La torre de cristal XXVII
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XXVII

Las noches en la comandancia se volvían más ruidosas que durante el día.

Por todos los rincones se oían gritos, quejas, reclamos e insultos.

Había familias completas que entre llantos e hipidos suplicaban a los agentes de barandilla que liberaran a uno de sus miembros, que según ellos había caído allí por error; los niños chillaban, los detenidos retaban a golpes a los policías que los habían capturado.

La mezcla de humores corporales era intensa y desagradable en extremo: suciedad, sudor, mierda, sangre seca, comida, tabaco, yerba mala, todo mezclado con el tufo de la angustia y la desesperación.

Quevedo permanecía recargado en un muro apartado, a la espera de encontrarse con Robledo para informarle de sus avances con Mornard. El juez le había pedido que lo esperara pues debía realizar varias llamadas después de reunirse con el licenciado Armenta. No le dio más datos.

De pronto escuchó un alboroto aun mayor en la entrada, que mezclaba vítores y hurras lanzados por los uniformados.

Quevedo supuso que traían a un detenido importante.

Cuando la muchedumbre se hizo a un lado, vio entrar a Valentín Quintanilla que arreaba a un tipo con aspecto de ranchero recién emigrado a la urbe, vestido con ropa de manta desgastada y sombrero de palma, aunque con botas charras que parecían hechas a mano.

El hombre lucía medio borracho, o demasiado crudo; traía una barba de tres o cuatro días, la boca algo babeante y los ojos hinchados, enrojecidos.

Quevedo comenzaba a preguntarse quién sería ese individuo de aspecto tan torvo, cuando escuchó la voz eufórica de Robledo a sus espaldas.

—¡No puede ser! ¡Este cabrón atoró a Siqueiros!

Incrédulo, el doctor volvió a mirar al detenido que toda la policía del país había estado rastreando por cielo, mar y tierra desde el primer atentado en la casa de León Trotsky.

No cabía duda: a pesar de su facha de labrador ebrio apenas salido de la milpa, se trataba del mismísimo David Alfaro Siqueiros.

¿Dónde lo había agarrado? Quevedo repasó en su mente la información que llegaba hasta ellos sobre los posibles paraderos del muralista: según les dijeron, lo habían visto en el estado de Colima; otros aseguraban que se escondía en algún pueblo del sur de Jalisco; también recibieron pitazos de que se había fugado en alguna embarcación fuera del país, a Cuba o incluso a la Unión Soviética.

¿A dónde había tenido que ir Quintanilla para capturarlo?

Quevedo vio cómo su maestro se adelantaba para felicitar al teniente justo cuando los flashes de las cámaras de los reporteros iniciaban su bombardeo luminoso en torno a ellos en medio de un barullo de preguntas apremiantes y exclamaciones de entusiasmo.

Oyó que el juez Robledo le hacía al teniente la misma pregunta que a él le rebotaba en el cráneo.

—Lo agarré durmiendo la borrachera en una bodega del exconvento de La Merced —respondió Quintanilla.

Pasada la sorpresa, Quevedo también se acercó a ellos. Lo carcomía la envidia, no podía negarlo, pero también se alegraba de tener ya ahí al tipo que podía aportar datos importantes en la investigación.

—Lo felicito, teniente. Capturó usted una presa mayor —le dijo despacio, luego se dirigió a Robledo—. Nada me daría mayor satisfacción, maestro, que poder interrogar al detenido de inmediato.

Parecía que el juez iba a responder de modo afirmativo, cuando Quintanilla jaló con violencia del brazo a Siqueiros hasta ponerlo detrás de su espalda, como si lo escondiera. El muralista lanzó una mentada por lo brusco del movimiento, pero nadie le hizo caso.

—¡Niguas! ¡Ni madre! ¡Yo lo ganché y yo lo interrogo! ¿O me va a quitar ese derecho, mi mayor? —preguntó retador el teniente.

El juez Robledo volteó a ver a Quevedo, luego a la turba de policías y reporteros que los rodeaban, todavía felicitando a Quintanilla por ese arresto, y supo que el criminólogo no tendría ninguna oportunidad en esos instantes: el agente era un verdadero héroe para la corporación.

—Esta vez no se va a poder, Alfonso. Lo justo es lo justo, y quien tiene derecho de interrogar primero al reo es el que le echó el guante —le dijo Robledo al oído en un susurro.

El doctor no tuvo otra que aguantar los reparos. Iba a tener que conformarse con verlo y escucharlo a través del espejo de una sola vista. Apesadumbrado, se dirigió a la sala de interrogatorios para esperar.

Robledo le hizo una señal a Quintanilla para que se apurara, pero los fotógrafos no paraban de accionar sus cámaras para registrar el rostro de soberbia de Siqueiros. El Güero se coló entre la multitud y se puso frente al teniente con libreta y lápiz en mano.

—Leandro —le dijo a sabiendas de que odiaba ese nombre—, deberías darme una entrevista.

Si es exclusiva, mejor. Quiero registrar cuáles son tus métodos de investigación, las pistas que seguiste, a quiénes les sacaste la sopa y cómo diste con este fugitivo tan escurridizo al que seguro muchas personas ayudaron a esconderse.

—Tas jodido, Güero —respondió con su rudeza acostumbrada—. Ahora no voy a dar entrevistas, ni a ti ni a nadie. Eso no forma parte de mis obligaciones. Y tampoco te voy a dejar hablar con este cabrón hasta que nosotros no le saquemos lo que sabe. Y hazte a un lado, no me quites el tiempo.

Cuando escuchó las respuestas del teniente, el pintor sonrió con cinismo.

—Pinche tinterillo de mierda —murmuró y escupió un gargajo espeso que cayó justo en la parte frontal del zapato del Güero.

Al ver la agresión de su reo, Quintanilla le dio un soplamocos en la nuca y lo zarandeó para conducirlo a la sala de interrogatorios.

Aunque el Güero entendió que el teniente no había salido precisamente en su defensa, agradeció el gesto.

Y más le gustó lo que le dijo a continuación, antes de desaparecer por un pasillo con su presa:

—Si quieres hacer entrevistas, Güero, busca a otro pintor, el Doctor Atl, en el exconvento de La Merced… Y de paso tómale una foto a su vieja y me la regalas.