La torre de cristal XXXIII
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XXXIII

El doctor Quevedo inició el ascenso de las escaleras de cantera, anchas y cómodas, que se curvaban en los descansos en vez de cortarse en bloques como en las construcciones comunes y corrientes.

Se detuvo frente a la puerta de roble de la oficina de Rogelio Armenta.

Esperó un poco antes de tocar, quería normalizar su respiración agitada.

El edificio, localizado a pocos metros de la comandancia, todavía conservaba la majestuosidad del periodo de Porfirio Díaz, época en la que fue construido.

No es que fuera muy lujoso, no, los gobiernos emanados de la Revolución aún no sabían derrochar bien el dinero del pueblo en objetos suntuosos, pero como aquel sitio había sido en otros tiempos un ministerio del general Díaz conservaba aún parte de su garbo.

Se preguntó si le gustaría trabajar en un espacio así, y de inmediato se respondió que no, que era mil veces más práctico trabajar desde su estudio en La Torre de Cristal.

Palpó de nuevo el sobre por encima de la tela de su saco, como si se tratara de un amuleto, y luego con los nudillos tocó la puerta.

Un tipo joven, con una pajarita al cuello y saco a juego, abrió la puerta.

Se quedó en el umbral mirándolo con cierto reproche al advertir que Quevedo no llevaba corbata, sino su acostumbrado suéter con cuello de tortuga.

—Tengo una reunión —Quevedo revisó su reloj de pulsera para comprobar la hora.

Se introdujo en la oficina. Tras el escritorio, Armenta parecía hundido en una amplia silla acolchonada.

Frente a él, Robledo permanecía de pie y con aspecto preocupado.

Después de saludar a su maestro, Quevedo se inclinó sobre el escritorio para darle la mano a Armenta, y al hacerlo vio de reojo un expediente abierto donde estaba escrito el nombre de Jacques Mornard y, al calce, un par de firmas ilegibles, desconocidas para él.

—¿Ya me pueden decir el motivo de la visita? —Armenta se arrellanó más en su sitio—. Quiero suponer que, siguiendo las órdenes de nuestros superiores, y ya cumplido el plazo acordado, hicieron el papeleo para que el acusado pueda llevar el juicio en plena libertad. ¿Estoy en lo cierto?

Quevedo volvió a golpear el sobre que traía en el bolsillo con las yemas de los dedos. Le dirigió a Armenta una mirada llena de ironía, que el otro notó con disgusto, y luego se giró a ver al juez Robledo con una mueca que estaba a punto de curvarse en sonrisa.

—Permítame informarle, licenciado —dijo con seriedad Quevedo—, que luego interrogar a Mornard no me convencí de que lo que afirma fuera la verdad respecto a su origen y nacionalidad, por eso acudí a gente de mi confianza para que me ayudara en las indagaciones…

Armenta inició una perorata para dejar en claro que aquello ya no tenía importancia, que la decisión se había tomado y era incuestionable, pero se detuvo de pronto al escuchar que Quevedo continuaba:

—… gente de la Secretaría de Gobernación…

Entonces miró a Quevedo intrigado, dio un manotazo en el escritorio y preguntó con ira:

—¿Tuvo usted el atrevimiento de involucrar a Gobernación?

El doctor respiró hondo. Experimentaba en su interior una sensación de triunfo, aunque supo disimularla muy bien mientras miraba a su maestro y descubría en sus pupilas un brillo de alegría. Luego se volvió hacia el licenciado, que temblaba de indignación, y comenzó a explicar:

—La ayuda de Gobernación, señor, era precisa porque constituía la única manera de comunicarnos de manera oficial con la embajada de Bélgica, es decir, con la supuesta representación diplomática del reo.

Los funcionarios de la embajada me aseguraron que los colegios donde asegura el tal Mornard que estudió nomás no existen ni han existido nunca…

—hizo una breve pausa pues advirtió que el rostro de Armenta enrojecía cada vez más, que su mentón temblaba, que el sudor inundaba su frente y tenía los puños apretados—.

Por esta razón, les pedí que ellos mismos entrevistaran al reo.

