XXXV
La tarde siguiente, un viejo Ford T se orilló a un costado del penal y de él bajaron un hombre vestido con sotana y una mujer con hábito de monja.
Apenas se alejó el vehículo, ambos caminaron hacia la entrada de la prisión.
Ni por esos días ni antes ni después resultaba raro ver sacerdotes y religiosas por el rumbo, ya que muchos de ellos visitaban el Palacio Negro con el fin de otorgar algo de consuelo a los reclusos, llevarles mensajes de sus seres queridos o un poco de alimento conseguido por medio de la caridad.
Pero quienes los vieron desplazarse por la banqueta y luego acercarse al portón, advirtieron que algo extraño había en esa pareja: de inicio, la manera de andar, que en él parecían los pasos de un obrero de la construcción acostumbrado a mantener el equilibrio sobre los andamios, y en ella los de una militar que marcha entre contingentes vestidos de uniforme.
Otra cosa eran los ademanes y los gestos: siniestros los del ensotanado, como si se tratara de alguien a punto de cometer una fechoría, y sigilosos los de ella, iguales a los de quien trata de mantener un perfil bajo para no ser reconocido.
El que habló con el guardia de la entrada fue el sacerdote, mientras la mujer se mantenía detrás, en silencio, oculto el rostro en el tocado y con un rosario entre sus dedos.
Se anunciaron como conocidos del padre José Aurelio Salvatierra, preso por haber estado involucrado más de una década atrás en un importante asesinato político y por su participación, como recaudador de fondos y organizador, en el levantamiento cristero que había tenido en jaque al gobierno en años anteriores.
Una de sus leyendas negras lo señalaba como quien bendijo la pistola que utilizó José de León Toral para disparar sobre el general Álvaro Obregón cuando ya había sido electo para su segundo periodo como presidente del país.
A los custodios del penal no les pareció sospechosa esa visita, pues Salvatierra solía recibir a mucha gente, tanto fieles de su parroquia como comerciantes ricos que pertenecían a Acción Católica, además de otros religiosos, hombres y mujeres.
Les abrieron el portón, los pasaron a una suerte de sala de espera, los anotaron en el registro como sor Aurelia y el padre Benito Canales, y por último los registraron por encima del hábito y la sotana.
Estaban limpios. Les pidieron que esperaran hasta recibir aviso de que el padre Salvatierra había sido llevado al área de visitas.
Mientras aguardaba, la monja, que en realidad era Klava, trataba de dominar sus nervios.
La noche anterior, ya de regreso a la bodega, derrotados los cuatro comunistas, Carmencitas pareció compadecerse de ella.
Le dio la dirección del tal Canales, un antiguo miembro del Partido Comunista Mexicano, arrepentido de haber abjurado de la fe católica durante años para abrazar el marxismo.
Ahora era un cristero convencido que mantenía nexos desde hacía años con el padre Salvatierra.
Él la podría conectar con el sacerdote, que era una figura muy poderosa dentro del penal.
Tal vez podrían llegar a algún acuerdo, pero eso dependía de ella.
Klava agradeció el gesto y de ahí mismo fue a buscar sola a Canales, quien al escuchar sus tribulaciones aceptó, tras acordar un precio, acompañarla al penal para que le expusiera su caso al sacerdote preso.
Klava se despidió de Canales después de quedar citados para la tarde siguiente.
Fue idea de Canales ir vestidos de religiosos y ella estuvo de acuerdo.
Sabía que tras las rejas de aquellos muros se hallaban muchos miembros y exmiembros del Partido, cuyas órdenes desobedecía al acudir a la prisión.
Algunos de ellos podrían reconocerla y, por consiguiente, delatarla.
Pensaba qué podría pasar si avisaban a alguno de los integrantes de la jerarquía de su presencia allí.
Lo más leve sería que la llevaran ante un superior para que recibiera una severa llamada de atención, que quedaría registrada en su expediente.
Pero si la cosa era considerada grave por sus camaradas, seguro la sacarían de inmediato de país para trasladarla a Moscú donde, sometida a los tratamientos más terribles, debería explicar los motivos de su insubordinación; y luego vendría el castigo, que podría ser incluso la muerte en el paredón de fusilamiento.
Por eso permanecía con la cabeza gacha, oculta tras el hábito, sin mirar a nadie a su alrededor y, sobre todo, sin tratar de acercarse a Jacques Mornard.
La espera no fue larga. En menos de diez minutos uno de los custodios del penal fue por ellos para conducirlos a donde los reclusos recibían a sus visitas.
En tanto recorría aquellos pasillos desnudos, olorosos a humedad y encierro, Klava imaginaba cómo sería de ese día en adelante la vida de Mornard al interior de tantas paredes de piedra sólida.
Pensó en noches frías, en la miserable alimentación que le darían, peor que la de los ranchos de los soldados después de la batalla; en el constante acoso de los demás presidiarios, sobre todo de los que estaban alistados en el Partido.
Se estremeció. Alejó esos pensamientos de su mente.
Llegaron hasta una puerta de hierro. Otro custodio les dio el paso desde el interior y, en una mesa del fondo, ambos distinguieron la figura severa y oscura del padre Salvatierra.
