La torre de cristal XXXI
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—¿A dónde nos lleva, mayor? No nos va a aplicar la ley fuga, ¿verdad? —Quintanilla soltó una ligera carcajada al ver el rostro de Quevedo tras su broma.

Después de recoger al doctor en La Torre de Cristal, los tres hombres habían tomado el rumbo del Desierto de los Leones, luego siguieron por una brecha vecinal.

El camino de terracería se volvía más abrupto conforme avanzaban y llegó un momento en que ni las ventanas cerradas impedían que el viento arrojara polvo al interior del coche.

—Para serte sincero, cuando los dos se ponen necios sí me han dado ganas de aplicárselas —contestó Robledo bajando la velocidad—. Pero luego pienso que sería mucho desperdicio de balas.

Se detuvieron provocando que una nube se levantara del terregal. Cuando comenzó a asentarse, Robledo hizo parpadear los faros del vehículo y, metros más adelante, a través de la polvareda, otro auto respondió con la misma señal.

—¿Por qué estamos aquí, maestro?

—Porque si no me hacen caso a mí, espero que le hagan caso a él.

—¿A quién, mayor?

Como única respuesta, Robledo bajó de su auto, les hizo el ademán de que lo siguieran y se dirigió al Fiat 1500 estacionado a unos veinte metros de distancia con el motor encendido.

Conforme avanzaban los tres, la ventana de la parte posterior del otro coche descendió con lentitud, develando la silueta de un hombre con sombrero.

—Valentín, Alfonso —dijo el mayor a sus pupilos—, mi general quiere decirles algo.

El doctor y el teniente se quedaron perplejos cuando distinguieron quién los aguardaba.

—Seré breve, muchachos: necesito que se dejen de babosadas —les dijo terminante, a manera de saludo, el general Lázaro Cárdenas.

Tras esa peculiar introducción, ambos escucharon, en la característica entonación marcada al final de cada frase que realizaba el militar y político cuando daba sus discursos, un repaso de sus trayectorias, como criminólogo en el caso de Quevedo, y como soldado y policía en el caso de Quintanilla, con lo que Cárdenas les hacía notar que sabía muy bien quién era cada uno.

Y mientras comenzaba a abordar sus argumentos sobre la necesidad de que se revelara la verdadera identidad del homicida de León Trotsky, ambos pudieron observar de cerca, aun entre la penumbra, las pronunciadas ojeras que en las imágenes de los periódicos sólo se insinuaban en ese rostro moreno desde que habían pasado las elecciones que declararon a Manuel Ávila Camacho como el nuevo presidente de México.

¿Por qué era tan importante el Caso Trotsky para Tata Cárdenas, si ya iba de salida de su gobierno?

—Tal vez ustedes no lo sepan —dijo el general luego de un breve carraspeo—, pero estar sentado en la silla presidencial es igual que estar sentado en la silla eléctrica. Según las decisiones que tomes, o te vas tranquilo o ahí mismo te chamuscas.

El mayor Robledo contuvo una sonrisa al tiempo que manoteaba para ahuyentar un insecto. El teniente y el doctor permanecían en silencio, reponiéndose de la sorpresa. Sólo de cuando en cuando Quintanilla escudriñaba los arbustos de alrededor para comprobar que no hubiera presencias indeseables.

—Ya me había librado del problema de Trotsky por lo del atentado de mayo, antes de las elecciones, pero ahora vienen a asesinarme al ruso justo antes de entregar la presidencia a Ávila Camacho.

Y esto ya se puso color de hormiga porque, si no tejo bien una red de protección, México puede quedar en medio de una crisis diplomática que los gringos no tardarán en aprovechar, porque están muy resentidos por lo del petróleo; o los mismos soviéticos, para tener armas que les permitan establecerse en el patio trasero de Estados Unidos.

Pero para tejer esa red, es preciso que sepa, sin lugar a dudas, de dónde vino el golpe, ¿me explico?

Quintanilla y Quevedo asintieron. Los dos conocían a grandes rasgos la situación del país y del mundo en aquellos momentos: el comunismo internacional se hallaba en uno de sus instantes de gloria, de mayor fortaleza, y el enemigo número uno del movimiento había sido, hasta que fue borrado de la faz de la tierra, precisamente Trotsky.

Y no sólo en la Unión Soviética estaba fuerte, incluso algunos de los partidos comunistas de los países de Occidente ostentaban bastante poder.

León Davidovich tampoco había sido bien visto por los gobiernos democráticos, ni por las dictaduras de derecha, ni por las instituciones religiosas, ni por los empresarios, en fin, casi por nadie.

El Partido Trotskista era perseguido sin descanso en la Unión Soviética, donde por años tuvo que actuar de modo clandestino, y casi había desaparecido.

Y sus miembros en los países europeos, en Estados Unidos y en las naciones latinoamericanas, eran tan pocos que no podían hacerles frente a los comunistas, ya no se diga a los demócratas y a los fascistas.

