EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS
La práctica le había dado la experiencia de poder cavar un hoyo lo suficientemente hondo para enterrar un cuerpo en menos de veinte minutos. Sólo debía concentrarse. Meter la punta de la pala en la tierra, sacarla a un lado apenas, no muy lejos, para ahorrar tiempo, y repetir.
Una y otra vez.
A veces contaba las paladas; otras veces imaginaba que el terreno era el cuerpo de alguna de las mujeres de ese libro que releía cada noche, esa que recibía cada uno de sus golpes. Pronto descubrió que era cuando más rápido avanzaba.
Rodó el cadáver, que soltó un sonido bofo cuando golpeó contra la tierra.
Empezó a cubrirlo de inmediato. Cuando terminó, aplanó lo más que pudo con el revés de la pala la protuberancia que había formado Juana Rentería.
Dio una ojeada. Satisfecho, fue a la cajuela y se despojó de las botas de jardinero.
Las sacudió antes de intercambiarlas por sus zapatos. Se alisó la ropa y se subió al auto.
En tanto buscaba una estación que le gustara en el radio, un sonido entre los matorrales le provocó un sobresalto.
Prendió las luces. Sonrió cuando comprobó que se trataba de una pareja de ardillas: se correteaban y, en círculos, subían a toda velocidad por un árbol.
Dio vuelta a la llave y, despacio, giró el volante para alejarse de la última morada de Juana Rentería.