XXVI
Las instrucciones que le había dado Tom a Klava eran precisas: debía estar cerca de la puerta trasera de una mercería ubicada en la esquina de la calle Abasolo, en la colonia Guerrero, antes de que anocheciera.
Por eso permanecía recargada al costado de un kiosco de periódicos, mirando a través del paso de los transeúntes el portón de hierro del establecimiento mientras empuñaba la Tokarev oculta en su bolso de mano.
Estaba lista para usarla a la primera señal de que todo el asunto pudiera irse al garete.
Desconocía a los hombres con los que se encontraría, pero le daba confianza que Tom hubiera dicho que eran de los suyos.
En España, y en otros países de Europa, había tenido misiones semejantes, en las que no conocía a sus compañeros ni a sus cómplices, y ninguna había salido mal. Pero de todos modos no debía confiarse.
Miró de soslayo a la gente que caminaba por la banqueta, atenta a cualquier ruido o movimiento sospechoso.
Fijó la vista en una pareja que se aproximaba.
Si algo le había enseñado su tiempo de pertenencia al Partido era que siempre había que estar alerta para no caer en celadas.
La pareja pasó de largo y los ojos de Klava volvieron al portón: no sería extraño que se abriera y que los cañones de varias armas le escupieran fuego de improviso hasta dejarla tendida.
O podría ser que, sin que nadie lo advirtiera, dos o tres hombres la introdujeran a la fuerza en el edificio para después desaparecerla.
No. No estaba dispuesta a doblar las manos.
Al primer indicio de que algo anormal estuviera por ocurrir, dispararía sobre quien fuera, incluso sobre miembros del Partido, con el fin de que el escándalo saliera en los periódicos y la policía, al capturarla, la protegiera de los suyos: así la dejarían en paz, al menos por el momento.
Sus superiores no querían visibilidad. Les gustaba ser sombras bajo sombras.
Miró la hora en su reloj de pulsera. Los de la miscelánea estaban retrasados.
Se limpió el sudor de las manos en la tela del vestido, y de inmediato volvió a empuñar el arma dentro del bolso.
Se preguntó si estaba paranoica. No, respondió en voz baja.
Conocía a los suyos y sabía que el peligro era real.
Por eso era mejor exagerar en las precauciones.
Ahora, en la calle Abasolo, vio que dos tipos con aspecto de obreros caminaban en su dirección.
Sus recuerdos la habían distraído, cuando debía permanecer alerta.
Los dos hombres la miraron con atención al pasar junto a ella.
Uno de ellos le sonrió al detenerse frente al kiosco y tomar del tendido El Universal vespertino.
Parecía que iba a decirle algo obsceno, tal vez un piropo de esos tan subidos de color que acostumbraban los mexicanos, pero la expresión hostil de Klava lo hizo desistir.
Pagó el periódico al voceador y continuó su camino, justo cuando una serie de sonidos metálicos anunció la apertura del portón.
Por instinto, ella apretó de nuevo el arma dentro del bolso, el dedo listo en el gatillo.
El ritmo de sus latidos se aceleró y volvió a sentir húmedas las manos al ver que se asomaba un individuo rechoncho con una pátina de bigote sobre el labio, vestido con un overol gris, que miraba hacia ambos lados de la calle antes de fijar la vista en ella, al tiempo que comentaba:
—Hace un mal clima para salir sin paraguas.
—Sólo si llega a caer granizo.
Tras escuchar la contraseña, el tipo terminó de abrir y se hizo a un lado.
Sin soltar el arma dentro del bolso, Klava traspasó el umbral hasta llegar a la trastienda de la mercería: una bodega atiborrada de cajas con etiquetas que señalaban el color de los estambres en su interior, paquetes de agujas de tejer, cartulinas, pegamentos, tijeras.
El hombre caminó hacia una habitación y ella lo siguió sin dejar de desconfiar ni de estar alerta.
Adentro, en torno a una mesa con un amplio papel extendido, dos hombres fumaban en silencio.
Klava se acercó. Sólo hasta reconocer en el papel el plano de la comandancia de policía y, al lado, una libreta con horarios y varios tachones, pudo bajar la guardia un poco.
El ritmo de sus latidos pareció sosegarse y, más tranquila, se plantó ante los tres desconocidos y les dijo que no quería saber el nombre de ninguno de ellos.
—Si quieren, invéntense un nombre de batalla, cualquiera, un seudónimo, y díganmelo. Es mejor. Así nos vamos a entender sin revelar demasiado de nosotros mismos.
