XXVIII
El juez Robledo, en silencio, fumaba al lado de su pupilo. Estaba a punto de informarle sobre la reunión con Armenta cuando Quintanilla y Siqueiros ingresaron en la sala de interrogatorios.
Del otro lado del espejo vieron que, apenas atravesó el umbral, el teniente zarandeó de nuevo a su detenido con brusquedad, como si quisiera dejarle muy en claro quién mandaba, aunque el muralista no se amilanó: respondía a las sacudidas del otro con gesto fiero y actitud de reto, como si estuviera a punto de soltarle varias tarascadas, dirigiéndole miradas asesinas, insultándolo con las peores maldiciones.
Hubo un instante en que quedaron ambos de pie, frente a frente.
Se trataba de dos hombres rudos, decididos, correosos, de corta mecha y acostumbrados a la violencia.
Y, por supuesto, ambos sabían matar y ya lo habían hecho.
Siqueiros se había distinguido por su arrojo y valentía en la Guerra Civil española, donde sus subordinados le pusieron el sobrenombre de el Coronelazo , pero antes también había participado en la Revolución mexicana, lo mismo que Quintanilla.
Conocían los campos de batalla, habían visto la muerte muchas veces cara a cara y jamás se habían arrugado.
Mientras los observaba, en ese instante que le pareció eterno, Quevedo pensó que lo que presenciaba era algo semejante a un duelo de fieras.
El reto mudo entre los dos hombres terminó cuando el teniente dio al muralista un fuerte empujón para obligarlo a ocupar la silla en la que sería interrogado.
Al caer sobre el asiento, aún esposado por detrás, Siqueiros le mentó la madre a Quintanilla, quien le respondió con una brutal bofetada.
—¡Ya me tienes hasta los güevos con tus bravatas, hijo de mala madre!
Quevedo vio a su maestro con expresión reprobatoria, pero el juez le pidió con un ademán que tuviera paciencia.
Con la mitad del rostro enrojecido, Siqueiros parecía echar espuma por la boca. El teniente, en cambio, lucía más calmado y caminaba frente al detenido como si pensara las preguntas a formular.
—A ver, cabroncito. En vez de intentar demostrarme que los tienes mejor puestos que yo, platícame de dónde te vinieron las órdenes para eliminar al viejo Trotsky y cuál ha sido tu historia dentro del Partido Comunista…
Siqueiros sólo clavó en el teniente una mirada aguda, como si quisiera traspasarlo de lado a lado, sonrió y escupió al suelo, muy cerca de los pies del otro.
—Y no me vayas a salir con que no tuviste nada que ver con eso, porque tenemos bien registradas las amenazas que hiciste en contra de Trotsky ante los periodistas, así como tus deseos de que alguien lo matara.
Ah, y también quiero que me cuentes cómo conociste al tal Jacques Mornard y tus relaciones con él.
¿Tú le diste el piolet y las otras armas que llevaba el día del homicidio?
El pintor permaneció impasible: tan sólo miraba al teniente con un odio que por momentos parecía desprecio.
Quevedo sabía que el interrogatorio era un error garrafal.
Valentín Quintanilla, tan terco como Siqueiros, no sacaría nada.
Él, en cambio, era su opuesto: podía hacerlo caer con las preguntas precisas.
Pero cuando el teniente, de militar a militar, comenzó a burlarse del fracaso del primer atentado en contra de Trotsky, en el que, a pesar de ir a la cabeza de un comando armado hasta los dientes y de que él y su gente dispararon cientos de tiros, no había podido acabar con el anciano líder ruso, Siqueiros se removió en la silla igual que si estuviera a punto de, esta vez sí, saltarle al cuello a Quintanilla.
Al lado de Quevedo, el juez comentó en voz baja que el interrogador había dado en el clavo.
Sí, le había pegado a Siqueiros donde más le dolía: en su orgullo de militar y de comunista.
No tardaría en soltar la lengua, aunque fuera por puro coraje.
Y ante Robledo y el doctor, del otro lado del cristal, el teniente Quintanilla desplegó todas sus habilidades de perro de caza, de esos que nunca abandonan el asedio de la presa una vez que le encajan los colmillos.
—A ver, explícame: si se supone que eres tan chingón con eso de las estrategias y las armas, ¿por qué tú y la gente a tus órdenes resultaron unos verdaderos inútiles al tratar de realizar una operación militar que hasta un simple cabo y unos cadetes hubieran coronado bien?
¿No que eres el Coronelazo? Pos déjame decirte que actuaste como un pinche corneta recién dado de alta.
Si yo hubiera sido tu superior, después de eso te habría degradado a soldado raso.
Ah, cabrón, ¿ya notaste que coronelazo rima con raso? A lo mejor de ahí viene tu apodo, ¿no?
Siqueiros, que masticaba espuma con dientes y muelas, de pronto estalló:
—¡Teníamos que hacerlo rápido y no podíamos ver al interior del cuarto! ¡Y había muchos hombres armados en esa casa, no lo olvides, pendejo! ¿Tú crees que lo habrías hecho mejor?
