XX
A esas horas de la tarde, el barrio de La Merced, uno de los más antiguos de la urbe, era un hervidero de vehículos y gente.
Había desde carretas y carretones cargados de mercancías, ya fueran tirados por caballos, mulas, burros u hombres, hasta camiones desvencijados y temblorosos, camionetas y automóviles de los dueños de negocios y bodegas o de quienes iban ahí a hacer compras al por mayor; comerciantes, paseantes, ropavejeros, pepenadores, turistas, militares en día franco, vagabundos, policías uniformados, algunas prostitutas tempraneras, teporochos, sirvientas en el mandado, cargadores, macheteros, vendedores de drogas, malvivientes, rateros o simples transeúntes sin nada que hacer.
Todos sufriendo el calor de agosto, todos sudando bajo la ropa como si se hallaran en un cuarto de vapor, todos caminando con displicencia igual que si hubieran perdido el rumbo desde un rato antes.
Valentín Quintanilla, quien avanzaba con más rapidez y firmeza que la acostumbrada a causa del coraje que le había despertado la intervención de Quevedo en el interrogatorio de Mornard un rato antes, detuvo sus trancos en una esquina y miró al cielo: ni una nube que cargara algo de lluvia, apenas tres o cuatro retazos de algodón que parecían disolverse en el azul claro.
Tampoco había viento. Respiró profundo para tranquilizarse.
Se quitó el sombrero Panamá para limpiarse el sudor de la frente con la manga del saco y maldijo la hora en la que se le ocurrió vestir de traje ese día.
Había entrado al barrio por la parte posterior del Palacio Nacional, siguiendo la calle de Soledad con rumbo de la iglesia del mismo nombre, la primera iglesia de indios en la Ciudad de México, sin tener un objetivo fijo, pero con la certeza de que encontraría una pista que lo condujera hacia el paradero de David Alfaro Siqueiros.
Recordó que el Güero le dijo que los albañiles habían encontrado los implementos de pintura en las inmediaciones del claustro de La Merced, así que en cualquier esquina debía doblar a su derecha, hacia la calle de Uruguay.
Siguió caminando mientras miraba uno a uno los rostros de quienes lo rodeaban y se cruzaban con él, a la espera de toparse con alguno que iluminara su memoria e hiciera reaccionar su instinto de sabueso.
Palpó la bolsa inferior del saco para asegurarse de que llevaba la imagen del pintor, y sobre la tela sintió la firmeza del papel fotográfico.
Llegó a la altura de un pequeño muelle cancelado que hasta hacía unas décadas había servido para que en él atracaran las trajineras cargadas de legumbres o de flores provenientes de Xochimilco a través de los canales, y decidió tomar esa calle, más ancha y menos transitada que las otras, para acercarse al exconvento sin tener que esquivar tanto vehículo.
Por ahí había más fondas, pulquerías y puestos de comida que negocios de compra-venta. Conforme se acercaba a la calle de Uruguay, comenzó a fijarse con mayor cuidado en la gente, tratando de adivinar quién podría haber visto a Siqueiros, en cuál fonda o pulquería acostumbraba a meterse.
De pronto notó que un hombre vestido con harapos lo veía fijo y rápido daba media vuelta para alejarse de él. El instinto de Quintanilla hizo que siguiera al tipo, al tiempo que buscaba en la memoria el recuerdo de aquel rostro.
—¡Espiridión! —lo llamó por su nombre—. ¿A dónde con tanta prisa? ¿A poco me quieres sacar la vuelta?
El frustrado fugitivo, un ladrón al que Quintanilla había arrestado un par de veces en años anteriores, detuvo su marcha en cuanto oyó su nombre, y se volvió con una sonrisa nerviosa en el rostro.
—Nooo. Cómo cree, mi jefe. Pa qué juir si ando bien limpio…
Quintanilla se acercó despacio a él mientras lo estudiaba. El tal Espiridión llevaba un pequeño costal que, con ingenuidad, trató de ocultar detrás de su espalda. Cuando estuvo cerca, el teniente se lo arrebató de un manotazo:
—¡Trae acá, cabrón! Así que “bien limpio”, ¿no?
—Son cosas de mi propiedad, mi jefe. Ando bien bruja, por eso las llevaba a vender.