Otras mesas estaban ocupadas por reos y sus familiares, pero en torno al sacerdote cautivo todas se hallaban vacías, como si los demás prefirieran estar alejados de él.
Aunque Klava había dejado de lado la religión muchos años atrás, le resultaba extraño ver a un ministro de la Iglesia con uniforme de presidiario.
Sólo cuando se fueron acercando reconoció en su actitud y sus gestos el aplomo sacerdotal de quien no ha perdido ni un ápice de su autoridad sobre quienes lo rodean: se mantenía recto, entero, y bajo las cejas tupidas sus ojos parecían internarse hasta lo más profundo de la consciencia de quienes tenía enfrente.
—Dichosos los ojos, padre Canales —dijo Salvatierra con cierta ironía al pronunciar “padre”—. ¿A qué debo el milagro de su visita? ¿Quién es esta sierva de Dios que lo acompaña? —luego bajó la voz para preguntar—: ¿Es en verdad una religiosa?
El padre Canales le dijo al oído unas palabras. Salvatierra barrió entonces a Klava de arriba abajo con una mirada penetrante, y con un ademán le indicó que tomara asiento.
—Déjanos solos —le murmuró al padre Benito y lo vio alejarse hacia una de las mesas vacías.
Aunque los custodios de la sala de visitas no perdían detalle, supusieron que la monja venía a confesarse, y también dieron unos pasos hacia atrás—.
Así que estás preocupada por un familiar que corre peligro aquí adentro… Cuéntame, hija, ¿por qué lo ingresaron?
A pesar de lo incómoda que la hizo sentirse el tratamiento de “hija”, la mujer decidió ser honesta con el sacerdote.
Lo primero que le contó fue que, tanto el prisionero como ella, pertenecían al Partido Comunista, no de México, aclaró al ver la mueca de disgusto de Salvatierra, sino al de la Unión Soviética.
—Los dos vinimos a México con una misión de nuestros superiores, padre —las palabras de Klava apenas tenían el volumen necesario para que el religioso la escuchara—.
Ya la llevamos a cabo, con éxito. Pero él, que fue el responsable de ejecutarla, cayó detenido y lo encerraron tras estos muros, donde corre peligro de muerte.
—No me gustan los comunistas —dijo Salvatierra con tono de rencor y gesto de repulsión—. No aceptan a Nuestro Señor ni sus enseñanzas…
Klava se removió en el asiento, incómoda por el hábito monjil. Miró al sacerdote y esbozó algo semejante a una sonrisa.
—Entiendo su rechazo y su desconfianza, padre. Pero si toma en cuenta que el enemigo de su enemigo puede considerarse un amigo, creo que pensaría de modo distinto si le contara cuál fue esa misión.
—¿Y qué esperas para hacerlo?
Klava se levantó del asiento y se estiró sobre la mesa para acercar su rostro al del sacerdote con el fin de hablarle al oído.
Mientras murmuraba los detalles del operativo planeado desde Moscú y realizado en Coyoacán, Salvatierra comenzó a relajarse al grado de que cerró los ojos y en su rostro se dibujó poco a poco una sonrisa de satisfacción.
Cuando la mujer terminó de hablar y volvió a sentarse, el semblante del religioso mostraba alegría al decir:
—No cabe duda de que los caminos que elige el Señor son harto extraños… ¿Así que ustedes fueron los que libraron a la humanidad de ese demonio?
El padre Salvatierra reconoció que, aunque sus maneras de ver el mundo fueran opuestas, enemigas, por el momento las circunstancias los había unido en un mismo objetivo: luchar contra el gobierno, que a lo largo de dos décadas había promovido esa ideología atea que tenía al país hecho un asco.
Que, a pesar de que no comulgaba con la ideología del homicida de Trotsky y la supuesta monja frente a él, agradecía sus acciones recientes y simpatizaba con ellas.
Finalmente, decidió tranquilizar a la mujer:
—Yo mismo me voy a encargar, hija mía, de brindarle mi protección a ese muchacho.
No te preocupes más. Pero te advierto que necesitaré que me consigas algunos recursos monetarios, aquí nada es gratis —ahora la expresión del sacerdote era una mezcla de bondad y amenaza—.
Aunque en esta prisión abunden los miembros de tu Partido, te aseguro que no le pasará nada malo.
Todos esos seguidores de Satanás saben que conmigo se topan con pared. ¡Ay de quien intente algo contra él!
Ante el ofrecimiento, Klava fue un poco más allá.
—¿Y… y qué posibilidad habría de ayudarlo a salir de aquí?
El padre Salvatierra miró a los lados como si se asegurara de que nadie los oía. Después sonrió de forma abierta mientras clavaba en la mujer una mirada fría.
—Todo es posible en la vida cuando se tiene fe —murmuró como si hablara para sí.
Siguieron conversando en susurros unos minutos más, observados por los custodios y el hombre de la sotana.
Y cuando terminaron de ponerse de acuerdo en las cuestiones de dinero y al fin la monja se puso de pie para retirarse, todos vieron cómo sonreía y caminaba con soltura, ligera, con pasos decididos y la frente alta.
Quienes no sabían a lo que había venido, seguro pensaron que esa confesión con el padre José Aurelio Salvatierra acababa de aliviar a la mujer de todas las penas que la atormentaban.