XXXVI
La calavera del Tigre de Santa Julia permanecía muda y distante en un rincón del escritorio.
Quevedo hacía dibujos a lápiz en la hoja de un cuaderno, donde también anotaba de vez en cuando algunos nombres, los unía por medio de flechas y los coronaba con signos de interrogación.
Los últimos nombres escritos eran Siqueiros, seguido de Armenta y Mornard y varias interrogantes.
¿Se conocían de antes Armenta y el muralista?
Si así fuera, tal vez no tendría nada de extraño: Armenta de algún modo pertenecía a las altas capas de la administración pública, cuyos miembros acostumbraban relacionarse con los artistas de altos vuelos.
Y, sin embargo, algo le sonaba mal. ¿Y Mornard y Siqueiros?
El muralista había proferido varios insultos fuertes en contra de Mornard, dijo algo acerca de su madre y aseguró que ni belga era.
Lo conocía bien, eso era obvio. Pero ¿de dónde?
¿En la Unión Soviética? Podría ser, pues el pintor era un comunista reconocido en México, enemigo declarado de Trotsky y el trotskismo, y Mornard debía serlo también, si no, no le hubieran dado la encomienda de eliminar al anciano.
¿Y Armenta? ¿Cómo encajaba en esta trama?
¿Por qué fue directamente él a sacar de la comandancia al pintor?
¿Cómo se había enterado el abogado de Siqueiros que estaba preso?
Quevedo fijó los ojos en el cráneo del célebre bandido, como si le suplicara unas palabras de ayuda.
Iba a extender el brazo para tomarlo y acercarlo a su rostro, cuando oyó que Lupita entraba al estudio.
Su taconeo y el balanceo de caderas le aceleró el pulso, aunque su rostro permaneció impasible mientras la recorría con la mirada.
Al verla, advirtió que la muchacha no sonreía, sino que lucía un tanto alterada.
Tampoco se sentó sobre la superficie del escritorio como otras veces.
Apoyó las palmas de las manos sobre los papeles de Quevedo.
—¿Estás muy ocupado, Alfonso? —le preguntó con voz ronca.
—Aunque lo estuviera… —respondió mientras la miraba con ternura—. ¿Te pasa algo?
Ella suspiró.
—Es que… estoy preocupada por Jerónimo, necesito que me ayudes.
Quevedo, que ya le conocía de sobra esas angustias, pasó rápido de la ternura al fastidio y frunció el ceño.
Antes ya habían discutido varias veces sobre el asunto.
Él intentaba explicarle el comportamiento general de los adolescentes, su inclinación a ir siempre en contra de las normas y de lo que los adultos consideraban buenas costumbres, su exceso de energía…
pero Lupita se cerraba a sus razonamientos, alegando que su sobrino ni era un caso de estadísticas ni una investigación que él debía resolver, sino un ser humano del que ella tenía que responsabilizarse.
En esas discusiones se rebatían uno al otro, alzaban la voz, y no fueron pocas las ocasiones en que terminaron disgustados, sin dirigirse la palabra durante el resto del día.
—Nunca está en la casa, por las noches llega tardísimo, a veces borracho, y cuando yo vengo a trabajar no se ha levantado. Dice que consiguió empleo en el sindicato de Petróleos, por eso ahora trae hasta carro, pero he visto a sus nuevos amigos y son unos tipos que se miran torvos, violentos…
—Si no aprendes a tomar las cosas con calma, ese muchacho va a matarte de un infarto —Quevedo suspiró un tanto desesperado.
—¡Por favor, Alfonso! ¡No me salgas con lo mismo de siempre! Ahora es diferente, mi instinto me dice algo diferente.
—¿Tu instinto?
—¡Sí, mi instinto! Ese que me decía cuándo no debía irme con un cliente, el mismo instinto que me dijo que podía confiar en un tímido doctor en criminología que realizaba un estudio sobre nuestra profesión.
Lupita estaba furiosa. Apretaba los puños en tanto dirigía sus ojos negros a Alfonso con una expresión en la que se adivinaba que iba a estallar en gritos y lágrimas.
Pero no pronunció palabra. Dio media vuelta y caminó en silencio hacia la salida del estudio.
Cerró la puerta tras de sí, y luego se escuchó el ruido de sus tacones al bajar las escaleras.
Quevedo resolló con profundidad y el remordimiento se apoderó de él en un instante.
Se puso de pie y fue al ventanal para ver la calle desde ahí.
Pensaba que no le costaba nada pedirle a Robledo que enviara a un par de agentes a que comprobaran las actividades de Jerónimo, pero volvió a decirse que con toda seguridad Lupita exageraba el asunto y lo mejor era dejarlo así.
Una sensación de tristeza lo devolvió a la silla de su escritorio.
La duda también lo torturaba. ¿Debía haberla consolado?
¿Ayudarla ahora? ¿O tenía razón él? Si bien sentía que amaba a Lupita, siempre estuvo convencido de que, incluso en el amor, debía poner ciertos límites.
Sin límites, la vida se convierte en un verdadero caos, era una de sus consignas para existir.
Tomó uno de los expedientes, el que contenía sus notas del interrogatorio realizado a Jacques Mornard por los funcionarios de la embajada belga, pero supo que no iba a poder concentrarse en el caso.
Volvió la vista hacia la calavera del Tigre de Santa Julia como si le dijera “Háblame, Tigre”, pero luego de unos segundos apartó la vista: no fuera a ser que el cráneo del bandido comenzara a aconsejarlo en cuestiones de amor.