La torre de cristal XXIV
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El sudor que perlaba la frente de Armenta escurría por momentos hasta sus párpados, nublándole la visión.

El jefe de policía se lo secaba con el pañuelo, pero era inútil: volvía a brotar como si un intenso calor lo estuviera derritiendo desde adentro.

Maldijo. No soportaba estar bajo presión.

Pero no cumplir las órdenes de su jefe significaba estancarse, sin poder subir los peldaños que tenía por delante en la escalera de la política.

No importaba que no comprendiera esas órdenes ni las razones de su superior.

Ni siquiera que ahora que dejaría su ministerio en el gobierno federal para irse a gobernar un estado del norte, según se decía en los corrillos políticos, perdiera parte de sus influencias en la capital.

Como el mismo Escorpión le había dicho en varias ocasiones, el papel de Armenta no era entender las cosas, sino obedecer y hacer obedecer a sus subordinados.

No se le olvidaba que gracias a su jefe, moviendo los hilos que su mano manejaba, le había conseguido su cargo actual, ese que le otorgaba control sobre los jueces ministeriales y acceso a la información reservada que podía utilizar para su beneficio, como hacerse de solares sin dueño o inmuebles en litigio entre herederos, poner al mejor postor la resolución de un juicio, o incluso recibir las cuotas voluntarias que algunos hombres adinerados le proporcionaban si daba celeridad a ciertos casos.

Pero él tenía más ambición. Sabía que lo que obtenía ahora no eran sino miserias, sobras de los banquetes a los que todavía no tenía acceso.

Extrajo un cigarro de la cajetilla que estaba en el escritorio y, justo cuando lo iba a encender, una gota salobre se desprendió de su frente y cayó sobre el papel que apretaba el tabaco dejando en él una mancha redonda y oscura.

Armenta murmuró una maldición. Partió el cigarro en dos con furia, lo echó en la papelera a su lado y sacó otro del paquete.

Se apresuró a darle lumbre antes de que el sudor volviera a traicionarlo y le dio una fumada larga y profunda.

El humo en los pulmones lo tranquilizó por unos segundos.

Pensó que su lealtad a Escorpión debía mantenerse contra todas las adversidades, al menos por el momento, pues aunque no sentía ningún afecto por ese individuo autoritario y déspota, lo consideraba el apoyo del que se agarraría para acercarse un poco más a la cima de las posiciones de la administración del país.

Esa cima añorada desde la que él, Armenta, cuando llegara, sería quien repartiera entre sus subordinados y favoritos ventajas y prerrogativas.

Todo era cuestión de tiempo, disciplina y obediencia. Ah, y de fortaleza, pensó.

Nada podría conseguir si mostraba debilidad ante los caprichos de su superior, porque sabía que como él había varios hombres que estaban a las órdenes de su jefe, aunque no se conocían si no era necesario.

Recordó a Aries: Escorpión le había ordenado que le llevara personalmente unos expedientes sobre el hijo de Winston Jenkins, uno de los hombres más ricos del país.

El joven y sus amigos se habían metido en una pelea afuera del Salón Rojo y uno de los contrincantes estaba muy malherido.

Armenta se imaginó que, debido a su posición social, sería normal que luego llegara a la política y los antecedentes criminales no serían bien vistos.

A pesar de que Armenta le pidió a Escorpión que le permitiera llevárselos a él o a Jenkins, su superior se negó de manera rotunda.

“No has llegado a esos círculos, Géminis. Todavía te falta demostrar valía”, le dijo aquella vez antes de colgar.

Tuvo la reunión nocturna en un callejón mal iluminado cerca del Zócalo.

Aries era un tipo siniestro, inexpresivo, rígido, aunque vestía con elegancia.

No le había caído nada bien. Le entregó los papeles, dio media vuelta y se fue sin despedirse.

Supo que siempre debía estar a la altura de los requerimientos de Escorpión si quería sentarse a las mesas de la gente más poderosa.

Su jefe era un viejo lobo de mar que había pasado por múltiples puestos desde la Revolución, incluso por algunas gubernaturas, y durante el sexenio actual había aprovechado su estrecha amistad con el presidente de la república para afianzar aún más su poder, que ya era enorme.

Por eso la presión experimentada ahora, que tal vez sería más tolerable si consiguiera detener ese insufrible y constante brote de sudor en su frente que se le internaba entre las cejas y le bajaba como lágrimas por las mejillas.

Volvió a enjugarse con el pañuelo ya empapado, y alcanzó a guardarlo en un bolsillo justo antes de que la puerta del despacho se abriera con una leve corriente de aire y el juez Robledo apareciera en el umbral.

