La torre de cristal XXXII
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XXXII

El apodado Carmencitas giró el volante del Ford, ahora con un anuncio de taxi en el techo, para tomar Reforma.

La calle se hallaba atestada de vehículos.

Se ajustó la boina para que la línea de sus cejas quedara oculta.

Manejaba atento a las señales, sin aumentar la velocidad ni tratar de adelantar a los otros, pues no deseaba que un agente de tránsito los detuviera.

Ataviados con sus uniformes, Faros y Chesterfield podían pasar por unos auténticos tecolotes.

En medio de ellos, Klava se pintaba los labios con un colorete rojo intenso mientras vigilaba el delineado en el espejo de una polvera.

Carmencitas lanzó una mirada furtiva a través del retrovisor para observarla mejor.

Le gustaba. Nunca había tenido como líder de una misión a una mujer, y mucho menos a una con tantos arrestos como parecía tenerlos Klava.

Entornó los ojos para buscar un resquicio libre entre las piernas.

Chesterfield advirtió el intento de su compañero por fisgonear la ropa interior de su compañera y sonrió cómplice.

Faros, en cambio, más comprometido con la causa que los otros dos, vigilaba el exterior a través de la ventana sin perder detalle, por si había algún obstáculo que superar.

—No es buena idea que te distraigas del camino, Carmencitas. Si tenemos un accidente podrías pagarlo con tu vida.

—¡Cabrones, compórtense! —Faros volteó a ver a sus compañeros. Chesterfield asintió varias veces y Carmencitas reacomodó el retrovisor.

Diez minutos antes del cambio de turno general de los agentes policiacos, el Ford se detuvo en la esquina de Revillagigedo. La tarde se extinguía y las marquesinas de los comercios, las luminarias del alumbrado público y los fanales de los carros empezaban a dar luz a la ciudad.

—¿Están listos? —preguntó Klava y ellos respondieron con movimientos de cabeza.

Ella sabía que entre la muchedumbre de esa hora sería muy difícil que alguien reparara en quienes se bajaban de un vehículo civil o de una patrulla.

Un gentío siempre desorienta. El ruido de las tres puertas duró una fracción de segundo.

Carmencitas permaneció tras el volante. Desde ahí vio a Klava y a sus compañeros caminar por la banqueta en dirección de la comandancia.

Revisó el reloj en su bolsillo. Todo estaba perfectamente cronometrado.

A partir de ese momento tenían veinte minutos para entrar y salir con el hombre al que apodaban Gnomo.

Pocas horas antes había comprobado sus sospechas: a un compañero del Partido se le había escapado durante una llamada telefónica que iban a ayudar a huir al asesino de Trotsky.

Sonrió complacido. Por fin podría hacer algo en verdad valioso por la causa.

Examinó otra vez el reloj. El segundero caía con parsimonia sobre los números.

Encendió el radio. La xew empezaba un programa de variedades musicales.

Miró de nuevo la hora e intentó concentrarse en la canción para evitar el nerviosismo.

Se trataba de “Borrachita, me voy”, de Tata Nacho.

Sin embargo, a la segunda estrofa perdió el hilo de la letra y volvió a sentir la angustia de la incertidumbre.

Mientras, cerca ya de la entrada de la comandancia, Faros sujetaba del brazo a Klava con firmeza con el fin de hacer más creíble su detención, en tanto Chesterfield abría camino haciendo a un lado a los transeúntes para avanzar más rápido.

Varios oficiales que salían del edificio saludaron a los agentes apócrifos tocándose la punta de la gorra.

Divertido, Faros les devolvía la cortesía con una sonrisa.

Al darse cuenta, Klava hizo un gesto de disgusto.

—No exageres —dijo entre dientes—. Si no, alguno va a querer platicar contigo.

—Les encanta eso. Confía en mí. Me han perseguido muchas veces —contestó Faros.

Entraron por la puerta principal, atestada de quienes abandonaban la comandancia y de los que apenas arribaban a ella.

Los recibió un bullicio de voces, movimientos, risas y reclamos, en el que se confundían los humores del sudor con el aroma a jabón de quienes recién se habían bañado.

Klava bajó la vista y se concentró en la suciedad del piso, en las colillas de cigarros que lucían como bichos de sangre negra desmembrados.

Al llegar a la barandilla, Chesterfield tomó una pluma, garabateó un nombre y un número de placa sobre el libro de registro, e informó al oficial de guardia que la detenida no quería acudir a cumplir con un citatorio y que, por ello, su compañero y él habían tenido que traerla a la fuerza del Jardín de Tumbaburros.

Luego con un grito le ordenó a Klava que avanzara, y de un empujón la hizo pasar por la pequeña puerta de madera que separaba la barandilla del interior, donde se hallaban los separos.

El agente de guardia, sin alzar la vista de unos papeles, comentó que así eran todas las furcias, creían que se mandaban solas y no le presentaban el debido respeto a la autoridad.

Por instinto, Klava quiso reclamar las palabras del hombre, pero Faros le puso una mano en la espalda para que se tranquilizara y siguiera caminando.

—Ya pasamos la barrera, compañera —le dijo en voz baja—. Y vinimos a otra cosa, no a reclamar comentarios estúpidos.

Habían memorizado en el mapa el trazo de los pasillos.

Avanzaron sin contratiempos, sin llamar la atención de los demás agentes.

