XXIX
El portazo provocó que se cayera el crucifijo.
Lupita bajó la mirada. El cristo, desclavado ya de su cruz, se había desportillado la cabeza y parte del brazo izquierdo.
Levantó la imagen de bulto y luego fue a asomarse a la ventana.
Recargados en un Ford, tres amigos de Jerónimo lo esperaban mientras fumaban y se hacían bromas.
Su sobrino les hizo señas para que subieran.
Dio la vuelta al carro, se puso tras el volante y se internó en el tráfico de la ciudad.
—¡Pinche chamaco! —dijo Lupita apretando con fuerza el extremo de la cortina.
Cuando llegó al departamento se asombró de ver ese auto estacionado afuera. Los amigos de Jerónimo la saludaron coquetamente y, cuando uno de ellos le lanzó un piropo, Lupita no se contuvo y fue a jalarle una oreja. El grito del adolescente alertó a Jerónimo, que entreabrió la puerta.
—A chiflarle a la más guanga de su casa —Lupita dio media vuelta y se dirigió al departamento —. Y tú, adentro, que quiero hablar contigo.
Jerónimo movió apesadumbrado la cabeza. Había calculado mal.
Creyó que tendría el tiempo suficiente para darse un regaderazo, cambiarse de ropa e irse antes de que su tía le soltara el sermón de siempre: que ya era hora que agarrara juicio, que tan buen niño que era antes, que tan sólo se tenían uno al otro.
Lo de siempre. Como si ser ellos dos contra el mundo fuera razón suficiente para aguantar todo.
—¿De quién es?
—¿De quién es qué, tía?
—No te hagas el tonto conmigo —Lupita enarcó las cejas—. El carro ese que está afuera.
—Es del trabajo, ¿no dijiste que sentara cabeza si dejaba la escuela? —Jerónimo se fajó la camisa.
Lupita se dio cuenta de que era nueva, también el anillo de oro que adornaba uno de sus dedos.
—¿Dónde? ¿Qué trabajo le da carro a un chamaco como tú y dinero suficiente para comprarse eso?
—Mi jefe está bien parado en el sindicato petrolero —el adolescente se encaminó a la puerta, pero Lupita se interpuso.
—Ya me sé esas cantaletas… y luego se meten en broncas porque se creen bien grandecitos.
Ahorita mismo le das las llaves a uno de tus amigos para que regrese el carro y mañana vamos a pedirle a la maestra que te acepte de nuevo —mientras hablaba, con el dedo índice tocaba el pecho de su sobrino—. Ándale, no te convienen esas amistades.
—Está bueno —dijo Jerónimo muy serio.
Ella pensó que el regaño por fin había funcionado y le dio la espalda.
Fue en ese momento que escuchó el golpazo de la madera.
Le gritó a su sobrino que regresara, pero no le hizo caso.
Lupita se tocó con las manos la cabeza. La masajeó para que el dolor que poco a poco se cristalizaba en su interior dejara de hacerlo.
Fue inútil. Se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y se quedó parada ahí.
Tenía el estómago tan engarrotado que sospechaba que ni un frijol iba a poder cenar, así que decidió, mejor, irse a la cama.