Quintanilla abrió el costal. Adentro había dos radios, otro par de relojes y hasta una cartera aún con algunos billetes. Extrajo la billetera y la abrió.
—Así que “cosas de tu propiedad”. ¿Ahora te llamas licenciado Rodolfo Guzmán y vives en la Roma? Qué raro, porque no te pareces en esta foto con traje y corbata.
El hombre palideció, miró a los lados con rapidez. Comenzaba a girarse para echar la carrera, cuando Quintanilla se abrió el saco y puso la mano sobre la cacha de su Walther mientras decía:
—¡Ni se te ocurra, cabrón, porque te trueno, o de perdida te dejo cojo!
Espiridión se paralizó. Tenía el rostro desencajado y su cuerpo temblaba, dejando escapar el aroma que el teniente identificó con el del miedo.
Permaneció en silencio, con los labios trémulos, en tanto Quintanilla terminaba de revisar el contenido del costal.
Luego, al sentir que el policía lo aferraba del brazo y comenzaba a caminar hacia la sombra de un muro alto, se atrevió a suplicar.
—Páseme esta, mi jefe… le juro que es la última vez…
Quintanilla lo puso de espaldas al muro y le soltó el brazo. Sacó la cajetilla de Tigres, se puso uno en la boca y le dio otro a Espiridión. Luego de encender ambos, y de ver cómo el olor a tabaco cubría el del miedo, preguntó:
—¿Cuántos años te darían por ratero reincidente?
—La verdad, mi jefe, ni sé, pero muchos —el hombre respondió a punto del llanto—, y el abogado que me sacó la última vez ya no quiere ni verme porque no le pagué…
El policía contempló al ratero a través de una cortina de humo y casi sintió lástima por él al ver sus ojos cristalizados. Calculó que era el momento, que Espiridión estaba lo suficientemente asustado, sacó la foto que traía en el bolsillo y se la puso frente al rostro.
—¿Has visto a este cabrón?
El otro echó un vistazo a la imagen con la mirada húmeda.
—No… No sé…
—¡Míralo bien! ¡De ello depende que te atore y te lleve a la comandancia o que te deje ir!
La amenaza surtió efecto: Espiridión reaccionó como si hubiera recibido un toque eléctrico, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y agarró la foto para verla más de cerca. Luego miró al teniente y volvió a ver la imagen. Se notaba que hacía un esfuerzo.
—La cara me suena, mi jefe. Creo que sí lo he visto por aquí, pero no jallo dónde. ¿Qué hizo este vale? No tiene tipo de rata…
—Es un artista, un pintor al que queremos echarle el guante.
—¿Pintor, dijo? —se quedó pensativo unos instantes—. Como que ya me suena más. Si no le jierro, creo que algunas noches le cae a echarse sus alipuses en una pulquería que queda aquí a dos cuadras. Si es él, sincho que el ciego Meneses lo reconoce. ¿Sí sabe dónde encontrarlo?
Quintanilla asintió, dio un paso atrás, tiró la colilla al piso y le tendió el costal al ratero, pero cuando el otro iba a agarrarlo, retrajo el brazo poniéndolo de nuevo fuera de su alcance.
—No debería dejarte esto, cabrón. Es la última vez. Pero primero dime, ¿cómo se llama la pulquería donde dices que has visto a Meneses?
—El Abrevadero de los Dinosaurios, mi jefe. Aquí a la vuelta.
Quintanilla lo recordó: un agujero de un solo cuarto, ínfimo, con los toneles de pulque a la vista y tres mesas que ocupaban casi siempre pepenadores y putas viejas. ¿Por qué atraían esos sitios a los intelectuales y artistas?
Miró a Espiridión y le extendió el costal. El otro lo agarró antes de que el teniente fuera a arrepentirse y se apartó a paso rápido, primero, para pegar la carrera después, mientras cada dos o tres zancadas volteaba hacia atrás con el fin de asegurarse de que nadie iba tras él.
Quintanilla lo vio mientras se preguntaba por qué corría, si lo había dejado ir. Se rio. Ahora se sentía satisfecho de su expedición a La Merced, y estaba seguro de que muy pronto Siqueiros caería en sus garras.