XXV
La reja se hallaba emparejada y, adentro, en los jardines se observaba el ir y venir de hombres con vigas, carretillas y herramientas.
El teniente deambuló sin empacho entre albañiles y obreros, escrutando los rostros por si se topaba con Siqueiros.
En el ambiente se respiraba polvo de piedras antiguas y se oía el ruido común en cualquier obra en construcción.
Un hombre grueso y de barba cana, vestido con un overol sucio y desgastado, revisaba, trepado en un andamio, una escultura que sobresalía de un muro.
Mientras lo hacía daba instrucciones a una mujer que se encontraba de espaldas.
Quintanilla supuso que el tipo era el director de la obra, de la restauración, es decir, el doctor no sé qué mencionado por el ciego Meneses.
Le vino a la mente el recuerdo de una nota leída en el periódico, donde se hablaba de un tal Doctor Atl. Por eso le sonó raro al ciego, se dijo.
Debido al trajín de los obreros podía pasar desapercibido.
Se acercó al andamio para observar al hombre más de cerca, pero en eso la mujer giró su cuerpo y Quintanilla quedó paralizado.
Era una real belleza. Tal vez la mujer más hermosa que había visto en su vida.
Casi sin respiración, estuvo durante bastantes segundos sin poder apartar la vista de ese rostro que no podía sino calificar de “angelical”.
La mujer parecía buscar algo entre los hombres que se movían por el patio.
Posó de pasada sus pupilas de destellos dorados en Quintanilla, provocándole un intenso cosquilleo en el estómago y un leve temblor de piernas.
Quintanilla seguía inmóvil, contemplando cada uno de sus movimientos. La vio acercarse al hombre del overol mientras le decía palabras que el teniente no alcanzaba a escuchar. La vio obedecer una orden, alejarse y detenerse al escuchar la voz estentórea del hombre mayor.
—¡Nahui, ven aquí!
La mujer volvió junto al andamio para servirle de soporte mientras él descendía el último peldaño hasta tocar el piso con los pies.
Y cuando Atl abrazó a Nahui y le besó el nacimiento del cabello en una de las sienes fue como si a Quintanilla le tronaran los dedos para despertarlo del trance en que había caído.
¿Qué veía esa belleza en un viejo como ese?
¿La atraía su talento? Había escuchado que se trataba de un gran artista, como Siqueiros, tal vez más grande, pero aun así era casi imposible para él concebir que los dos estuvieran unidos por algún vínculo, emocional o sexual.
Sólo cuando la pareja se encaminó al interior del edificio y fue testigo de cómo el mentado doctor combaba la palma de su mano en una de las nalgas de la mujer, ya no tuvo dudas.
Eran pareja. Tal vez la pareja más dispareja que había visto en su vida, pero eran pareja.
Tardó un minuto en reaccionar. En su cerebro se abrió paso la frase “Debo buscar al pintor” y de inmediato comprendió que no se refería al Doctor Atl.
Igual que si despertara de un sueño, o de una pesadilla, el teniente tuvo que sacudir la cabeza para concentrarse de nuevo en su trabajo.
Desde el patio en que se hallaba recorrió con la vista los jardines, las construcciones que se ubicaban al fondo, junto a la barda, y algo que le parecieron a la distancia corrales para ganado.
En tanto avanzaba, ahuyentó de su mente los pensamientos sobre la mujer, sobre la pareja, y recuperó los que recién había perdido sobre su búsqueda.
Siqueiros. Siqueiros debía estar por ahí, en ese lugar, en alguna habitación, no tenía dudas.
Y no colaboraba con el Doctor Atl ni con Nahui.
Si los dos artistas estaban a la misma altura en lo que se refería a prestigio, a carrera, a reconocimiento, ninguno podía ser subordinado del otro.
Sus egos no lo permitirían. Y si no trabajaban juntos, lo más seguro era que Atl le prestara refugio al otro, que lo estuviera escondiendo.
El sitio era ideal. Un edificio grande, con suficientes cuartos y bodegas para albergar a un ejército en pleno centro de la ciudad.
Lleno de trabajadores, donde podía pasar desapercibido ahora que la policía lo buscaba.
—Está aquí —se dijo Quintanilla alzando el rostro y olfateando el aire.