Los hombres se miraron entre sí, titubeantes. El más alto señaló el cigarro que traía en la mano, y le dijo que podía llamarlo “Faros”. El que traía un sombrero de paja desgastado sonrió, dio un paso al frente, y adoptó el sobrenombre de “Chesterfield”.
Klava volteó hacia el que le había abierto la puerta, quien sonrió como si se tratara de un juego de niños y dijo que él prefería “Carmencitas”.
—Tú nunca has fumado un Carmencitas.
—Y tú tampoco un Chesterfield, así que no me vengas con chingaderas.
Klava los interrumpió, tajante.
—¡A ver! ¡Déjense de discusiones inútiles! —apenas los conocía y su falta de seriedad y de disciplina ya la estaban irritando demasiado—. ¿Qué no saben por qué están aquí? ¡Joder!
Al sentirse reprendido, Faros colocó de mal modo sobre la mesa una caja de cartón.
Del interior sacó tres conjuntos de camisa y pantalón color azul, fornituras y gorras de plato.
La mujer palpó la tela porosa del uniforme policial, revisó las costuras, los cuellos, las mangas, las perneras de los pantalones y las valencianas.
Después comprobó la resistencia de botones y cremalleras.
Asintió complacida, aunque al mirar los rostros que la rodeaban no le parecieron de hombres muy brillantes.
Contempló largo y de pies a cabeza a los tres mientras se preguntaba quién los había elegido.
¿El Partido? ¿El mismo Tom? ¿Por eso había dicho que eran “de los suyos”?
Quien hubiera sido, estaba obligada a confiar en ellos.
Comenzó a darles instrucciones en tanto dibujaba con el dedo una línea invisible sobre los planos.
—Como seguro ya saben, la policía tiene detenido en la comandancia a un hombre muy importante para nosotros.
En cualquier momento lo van a trasladar a otra prisión y debemos sacarlo antes de que eso suceda.
Vamos a entrar por la puerta principal. Dos de ustedes me escoltarán con el pretexto de que me llevan detenida a dar una declaración.
Los tres individuos fumaban y asentían a sus palabras, obedientes.
El humo de sus cigarros poco a poco inundaba el espacio.
El llamado Faros dejó caer la ceniza sobre el plano al tiempo que preguntaba si Klava creía que los tiras eran tan tontos como para no darse cuenta de lo que iban a hacer. Ella terminó de dar las instrucciones.
—¿Usted planeó todo? —preguntó Chesterfield al mismo tiempo que se rascaba la cabeza. Parecía muy admirado.
Klava no respondió, de momento. De una última ojeada advirtió satisfecha que los tres tipos se habían sometido poco a poco a su autoridad, acaso creyéndola una jerarca del Partido. Tan sólo volteó a ver un reloj que había en la pared, luego confirmó la hora en el suyo.
—Cuando no hay tiempo, a uno se le ocurren las ideas más descabelladas —volvió a tomar la pluma y escribió una dirección—. En esa esquina los voy a esperar mañana a las siete menos quince o, como ustedes dicen, al cuarto para las siete de la noche.
Carmencitas arrancó el pedazo de hoja del plano donde Klava hizo sus anotaciones, leyó y memorizó los datos, los mostró a sus compañeros hasta estar seguro de que se los habían aprendido y lo rompió en pedazos minúsculos. Sin palabras, todos asintieron.
Carmencitas y Klava dieron media vuelta y se dirigieron al portón de hierro.
Ella se quedó inmóvil por unos segundos mientras contemplaba cómo, ajena a sus problemas y a los del Partido, la gente realizaba sus actividades cotidianas en medio del ruido, del tráfico y del humo de los escapes.
Miró al cielo y vio que un conjunto de nubes comenzaba a apelmazarse sobre la luna.
Luego miró hacia la banqueta, donde entre los caminantes un perro callejero se le acercó, movió la cola y luego prosiguió su deambular.
Lo tomó como un buen augurio. Reprimió una sonrisa y se despidió de su nuevo compañero con un gesto.
Salió otra vez a la calle. Buscó un taxi.
Mientras aguardaba, vio que después de ella salían Faros y Chesterfield, que se alejaron en dirección opuesta.
Los contempló. A simple vista lucían como amigos que recién habían terminado su jornada y buscaban una fonda dónde merendar.
El último en salir fue Carmencitas con la caja que contenía los cuatro uniformes policiales.
La guardó en la cajuela de un Ford negro, encendió el auto y se alejó de la mercería, que volvió a convertirse en una inocente bodega ubicada en una colonia popular de la Ciudad de México.