XXIII
Valentín divisó al ciego Meneses en cuanto dio vuelta en una esquina cercana al exconvento.
Desde lejos vio el desgarbo de su figura tumbada en la banqueta con la espalda unida a la pared, semejante al Pípila antes de incendiar el portón de la alhóndiga de Granaditas.
El supuesto ciego había sido en su juventud un ladronzuelo que cayó en sus manos varias veces, aunque nunca cumplió condenas largas, unas semanas, acaso unos meses, y de vuelta a la libertad.
Así había seguido, hasta que un día tuvo la mala suerte de robarle la cartera a un hampón conocido y violento, quien lo persiguió por las calles de Tepito hasta alcanzarlo, y le puso una golpiza que casi lo mandó al panteón.
Meneses salvó su vida, pero quedó tullido, con una pata bandola, como decían sus conocidos, y ya no pudo progresar en su carrera de caco.
Tenía que cambiar de actividad o aprender un oficio.
Mientras se acercaba a él, esta vez despacio, Quintanilla recordó lo que unos agentes le platicaron: un tío de Meneses, quien se desempeñaba como pordiosero en las puertas de la catedral, lo había iniciado en su mismo oficio.
No había sido difícil, pues se trataba del trabajo más cómodo.
Ni siquiera tenía que moverse; tan sólo debía fingir una incapacidad, y mientras más provocara la compasión de la gente, mejor.
Meneses optó por la ceguera. Se consiguió unos lentes negros, ensayó un sonsonete lastimero y se tumbó en esa banqueta de la que prácticamente no se había movido en cinco años, reclamando un par de metros cuadrados como su territorio.
Desde entonces, todo el que pasaba junto a él lo escuchaba repetir hasta el infinito la frase: “Una limosnita para este pobre ciego que no ve”.
Quintanilla se dio cuenta de que, detrás de los cristales oscuros de sus gafas, Meneses lo había visto acercarse.
El supuesto invidente tuvo una reacción espontánea, la de ponerse de pie y salir corriendo, pero justo cuando iba a hacerlo, como si hubiera recordado su papel de ciego, se quedó quieto, sentado sobre el cemento.
Sin decir nada, el teniente se puso a su lado y, de pie, también recargó la espalda en la pared.
Permaneció así unos minutos, tan sólo disfrutando del nerviosismo creciente del otro.
Luego se puso en cuclillas y le preguntó qué tal iba el día y cuánto había sacado de la gente.
Meneses volteó hacia Quintanilla, alzó el rostro como si lo olfateara, con desconfianza, preguntó quién era y enseguida le dijo que se fuera de allí porque estaba invadiendo su territorio.
—No me digas que no me reconoces, cabrón —le ladró el teniente.
—Yo… yo no… no puedo reconocer a naiden, ¿qué no ve que soy ciego de nacimiento? A la gente nomás la huelo y la oigo… Y ni su voz ni su jedor me son familiares…
—Ah, qué pinche ciego falso. Bien sabes quién soy, no te hagas pendejo. ¿Ya no te acuerdas de todas las veces que te atoré por raterillo?
Meneses tragó gordo. Para no empeorar lo que creía que ya de por sí era una mala situación, se rio nervioso y luego trató de explicarse.
—Ah, qué mi jefe… Sí, ta bien, ya me acordé de usté, je, je…
—y empezó a hablar con rapidez, escupiendo saliva—.
Pero usté sabe que debo hacer como que no.
Sí, tengo que fingir. Igualito que los actores del cine o de la carpa, ¿ve?
Si no, ¿aluego con qué trago? Me moriría de hambre si la gente se da cuenta de que no soy un poca luz de verdá…
—Ya párale a tu tarabilla, pinche Meneses —se arrimó aún más al ciego y le habló casi en un susurro—. Vine a buscarte porque te tengo unas preguntas, y si no me las respondes te llevo a la delegación acusado de fraude, o de usurpación de funciones. ¿Cómo la ves?
—Usté… usté no se atrevería, mi jefe.
—¿Por qué no? Ponme a prueba… Al fin lo que estás haciendo es robar otra vez, nomás que ahora engañando a la gente.
Mientras llevaba a cabo su amenaza, el teniente advirtió que Meneses palidecía y que su pecho comenzaba a temblar. Para calmarlo un poco, le puso la mano en el hombro.
—Claro, a menos que…
Estas palabras hicieron que Meneses levantara de nuevo el rostro, interesado y con cierto alivio de encontrar una salida a su situación.
—¿A menos que qué? —preguntó y en sus labios se formó un amago de sonrisa.
Sin responder, Quintanilla llevó su mano del hombro del pordiosero al bolsillo interior de su saco y extrajo la imagen de su sospechoso. Se la entregó con disimulo, para que la gente que pasaba por la calle no viera al ciego contemplando una foto y empezara a preguntarse cosas o, peor, a asumirlas.
Sin embargo, Meneses, tal vez por sentir que ese pedazo de papel duro era su salvación, no sólo fijó la mirada en el hombre del retrato, sino que por unos segundos se alzó las gafas para poder verlo con más claridad.
Cuando escuchó la pregunta de si había visto por la calle al cabrón ese, asintió seguro, y uniendo las yemas de los dedos de la mano le dio a entender al teniente que muchas veces.
—¿Por dónde?
El ciego señaló alargando la cara hacia la esquina contraria, donde se hallaba la pulquería El Abrevadero de los Dinosaurios, y comentó con voz sigilosa:
—Este endeviduo siempre va a inflar a ese chante, le gusta harto el pulque —luego señaló el exconvento con el índice—, y de allá sale y allá se regresa ya cuando anda bien burro. Lo he mirado haciendo eses hasta que se agarra de las rejas del portón del convento para no irse de hocico…
—¿Seguro? ¿Se regresa al exconvento? —preguntó Valentín.
—Sincho… Yo creo que chambea de albañil en la restauración…
—No sabía que lo estuvieran restaurando.
—El que dirige la obra es un gordo de nombre raro, un dotor no sé qué.
—¿Hoy lo has visto?
—No, hoy no ha salido —Meneses se rascó la cabeza—. En los últimos días lo he mirado poco en la calle… A lo mejor ya ni está chambeando.
El teniente se dio por satisfecho. Llevó de nuevo la mano al hombro del pordiosero, le apretó con fuerza el músculo sobre la clavícula hasta hacerle soltar un gemido, tan sólo para que supiera quién mandaba.
—Mi estimado poca luz —dijo Quintanilla—. Desde hoy puedes considerarte mi informante. Tengo muy pocos porque me gusta confiar en ellos.
Enseguida le metió un billete de veinte pesos en el bolsillo de la camisa y se puso de pie para empezar a caminar rumbo al portón del edificio colonial.