XXXIV
El dato del traslado de Mornard lo había recibido el Güero por teléfono una hora antes, de parte de Quintanilla.
Quiso agradecerle el gesto al teniente, pero este le colgó antes.
El reportero agarró su gabardina y sombrero, y le pegó un chiflido a Olivares para que lo acompañara.
Mientras esperaba al fotógrafo, le marcó al encargado de impresión.
Le pidió que esperara una última nota para la portada.
El hombre refunfuñó porque eso le costaría un par de horas extras y ya se hacía saliendo temprano para irse con su familia.
—Si quieres horario de oficina, pide tu cambio a recepcionista —ironizó el Güero antes de cortar la comunicación.
Aunque sabía que no lo iban a dejar entrar a esas horas de la noche, sólo necesitaba ver la julia, tomar una foto y adornarla con una crónica.
Olivares y él se apostaron a un lado de uno de los portones del Palacio Negro.
Al segundo cigarro, el sonido de una sirena fue acercándose.
El reportero le hizo señas a su compañero para que estuviera listo.
El auto se detuvo frente al punto de inspección.
De la pequeña ventana del vehículo se asomó el rostro de Jacques Mornard.
Olivares soltó el flashazo de inmediato.
El Güero observó primero la mirada frustrada, enseguida de desconcierto y por último de derrota del detenido al fijar los ojos en la fortaleza a la que estaba a punto de ingresar.
Se imaginó lo que pasaba por su mente: una fuga de un lugar como Lecumberri sería casi imposible.
Ahora estaría, además de bien enjaulado, rodeado de los más peligrosos delincuentes.
En ese tiempo el Palacio Negro, más que una simple prisión, era algo así como una galería del mal.
En México, tal vez sólo las Islas Marías lo superaban en cantidad de asesinos y delincuentes peligrosos.
Había parricidas, matricidas, homicidas de niños, violadores, asesinos múltiples, ladrones finos de esos que se especializan en vaciar cajas fuertes sin violencia, asaltabancos, rateros callejeros, cuchilleros, timadores, delincuentes políticos, gatilleros profesionales…
Muchos de ellos habían tenido sus días de fama en la nota roja, cuando fueron conocidos por todos los habitantes del país, para luego ser olvidados al poco tiempo de caer tras las rejas.
Otros todavía no gozaban de la fama que tuvieron años más tarde, y no porque no fueran desde entonces maleantes consumados, sino porque todavía no daban sus golpes más célebres o aún no cometían sus más famosos asesinatos.
Como ya no se ejercía en México la pena de muerte, había que encerrarlos en esas prisiones, que luego serían conocidas como las universidades del crimen.
Y el mote tenía algo de cierto, porque, por ejemplo, si caía preso algún ladronzuelo con vocación pero sin experiencia, ahí encontraba mentores que iban a mejorar su educación en poco tiempo.
Esos eran los compañeros que iban a convivir a partir de ese día con Jacques Mornard en los pasillos y las bartolinas de Lecumberri.
El portón se abrió y la camioneta avanzó despacio bajo la mirada arisca de un par de guardias armados. El Güero terminó de apuntar varias frases que se le vinieron a la cabeza para integrar la crónica. Olivares fotografió de nuevo la parte trasera de la julia y asintió satisfecho.
—Misión cumplida, compañero, ahora vámonos, que si terminamos temprano te disparo un trago en La Ópera —dijo el Güero sin dejar de contemplar esa inmensidad que era el Palacio Negro de Lecumberri.