XXI
La Lagunilla estaba justo como Lupita la recordaba: llena de charcos enormes que formaban un lodo tan espeso que, si no tenía cuidado, la haría terminar con los zapatos inservibles.
Vio en la esquina, bajo un farol rojo, a un grupo de mujeres y se dirigió hacia allá. Al darse cuenta de que se acercaba, una de ellas entornó los ojos intrigada. Lupita sonrió con calidez y le extendió la mano.
—¿De dónde vienes? —preguntó una mujer de huaraches y sobrecargada de maquillaje mientras se cruzaba de brazos.
Las demás del grupo se colocaron a su espalda y Lupita pensó en el modo en que los pollitos se colocan detrás de la mamá gallina para que los cuide.
—Sólo estoy actualizando este censo —mostró la portada del libro—. Quiero saber si ha habido alguna mejora, si creen que hay más prostitución, si han podido salir de la calle gracias a los apoyos…
La lideresa enchuecó la boca y ahogó un pujido.
—El pinche gobierno nomás sirve para cobrarnos más, y si algunas ahora no están circulando por la Lagunilla se debe a otros motivos.
—¿Qué motivos? —Lupita buscó con la mirada el rostro de las mujeres. La mayoría no rebasaba los veinte años. Le pareció incluso que la última muchacha, la que se cubría con un rebozo, no pasaba de los quince.
—Desaparecen —dijo alguien en voz baja.
—Nadie desaparece. Se han de haber cambiado de esquina o de rumbo, o volvieron a sus pueblos. No les haga caso a esas chismosas que no saben ni conseguirse un hombre que las saque de trabajar —la lideresa se giró hacia sus compañeras.
—Ger, no quieres que digamos nada para que no asomen sus narices los azules —le contestó otra.
—¡Ya no se metan en lo que no les llaman! —las regañó la llamada Ger—. A ver, ¿a quién andas buscando? Mejor te despacho antes de que nos espantes a la clientela.
Lupita estuvo a punto de reclamarle el trato que les daba a las mujeres, pero sabía que era inútil.
Si no era un padrote, era una madrota quien las regenteaba.
Al final, las únicas que salían perjudicadas eran las muchachas.
Y si se metía de más, seguramente cuando no estuviera a la vista ellas terminarían por pagar los platos rotos que Lupita colocara en la mesa.
Abrió la libreta y empezó a nombrar una por una la lista de mujeres que traía.
De las prostitutas que conocía, Ger le daba los paraderos donde laboraban ahora, o le precisaba si alguna enfermedad, casi siempre sífilis, o un embarazo difícil, las había despachado al panteón.
Lupita suspiró cuando descubrió que ninguna de las que enumeraba había dejado el oficio por cuenta propia.