La tarde se venía abajo, pero aún había luz suficiente.
Tras revisar varias construcciones que tal vez habían servido de caballerizas en otros tiempos, descubrió que la empalizada que de lejos lucía como la cerca de un corral para ganado era en realidad la barda de un antiguo cementerio.
Atravesó el terreno a saltos, para no pisar alguna lápida que se desmoronara y lo hiciera caer dentro de la tumba, y de una ojeada leyó en los epitafios que todas las sepulturas pertenecían a monjas de otros siglos.
Se detuvo al escuchar que el portón chirriaba a la distancia y desde ahí vio salir a los obreros que terminaban las faenas de la jornada.
También contempló alejarse al Doctor Atl y a Nahui, y aunque no perdió tiempo pensando en la pareja sí sintió cómo la ira se apoderaba poco a poco de su cuerpo. Era envidia. Sólo envidia.
Iba a patear una piedra del cementerio, cuando un ruido metálico, tenue pero identificable, lo hizo mirar hacia el otro extremo del terreno.
Distinguió un tejabán grande y alto de tablas un tanto podridas, con techo de lámina y carretillas y material de construcción en el exterior. Una bodega, seguro.
La puerta del tejabán estaba cerrada y el entorno en completo silencio.
¿De dónde había salido el sonido? Por puro instinto, Quintanilla avanzó con pasos sigilosos, evitando que las piedras sueltas del sendero chocaran entre sí y produjeran ruido.
Pegó el rostro a las rendijas que había entre las tablas de la puerta, mas en el interior del almacén la luz había desaparecido y era imposible distinguir nada.
Rodeó la construcción. En uno de sus costados había un hueco de ventana, sin la ventana, y se agachó para trasladarse al otro extremo, desde donde creyó que tendría mejor vista.
No se equivocó. Desde ahí podía distinguir casi por completo las sombras del interior.
Sobre todo la de una amplia mesa de trabajo hecha de tablones en cuya superficie había herramientas, implementos de pintura, lienzos enrollados.
Y un hombre durmiendo.
Cerca de los pies del individuo, en el suelo, yacía un cepillo de carpintero, acaso derribado en sueños por el propio durmiente, produciendo el ruido que Quintanilla había escuchado desde el cementerio.
Junto a sus piernas, dos botellas: una caída y vacía; la otra, erguida, con un resto de líquido transparente.
El hombre dormía la mona, echado de espaldas y con un sombrero de palma cubriéndole la cara.
Vestía ropa de manta, como un campesino, pero calzaba unas botas charras de buena calidad.
Rodeó otra vez el almacén para situarse frente a la puerta.
La estudió con la escasa luz que venía del cielo.
La cerradura era antigua: una simple aldaba que descendía sobre un agujero metálico.
El teniente echó mano a su cartera, pero las únicas credenciales que traía eran pequeñas y no alcanzarían para lograr su objetivo.
Entonces recordó la foto impresa en papel duro. La extrajo de su bolsillo y la dobló.
La aldaba resistió a dos intentos, pero al tercero se levantó y se vino abajo con un leve chasquido. Como respuesta, del interior de la bodega brotó un carraspeo y después un ronquido fuerte. Cuando se regularizó la respiración del durmiente, Quintanilla estuvo seguro de que no había despertado.
Empujó la puerta que, como por obra de milagro, no rechinó ni hizo ningún ruido. El teniente avanzó hasta penetrar las sombras que parecieron agitarse ante su presencia. Aún con la foto del sospechoso en la mano, sacó su arma y fue acercándose poco a poco a la mesa de tablones.
Cuando estuvo junto al durmiente, colocó la fotografía a su lado.
Sacó unos cerillos del bolsillo. El fósforo chisporroteó primero, luego iluminó parte del almacén.
El dormido no hizo ningún movimiento, ni siquiera volvió a roncar.
Quintanilla pensó que estaría demasiado borracho para reaccionar.
Con el cañón de la pistola, retiró el sombrero que le cubría la cara.
Alumbró la fotografía, luego lo acercó a aquel rostro.
Sí, era David Alfaro Siqueiros que, al resplandor del cerillo, a punto de extinguirse, abrió los ojos y se encontró con el arma de Valentín Quintanilla apuntándole directo al rostro.