Pasaron las oficinas donde el alboroto de las máquinas de escribir de las secretarias, las quejas de los detenidos y los gritos de los gendarmes se mezclaban al grado de sonar semejantes a una pelea de gatos callejeros.

Tras varios metros de caminata, abrieron una puerta al final de un corredor y desembocaron en uno de los patios de la comandancia.

Se hallaba vacío, excepto en el fondo, donde un gendarme sentado en un banco de madera custodiaba cinco calabozos de los que sólo se distinguían las rejas sumergidas en penumbras.

La mujer pensó que en uno de ellos se encontraba el hombre al que habían ido a buscar y se llenó de indignación.

No podía ser posible que un agente que había prestado un servicio tan grande al Partido estuviera dentro de esa pocilga.

Al verlos acercarse con la mujer asida por ambos brazos, el custodio bostezó, se puso de pie y desenganchó el anillo de llaves de su cinturón.

Apenas les dio la espalda para abrir una celda, Faros saltó sobre él y le aplicó una llave china.

Puso toda su fuerza en el brazo derecho y apretó a fondo con el izquierdo.

El guardia se revolvió bajo el castigo, intentó gritar, pero la falta de aire apagó su cerebro en unos cuantos segundos aflojando su cuerpo.

Faros tuvo que sostenerlo para que no se viniera abajo.

Entre los dos hombres lo metieron al calabozo que antes había abierto, tendiéndolo en el piso que olía a orines y lucía semejante a un muladar.

Klava se agachó y recogió las llaves. En el dorso de cada una de ellas había un número que identificaba la celda que le correspondía.

A señas apuró a sus compañeros, recordándoles que tenían el tiempo contado y que restaba muy poco.

Fue entonces que en los otros calabozos los presos comenzaron a moverse y a murmurar entre ellos.

Miraban asombrados cómo una prostituta abría la celda mientras dos policías aluzaban el interior con lámparas de mano.

¿Venían a liberar a alguien o a encerrarlo? ¿Quién era esa mujer?

De uno de los calabozos del fondo, un preso gritó que a esa mamacita la encerraran con él y que sacaran a sus compañeros de prisión para que los dejaran solos.

Los demás detenidos comenzaron a reír. Faros dio una patada en la reja para hacerlos callar.

Al no distinguir con la luz de las linternas a quien buscaba, Klava decidió llamarlo:

—¡Jacques! ¡Jacques! —gritaba en tanto recorría el estrecho pasillo de cara a las rejas—. ¡Soy yo! ¡Vine a sacarte de aquí! ¡Dime dónde estás!

Faros se rascaba la cabeza, preocupado. Estaba muy consciente del tiempo y sabía que tenían menos de cinco minutos para abandonar la comandancia antes de que volviera a llenarse de agentes.

Miró con ojos muy abiertos a su compañero.

Chesterfield entendió el gesto, pero sólo le palmeó la espalda para darle ánimos, mientras le decía:

—Carajo, compañero, con la suerte que nos cargamos, seguro el tal Gnomo está hundido en el último agujero —señaló al fondo.

Recorrieron el pasillo de piso un tanto pegajoso mientras dirigían la luz de las linternas directo a la cara de los detenidos.

En la siguiente mazmorra había más hombres de aspecto astroso y la falta de ventilación hacía que los humores se concentraran al grado de provocarles arcadas.

Esa pestilencia recrudecía el mal humor, la indignación y la angustia de Klava.

—¡Jacques! ¡Jaques Mornard! ¿Dónde te metieron? ¡Dímelo!

Al no obtener respuesta, la desesperación la hacía clavarse las uñas en las palmas de las manos hasta hacerlas sangrar.

Sólo después de que gritara muchas veces el nombre, al fondo del cuarto calabozo se alzó una mano al tiempo que se oyeron unas palabras que al principio resultaron ininteligibles.

Chesterfield advirtió de inmediato el ademán y dirigió hacia ese sitio el haz de luz.

Los reos, aturdidos y curiosos, se hicieron a un lado para darle paso a un hombre viejo y harapiento que intentaba ponerse en pie.

Al verlo, Faros sonrió y atestiguó el alivio en el rostro de Klava, que no había notado el aspecto del tipo.

Pero ese alivio se trocó en desconcierto al ver la escualidez, los trapos y el pelo apelmazado de un anciano que parecía llevar en ese calabozo una eternidad.

—Simón, sí, el franchute ese —dijo con voz cascada que apenas se entendía—. Aquístaba, pero no, ya no. Los tecolotes vinieron hace poco… lo sacaron… a otra parte…

—¿A dónde? —preguntaron al mismo tiempo Faros y Klava.

—¿Pos a ónde va ser? —manoteó el viejo—. ¡A la grande! ¡A Lecumberri!

Lecumberri.

La mujer sintió que la sangre abandonaba sus arterias.

Habían llegado tarde. Se tambaleó a causa de un mareo repentino, pero consiguió reponerse al pegar un golpe contra la pared frente a los calabozos mientras masticaba una maldición en otro idioma.

Cuando amenazó con gritar para desahogar su impotencia, Faros la sacó en vilo del pasillo y Chesterfield puso el cerrojo en la reja de entrada.

A lo lejos, la orden de romper filas les llegó claro y entendieron que su tiempo se había terminado.