Para colmo, las acciones de Hitler en Europa complicaban aún más el escenario, pues el estallido de la guerra que habría de involucrar a todas las potencias no tenía marcha atrás.

—Necesita saber quién le quiere jugar chueco al tal Mornard para neutralizarlo —continuó Quevedo el razonamiento del general—. Porque, si se desata la crisis que usted teme, se aprovecharían de nosotros otros países, otras potencias.

—Y aparte de los conflictos internacionales que eso podría provocar, también se haría un desmadre a nivel de la política mexicana —añadió Quintanilla.

—Ya sabía que no andaban ustedes tan perdidos —en el rostro adusto de Cárdenas casi se esbozó una sonrisa—.

Es claro que en el primer lugar de la lista de sospechosos están los rusos.

Stalin dando la orden directa, Beria organizando el plan.

Pero ¿lo hicieron solos? ¿No pueden haberlos ayudado los gringos que, si bien son sus enemigos, tal vez olvidaron de momento esa enemistad para quitarse de encima a otro adversario ideológico bastante peligroso, ese al que la Iglesia consideraba el mayor demonio que habitaba la tierra?

Si Estados Unidos entra en guerra, cosa que pasará, los trotskistas muy bien podrían convertirse en espías, ya dentro de su territorio, ya en el vecino, que es el nuestro.

Además, el ejecutor entró a México desde el país del norte, con pasaporte canadiense a nombre de un tal Jacson.

Repito: ¿es posible que los gringos estén implicados?

¿Que hayan intentado curarse en salud? —Cárdenas soltó el aire como si estuviera cansado de que todas esas teorías conspirativas estuvieran dentro de su cuerpo.

—El general necesita estar seguro de quién está detrás de esto, de dónde vino la orden —Robledo prendió un cigarro y la brasa encendida se asemejó a una luciérnaga que volara a su alrededor.

—Sé que muchos me tachan de comunista por lo que he hecho, pero lo que no han entendido es que todo ha sido pensado para mejorar al país y a sus habitantes.

Hay decisiones que deben tomarse y acciones que se deben llevar a cabo, ya luego las ideologías las cubren con el paño rojo, o las señalan como del bando capitalista, eso es inevitable, ni hablar.

Vivimos tiempos agitados en cuestión de ideologías.

También sé que entre los mexicanos hay muchos inconformes, de esos que nomás jalan agua para su propio molino, que alcanzaron puestos de alto nivel en mi gobierno —Cárdenas volteó hacia Robledo, quien asintió despacio—, incluso amigos cercanos que han colaborado conmigo por décadas.

Y no puedo deshacerme de ellos porque gozan del apoyo de las corporaciones sindicales y de sus líderes, o de facciones políticas con bastante poder.

En el ámbito militar ya los hubiera enviado al paredón de fusilamiento por traidores, pero en la política tengo que envenenarlos poco a poco hasta que se den cuenta de que no son más que unos cadáveres refundidos en oficinas mediocres del gobierno —se acomodó en el asiento trasero—.

Sé, por ejemplo, que el general Múgica no quedó muy contento con mi decisión de quitarle el caballo político.

Pero yo debo contemplar el panorama completo en lo que respecta a la política mundial y a la historia.

También sé que Ávila Camacho puede empezar desde ya a querer imponer su nombre.

Lo que ellos no entienden es que quiero irme en paz, porque con el tiempo he comprendido que mi mayor miedo como presidente es equivocarme y tomar una mala decisión cuando pude preverla y evitarlo. ¿Cuento con ustedes?

Un ruido entre los matorrales cercanos al Fiat alertó a Quintanilla, pero antes de que el teniente reaccionara todos vieron cómo el chofer del general sacaba un revólver y dirigía el cañón hacia donde se escuchó.

Tras un movimiento en las ramas más bajas, apareció un perro callejero que, primero, alzó el hocico hacia ellos, luego se rascó el lomo, y al final dio media vuelta para alejarse.

El teniente retiró la mano de su cintura y el chofer bajó el arma.

Ni Cárdenas ni Robledo se mostraron nerviosos.

Tras unos segundos de silencio, continuaron la conversación.

—Pero si atrás de todo está Ávila Camacho —dijo Quevedo cauteloso—, tendría que evitar que tomara posesión en diciembre.

—Esa no es opción y usted lo sabe. Esto es México, doctor. Y el pueblo ya decidió en las urnas. Pero yo todavía sigo siendo el presidente, aunque sea por poco tiempo, y no me quedaría de brazos cruzados. —Cárdenas tocó el hombro de su chofer—. Mayor, señores...

El Fiat echó reversa y se alejó.

—Ahora ya saben quién me dio las órdenes directamente —Robledo tiró el cigarro—. Y no está de más decirles que esta reunión nunca ocurrió.

Los tres, en silencio, volvieron a desandar el camino hacia el auto de Robledo.