XXII
Quevedo estudiaba desde hacía más de una hora cada uno de los movimientos de Mornard a través del espejo de doble vista de la sala de interrogatorios.
Tras el ridículo que habían hecho Quintanilla y él frente al detenido cuando mostraron su rivalidad, prefirió dejar que su cabeza ofuscada se calmara.
El paso en falso ya había sido dado. Lo único bueno era que de algún modo el berrinche de Quintanilla, una pataleta de adolescente, lo había quitado del camino al menos por un tiempo.
Robledo había permanecido a su lado hasta unos minutos atrás, cuando un agente acudió a él para decirle que el licenciado Armenta necesitaba verlo.
El criminólogo se acercó al espejo. El rostro de Mornard había pasado de un rictus estoico, donde fumaba un cigarro cada tanto, a una inquietud que lo hacía voltear hacia la puerta a intervalos de cinco minutos.
Quevedo alternaba la mirada en el reo y en las manecillas de su reloj.
El espacio de tiempo entre un tabaco y otro se redujo a la mitad.
También empezó a escucharlo carraspear, toser, murmurar maldiciones en francés, mientras se removía en la silla y se limpiaba el sudor de la frente con la manga de su camisola rayada.
En una ocasión que realizó ese ademán, a Quevedo le llamó la atención una cicatriz en el antebrazo izquierdo.
Sin poder permanecer quietas, las piernas del reo se agitaban de un lado a otro como si ensayara pasos de baile sin abandonar su asiento.
Sólo cuando advirtió que las facciones de Mornard se contraían enfurecidas, igual que si estuviera a punto de exigirles a los guardias que lo sacaran de ahí, Quevedo decidió que ya era tiempo de una segunda ronda.
Al verlo aparecer, el extranjero refunfuñó algo que Quevedo interpretó como “Ya era hora”.
No dijo palabra. Se limitó a lanzarle al otro una mirada inexpresiva mientras dejaba un portafolios sobre la mesa, para después caminar unos segundos con pasos medidos por el interior de la sala.
Se sentó frente a Mornard. Después de otros minutos de mutismo, desesperantes para el detenido, Quevedo abrió su portafolios y dijo en francés algo referente a su carta de confesión.
Cuando escuchó la voz del criminólogo, Mornard soltó un largo suspiro.
Luego sonrió con burla mientras le respondía que, si ya había leído su confesión, estaría enterado de todo sobre él.
Luego añadió que no tenía nada más que decir.
Quevedo se le acercó. Extrajo de su bolsillo una cajetilla de cigarros y con una sacudida de la mano le acercó uno a la boca.
Mornard lo tomó con los labios y el doctor se lo encendió.
—¿No me va a quemar con él? Ah, ya estoy entendiendo: el otro es el policía malo y usted el bueno, ¿no? —el detenido ironizó en francés—. Cuando usted no consiga sacarme nada de lo que quiere, va a entrar el otro a golpearme, y así se van a ir turnando, ¿no es cierto?
—Yo no soy policía. Sólo vine aquí a conversar con usted, señor Mornard. ¿O debo decirle Jacson? ¿Cuál es su verdadero nombre?
—Mornard. Jacques Mornard.
—Jacques Mornard, entonces, aunque haya ingresado al país con un pasaporte a nombre de Jacson —Quevedo se tocó el cuello de tortuga de su camisa—. Belga, ¿verdad? Nacido en Persia, en Teherán, para ser preciso. Y periodista, además de soldado. ¿Por qué eligió el periodismo como carrera?
El detenido miró a Quevedo en silencio, extrañado por la pregunta. Movió los labios, mas no dijo nada. Tras unos segundos de desconcierto, regresó a su rostro la expresión de ironía y le repitió que, si ya había leído su carta, él no estaba dispuesto a hacer ninguna otra declaración.
—¿No le gusta conversar, señor Jacson, señor Mornard? ¿Sabe lo que creo? Que quienes le encargaron este asesinato lo entrenaron para resistir golpes y tortura con la boca cerrada, pero no lo prepararon para una simple conversación entre hombres civilizados.
—A mí nadie me encargó nada ni me entrenó para nada, salvo cuando estuve en el ejército belga.
Quevedo acercó su rostro al del detenido, lo contempló con calma durante unos instantes, estudiándolo, y le dijo que, si nadie le había ordenado matar a Trotsky, entonces por qué no respondía a su pregunta de por qué eligió el periodismo como carrera.
Mornard bufó. A señas le pidió otro cigarro a Quevedo. Cuando lo tuvo encendido en los labios, tras echar una bocanada de humo al techo, dijo que había escogido periodismo porque se trataba de una profesión que le permitía luchar contra…
Quevedo lo interrumpió completando la frase:
—… “contra el actual sistema de justicia social”.
Sí. Eso es lo que escribió en su carta de confesión.
¿O no será que alguien la escribió por usted y ya nomás tuvo que memorizarla?
