentado en su momento, pero ahora que el padre Salvatierra le dijo que sería compañero de fuga de ambos, decidió volver a su proyecto original: conversar con él en francés para conocerlo mejor.

—Es un comunista, lo que casi es lo mismo que decir enemigo —el sacerdote no reprimió un gesto de disgusto—. Pero un comunista que mató a otro mucho más peligroso para nosotros: León Trotsky. ¿Tienes algún reparo con este asunto?

—Ninguno —dijo el falsificador pensativo—.

Recuerde, padre, que en Italia formé parte del Partido Fascista y, por lo tanto, lo que hizo el tal Mornard es para mí un verdadero acto de heroísmo.

Además, quitárselo de las manos a los comunistas recluidos aquí, que seguro ya sienten la excitación de matarlo, me va a dar mucho placer.

El padre Salvatierra se quedó un buen rato en la celda de Sampietro. Ya no hablaron de la fuga, ni de las falsificaciones, ni de Mornard. Al sacerdote le gustaba que el falsificador le contara sus aventuras en diferentes países y de ello ambos eran capaces de hablar durante horas y horas.