Armenta bajó la mirada hacia los papeles sobre su escritorio para fingir que leía.

Los conocía de memoria porque él mismo los había redactado, aunque el legajo ostentara el nombre de otra persona.

Si a Robledo se le ocurría indagar quién era el autor del documento, se iba a topar con que se trataba del escribiente más baladí de una oficina escondida en el laberinto burocrático, quien seguro no estaría enterado de que alguien usaba su nombre.

No podría saberlo, pues Armenta tenía muy presente que, si se quería llegar a la cúspide, era preciso borrar las huellas de sus movimientos.

Apenas se sentó frente al escritorio, Robledo recibió el papel con sellos oficiales y firmas ilegibles.

—Son las instrucciones de lo que debe hacerse con Jacques Mornard: el reo permanecerá detenido cuarenta y ocho horas más, y luego usted, como juez del caso, debe fijar fianza para que sea puesto en libertad hasta el día en que inicie su juicio —Armenta se aclaró la garganta y añadió—: Órdenes de arriba.

—¿De arriba? ¿Qué tan arriba? ¿De Palacio?

El juez posó la mirada sobre la hoja unos segundos, contrajo el ceño, luego le dio vuelta y estudió la siguiente. Azotó el documento en el escritorio y luego dio un par de manotazos sobre él, como si quisiera desbaratar lo escrito en las hojas.

—¡Son pendejadas, y usted lo sabe, licenciado!

Este individuo primero llega a México haciéndose pasar por Frank Jacson, luego se presenta como Jacques Mornard, logra acercarse al mayor enemigo de Stalin en el mundo gracias a su novia, y termina asesinándolo.

¿No se da cuenta de que se trata de un plan armado?

No pueden hacerlo pasar como un pleito que acabó mal. ¿Quién se supone que autorizó esto?

Armenta ya no sudaba. En algún instante había podido recuperar el aplomo. Se recargó en el respaldo de su silla y contempló a su subordinado como si hubiera adivinado de antemano su reacción y no le diera importancia.

—Alguien que no quiere meter al país en conflictos internacionales, y menos con una de las grandes potencias.

No se altere, Robledo. Ya le dije que son las instrucciones.

Además, hasta donde sé, los papeles de ese individuo son legítimos.

Si él dice ser quien es y ustedes no lo desmienten, no puede hacerse nada.

Si se demuestra su culpabilidad, cumplirá su sentencia.

Robledo se puso de pie como si le hubiera picado un insecto ponzoñoso.

—¿Lo duda, licenciado? Claro que es culpable…

Intentó seguir hablando, pero la indignación provocaba que las ideas se le atropellaran y de su boca sólo salían frases inconexas.

Armenta sonrió: comprendió que tenía atado de manos al juez, pues un tecnicismo legal podía echarle abajo el caso por el que tanto había luchado.

Que se vaya con Quintanilla y con Quevedo a estudiar criminales y que me deje hacer mi trabajo, pensó.

Con ello, Escorpión estará más que satisfecho y quedará muy bien con la gente que le procuraba apoyos internacionales y con los líderes sindicalistas que apuntalaban su posición en el gobierno.

Miró a Robledo, quien aún de pie parecía estar a punto de sufrir un ataque, el rostro cárdeno, sudoroso, y decidió darle la puntilla:

—¿Vio la mano de Mornard, Robledo? Su herida es grave.

Habrá que demostrar que no fue Trotsky el primero que atacó y la única opción del detenido fue defenderse.

Eso además de la golpiza que recibió. Un buen abogado puede alegar que Trotsky participó en ella junto con sus guardaespaldas y que Mornard dio el pioletazo para quitárselo de encima.

El juez no podía creer lo que escuchaba.

Su furia lo llevó a apoyar los puños en el escritorio, con lo que semejaba un gorila en posición de desafío.

Entendía que alguien, entre los de arriba, quienquiera que fuera lo que eso significaba, pretendía convertir el asesinato del líder ruso en una simple rencilla entre dos hombres.

En el papel se abría la posibilidad incluso de que Mornard hubiera actuado en defensa propia y por ello resultaba candidato para llevar su causa penal en libertad.

Robledo sabía que esa triquiñuela legal, que en teoría lo liberaba de prisión, sería aprovechada por Mornard para esfumarse, para desaparecer del radar de la ley, porque si algo le quedaba claro era que el detenido contaba con cómplices que lo ayudarían a abandonar el país.

—¿Defensa propia? ¿En serio?

—Si yo fuera el abogado defensor del belga haría eso. Es todo lo que tengo que informarle de su caso.

Armenta resopló para dar a entender que no toleraría insubordinaciones y con un movimiento de cabeza señaló la puerta del despacho.