EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS
Sabe que la noche está de su lado, así que decide aprovechar la soledad del paraje para concluir lo que la mujer no pudo otorgarle en vida.
De un tirón le arranca la blusa y el movimiento hace que la cabeza de Juana golpee varias veces el vidrio del auto.
Queda al descubierto un sostén roído por el uso.
La tela no resiste la fuerza del tirón y los pechos fofos se desparraman sobre el estómago.
El hombre traga saliva. Ahí está lo que busca.
La cicatriz de una cesárea mal hecha. Un gusano rosáceo que repta en el bajo vientre y desciende como si quisiera esconderse en la madriguera del pubis.
Tiembla. En ese momento, un par de minutos apenas, pierde el control de sus emociones y de su cuerpo.
Acaricia con los dedos la marca. Cierra los ojos y se ve de niño, debajo de la mesa del cuarto de vecindad donde su madre se reunía con sus colegas por la mañana, después de una noche ardua de trabajo.
Se le reborujan en el cerebro las charlas, los llantos, las risas, el olor del café recién hecho, el humo del cigarro, el hedor penetrante del tequila.
Y él, abajo, muy quieto, mirando fascinado las batas semiabiertas de aquellas mujeres cansadas de trajinar durante la noche y la madrugada las calles de la ciudad.
Ahí fue cuando descubrió esas cicatrices que no sólo cruzaban el cuerpo de su madre, sino de todas sus compañeras.
El hombre se agacha. Empieza a lengüetear la rugosa cesárea de Juana.
¿Es parecida a las que contemplaba de niño?
, se pregunta mientras el sudor salobre adherido a la piel de la muerta se mezcla con su saliva y, ahora sí, un cúmulo de sangre se concentra en su miembro.
Con una mano, baja el cierre de su pantalón para empezar a masturbarse.
La excitación no le dura más de siete enviones y, mientras se vacía sobre el asiento, lanza una especie de grito —extraña mezcla que se confunde entre un berrido y un sofoco casi al mismo tiempo— que se pierde entre las sombras cómplices que aún cobijan la ciudad.