—¡A huevo! ¡Porque además de tompeates tengo cerebro! ¡Lo que a ti te falta! ¡Cerebro para dirigir un comando y cumplir una misión, no nomás para pintar monos en las paredes!
Robledo sonrió con satisfacción. Siqueiros lo había admitido: participó en el primer atentado contra Trotsky.
Era suficiente para mantenerlo en la cárcel.
Pero del otro lado del cristal el teniente no cedía.
Continuaba el acoso verbal hacia el muralista con furia, con ironía, con burla en todas sus preguntas hasta sacarlo de quicio.
—Yo tracé un plan sin errores —Siqueiros bajó la voz, como si las palabras le salieran del fondo del estómago y emergieran medio desinfladas de su boca—.
No debía haber falla alguna, pero el Partido me dio a un montón de novatos sin entrenamiento militar para el ataque, simples obreros que apenas si habían agarrado un arma en su vida, sin puntería, sin dominio de sus nervios…
—No les eches la culpa a ellos, Coronelazo —el teniente pronunció el sobrenombre con notorio sarcasmo—.
Cualquier oficial que se precie de serlo puede conducir de modo eficaz un escuadrón de neófitos hasta llevarlo al éxito, sobre todo si cuenta con el elemento sorpresa y no hay resistencia por parte del enemigo. ¿O no lo crees así?
—¡Había hombres bien armados dentro de la casa!
—Sí, los había, es cierto… Dormidos… Y por lo menos uno de ellos era un traidor que estaba de tu lado, ¿no? Si no, dime, ¿quién les abrió el portón y los dejó pasar?
—¡Ese idiota también resultó balín y cometió errores!
—¿O sea que, según tú, tu plan era perfecto pero lo echaron a perder tus secuaces? —el teniente escupió una corta carcajada de burla—. ¿Quieres decirme que eres un estratega nato, pero que fallaste porque tus colaboradores no sirvieron? ¡No me hagas reír!
—¡Pues aunque lo dudes, hijo de la chingada! ¡Tengo más experiencia militar y soy más hombre que tú en todos los terrenos! —hizo un intento por levantarse de la silla, pero volvió a caer sobre ella como un fardo—. ¡Y si quieres comprobarlo, quítame las esposas ahora mismo!
Fascinado con los exabruptos del muralista y, aunque le dolía reconocerlo, también con los métodos de su compañero, Quevedo estaba seguro de que lo que seguía era llevar al detenido a hablar de su relación con Mornard.
¿Había estado Mornard en el primer comando?
¿Participó en su organización? ¿Disparó también contra la recámara de Trotsky?
¿Era él el hombre que Siqueiros tenía dentro de la casa?
El juez Robledo sonreía sin tapujos al ver el rumbo que tomaba el interrogatorio. A Quevedo le palpitaba fuerte el corazón, sentía los latidos en las sienes.
—Tu fracaso fue humillante, cabrón. Acéptalo —el teniente bajó el tono de voz y sus palabras ahora sonaban moderadas, como si quisiera aplacar al otro, pero al mismo tiempo humillarlo aún más—.
¿O me vas a decir que no fue debido a ese ridículo que hiciste que los rusos decidieron traer a un matón belga para que hiciera la chamba que a ti te quedó demasiado grande, pinche inútil?
Muy chingón según tú, pero no eres más que un pobre pendejo…
—¿Un matón ese animal? —reaccionó Siqueiros con desprecio—. ¿Y belga? Está ahí por su madre. De veras que los traen bien apendejados. ¿Y tú me dices a mí inútil? Si supieras hacer tu chamba de policía ya te habrías dado cuenta de muchas cosas.
Siqueiros continuó despotricando entre gritos y susurros.
Sus palabras salían atropelladas, enredadas con maldiciones.
De pronto callaba, como si recordara que debía permanecer en silencio, pero enseguida la ira y la indignación le empujaban más frases fuera de la boca.
El cuerpo de Quevedo se cimbraba a causa de la emoción, cuando escuchó que a sus espaldas una puerta se abría provocándole el efecto de un cubetazo de agua helada.
Él y el juez miraron hacia atrás al mismo tiempo y vieron entrar a Armenta, acompañado de un hombre de traje con sombrero elegante y lentes redondos con montura de oro, cuyas primeras palabras fueron que ese interrogatorio era ilegal y debía suspenderse a la de ya.
—Este caballero es el licenciado Gustavo Reyes Retana, abogado del detenido —dijo Armenta al tiempo que golpeaba con los nudillos el cristal de la sala de interrogatorios para llamar la atención del teniente—. Lo llevarán a otra sala para que platique con tranquilidad con su cliente.
Reyes Retana agradeció a Armenta con un cálido abrazo. Luego se fue de la habitación. Al otro lado del espejo, Quintanilla protestó con furia cuando dos compañeros se llevaron a Siqueiros, quien no dejó de mentarle la madre todo el tiempo.