XXX
Todavía iracundo porque le habían arrebatado su presa cuando ya la tenía a punto de quiebre, Valentín Quintanilla se paseaba frente al escritorio de Robledo, quien lo contemplaba desde su silla con una taza humeante de café al alcance de la mano.
Luego de que el juez les explicara la plática que tuvo con Armenta, Quevedo se había retirado a La Torre de Cristal porque quería agregar los nuevos datos al expediente.
El juez le dijo que lo alcanzarían después de que el teniente se calmara.
—La investigación no ha concluido, Valentín. Estas cosas son como crecientes de agua que hay que sortear para no ahogarnos.
Y le repetía los cabos sueltos, las líneas ya trazadas que debían seguir, las personas a las que debía buscar aún.
Quintanilla nomás bufaba. Y no le faltaba razón.
Había conseguido capturar a uno de los hombres más buscados del país, convirtiéndose en el héroe de sus colegas, para que de inmediato apareciera un burócrata con poder para liberarlo.
Y con ello no sólo había frustrado su logro, sino que entorpecía las pesquisas emprendidas desde que tomaron el caso.
Ante la mirada del juez, el teniente fue hasta la ventana del despacho y desde ahí observó el movimiento de las patrullas y los uniformados afuera de la comandancia.
Distinguió entre los transeúntes a una secretaria de juzgado que le gustaba, y eso le alivió un poco el mal humor.
Sin embargo, al ver de nuevo hacia el escritorio volvió a recordar todo y el ardor de la rabia se le instaló de nuevo en el bajo vientre.
Hizo un gesto de desagrado, se sobó el estómago con una mano y fue a ocupar una de las sillas frente a Robledo.
El juez miró a su antiguo subordinado militar.
En un par de parpadeos recordó que, en plena Revolución, las reacciones del teniente habían sido semejantes a cuando sufrían un revés, o cuando perdían una batalla: Quintanilla echaba madres durante horas, buscaba responsables, los reprendía, los golpeaba incluso, y cuando descargaba su muina volvía a ser el mismo de siempre, listo para la siguiente acción.
No esperaba menos. Bebió un sorbo de su café, ya casi frío.
—El siguiente paso es que unas fuerzas con Alfonso —dijo—. Es preciso que intercambien información sobre el caso.
Al escucharlo, el teniente echó el cuerpo hacia atrás.
—Ya le había dicho, mayor, que yo con ese tal doctorcito nomás no puedo trabajar. Es muy finolis para mi gusto. Y no es que dude de que sus métodos funcionen, pero también los míos, como usted pudo darse cuenta con Siqueiros, aunque el doc los desprecie.
Ahora quien se puso de pie fue Robledo. Comenzó a caminar hacia la ventana mientras hablaba.
—Ya sé que tus métodos funcionan tanto como los de él. Y por eso necesito que ambos platiquen sobre lo que han averiguado cada uno por su lado, que intercambien ideas y establezcan los pasos a seguir.
Le contó lo que había sucedido detrás del cristal mientras él interrogaba al muralista: sin necesidad de palabras, pudo advertir, gracias a sus expresiones y ademanes, que Quevedo al principio desconfiaba de la capacidad del teniente para interrogar a alguien con los vuelos intelectuales de un artista como David Alfaro Siqueiros.
Sin embargo, cuando se dio cuenta de que el instinto policiaco de Quintanilla lo atacaba por el lado del orgullo militar, su reacción había sido de reconocimiento.
—En ese instante comenzó a respetarte, Valentín —le dijo—. Me di cuenta de inmediato. Y al final del interrogatorio, antes de que lo interrumpieran Armenta y el abogado, Alfonso ya tenía menos dudas sobre ti.
Quintanilla lo miró desde su asiento.
—¿Ahora el doc reconoce que mis métodos cavernarios están a su altura de policía sabiondo?
—La experiencia, el olfato y el instinto están al mismo nivel que las técnicas científicas y psicoanalíticas que se aprenden en los libros, Valentín. Debes dejar de vez en cuando de lado la soberbia.
—Aunque el doctorcito me haya otorgado su reconocimiento, mayor, yo no estoy tan seguro de que nos funcione trabajar juntos. Ya vio que no nada más somos distintos de carácter, sino que ambos tenemos maneras diferentes de ver la vida…
—Sí, por eso vamos a pasar por Alfonso a La Torre de Cristal y los dos me van a acompañar a una cita —dijo Robledo mirando el reloj de pared de la oficina—. Si después de eso no quieren trabajar juntos, que cada uno se vaya por su lado. Eso sí, no respondo de que sigan con el caso.
—Pero, mayor…
Robledo levantó la mano para detener la frase y se puso de pie.
Abandonaron la comandancia por la puerta del frente, donde apenas unas horas antes Quintanilla había vivido su momento de gloria.
Ahora los uniformados con los que se cruzó en vez de felicitarlo le daban palmadas en la espalda, condolidos con él por el oprobio que Armenta había dejado caer sobre él al soltar a Siqueiros.
Se subió al auto del mayor. Por supuesto, no le hizo ningún comentario acerca de la posibilidad de que en La Torre de Cristal, además de Quevedo, estuviera Lupita.