¿No tiene otras palabras para explicarlo más que las que se aprendió igual que un escolar?
Si hasta ahí llegan su vocabulario y sus ideas, debe ser mal periodista.
Además, ¿a cuál sistema de justicia social se refiere?
¿Al capitalista? ¿No debió escribir entonces “injusticia social”?
En las pupilas del detenido brilló una chispa de furia.
—No voy a caer en sus enredos.
—No lo haga. Sobre todo si no tiene ni la inteligencia ni la habilidad para salir de ellos.
La ira en el rostro de Mornard se intensificó, lo que el criminólogo aprovechó para continuar, diciéndole que, si la tenía, la inteligencia, entonces le explicara cómo es que un periodista puede combatir el sistema de injusticia social. ¿Sería acaso denunciándolo? ¿Y ante quién o ante quiénes?
Mornard tomó aire.
—Ante la opinión pública, ante el pueblo —respondió titubeante.
—¿Ante el pueblo? ¿O sea que usted pretendía decirle al pueblo jodido quiénes son los que lo joden?
¿Cree que ellos no lo saben? Ahora dígame, ¿dónde realizaba usted esas denuncias, señor Jacson, señor Mornard?
¿En qué medio? ¿En algún periódico? ¿O nomás soñó con hacerlo y nunca denunció nada en ningún lado?
El detenido lo miró con odio. Dio un par de fumadas iracundas al cigarro hasta terminarlo y lo dejó caer al suelo donde lo aplastó de un pisotón.
—Esa herida del antebrazo, ¿cómo se la hizo? —Quevedo apuntó hacia la cicatriz.
—Esgrima —contestó seco.
Quevedo entornó los ojos para ver la encarnadura.
—No. Eso no fue con un filo, es más bien una herida de bala.
Mire, señor Jacson, señor Mornard, me queda claro que usted está guardándose muchos datos que nos interesan.
Al leer su supuesta confesión, y fíjese que no soy muy buen lector en francés, es fácil advertir que usted no escribe tan bien como se esperaría de un periodista.
Es más, yo creo que usted nunca ha publicado nada.
Lo que quiere decir que usted mintió sobre su oficio.
Usted nomás es un matón. Y tampoco es un buen matón.
Si no, ¿cómo explicaría que un anciano, de espaldas, herido de muerte, haya tenido tiempo para voltearse y atacarlo a mordidas causándole esa herida tan grave que aún no ha conseguido sanar?
¿Sabe qué pienso al respecto, señor Jacson, señor Mornard?
Que usted es un bueno para nada. Como decimos en México: ni picha, ni cacha, ni deja batear.
Quevedo terminó el discurso con una evidente sonrisa de satisfacción: Mornard estaba cerca de salirse de sus casillas.
Y cuando dejó de sonreír, el criminólogo le dirigió al supuesto belga una mirada de infinito desprecio.
El otro bajó la cabeza, pero alzó los ojos y en su mirada se notaba una furia asesina.
—¿Quiere usted matarme también, señor Jacson, señor Mornard?
Carajo, no estoy seguro de la manera en que debo llamarlo, sobre todo porque no creo que ninguno de esos nombres sea en realidad el suyo.
Bueno, ¿quiere usted matarme como lo expresan sus gestos, como lo afirma todo su cuerpo?
¿Y por qué no lo hace? No tiene nada que perder, ¿o sí?
Todos aquí sabemos que usted no es más que un simple asesino.
Mató al señor Trotsky, aunque por poco le sale el tiro por la culata.
Y yo estoy seguro de que, aunque de modo mediocre, sin profesionalismo, ya había matado antes, quizá muchas veces.
¿Qué espera? Máteme. Su sentencia no va a ser mayor si lo hace.
¿O matarme le complicaría más las cosas a quienes lo enviaron a acabar con Trotsky?
¿Quiénes fueron, señor Jacson, señor Mornard?
¿Por qué no me lo dice ahora y descansa de tanta presión y se alivia por fin?
El detenido lucía agotado, confuso, iracundo.
Clavaba en el criminólogo la mirada y tenía los dientes apretados, la mandíbula trabada.
No decía nada, ni iba a decirlo por esta vez.
Quevedo lo sabía. Pero no le importaba: había recuperado el terreno perdido, consiguiendo exasperarlo hasta cierto límite.
Sacó de nuevo la cajetilla y, a pesar de la renuencia de Mornard, que intentó girar la cara, le puso otro cigarro en los labios. De inmediato se lo encendió mirándolo fijo a los ojos. Luego se acercó a la puerta y golpeó dos veces.
—Ahora sí, llévense a ese matón inútil —dijo al uniformado que abrió—. Por hoy ya he terminado.
Lo vio levantarse de la silla, aún con la expresión homicida en las pupilas. Pero, cuando Mornard le dio la espalda para salir del brazo del uniformado, vio que su columna se encorvaba y que bajaba la cabeza, abatido.
Entonces Quevedo suspiró, seguro de que había empezado a doblarlo.