Dos secretarios de la embajada me acompañaron entonces a una nueva entrevista con el prisionero y, tras dos horas de conversación, en francés, por supuesto, la conclusión a la que llegaron es que el tal Jacques Mornard no ha vivido nunca en el país, no ha estudiado en ninguna escuela en él, sus descripciones de ciertas partes de las ciudades que mencionó son por completo imaginarias, inexactas, falsas y, para terminar, que su acento no es belga, sino de alguna región específica de Francia, tal vez de Normandía. ..

Mientras el doctor terminaba de narrar los hechos, a Armenta sólo le faltaba echar espuma por la boca.

Robledo, por el contrario, escuchaba la relación de su pupilo de pie, impasible, aunque vibrante de satisfacción.

Cuando Quevedo hizo una pausa, después de echar por tierra la supuesta nacionalidad de Mornard, Armenta sacó toda la furia acumulada:

—¡Cómo es posible que se haya atrevido usted a acudir a otras instancias!

¡Y sin decírmelo! —al gritar, escupía grumos de saliva—.

¡Se saltó usted… se saltaron la cadena de mando!

¡Eso les va a costar caro! —azotó la palma de la mano en la superficie del escritorio—.

¡Si no obedecen mis órdenes de dejar en libertad a Mornard, voy a aplicarles un castigo que no van a olvidar nunca!

Luego se dejó caer en su sillón, jadeante, con la piel del rostro casi morada.

—Me temo que eso no va a ser posible… —dijo Quevedo y extrajo un sobre del bolsillo interior del saco, mientras con voz neutra explicaba—: Recibí este telegrama del secretario de Gobernación, quien, al conocer el resultado de las indagatorias de los diplomáticos belgas, decidió intervenir directamente.

Quevedo entregó el sobre a Robledo ante la expectación trémula de Armenta. El juez lo abrió, leyó su contenido, reprimió una sonrisa de satisfacción y luego lo entregó a su superior, quien lo tomó como si se tratara de un hierro al rojo vivo.

El mensaje era escueto: tan sólo ordenaba que tanto Robledo como la gente a su cargo debían continuar la investigación por la línea indagatoria ya iniciada, mientras que el reo conocido como Jacques Mornard debía ser trasladado en forma inmediata a la penitenciaría de Lecumberri, de donde sólo saldría, debidamente custodiado, para asistir a los autos de su juicio, para de inmediato volver al penal. Eso era todo.

Al terminar de leer, Armenta permaneció en silencio casi un minuto, mientras sus subordinados lo observaban a la espera de instrucciones nuevas.

Era un silencio caviloso y angustiante, en el que Armenta rumiaba el siguiente paso a seguir, ahora que le habían bloqueado el camino anterior.

¿Qué hacer? De pronto, como si despertara de una pesadilla, advirtió que Quevedo y el juez aún seguían allí y lo observaban.

Entonces les dirigió a los dos una mirada asesina, se reacomodó en el asiento y apenas detuvo el nuevo manotazo que iba a dar sobre el escritorio.

Volvió a observarlos lleno de ira y dijo:

—¡Qué carajos están haciendo aquí todavía! ¡Vayan a cumplir lo que se les ordena en ese documento! ¡Lárguense ya!

—Ya lo hicimos, licenciado. Desde esta noche, el asesino de Trotsky duerme en Lecumberri —informó el juez.

—¡Agustín, acompaña a los señores a la salida!

El secretario de Armenta abrió la puerta y con el brazo les indicó el camino; ambos abandonaron la oficina con paso firme, sin mirar atrás.

Cuando Armenta quedó solo, descargó su ira con un manotazo fuertísimo sobre el expediente abierto ante él, y luego tuvo que sobarse la palma en la pierna para atenuar el dolor.

Extrajo el pañuelo de su bolsillo, porque las perlas de sudor volvían a inundarle la frente y las sienes.

Al enjugarse la humedad, contemplaba el teléfono con recelo, casi con miedo: estaba seguro de que el timbre sonaría de un momento a otro y él tendría que soportar un regaño humillante mientras intentaba dar las explicaciones pertinentes a Escorpión de por qué el caso seguía abierto y Mornard no podría huir del país por ahora.