XIX
Tom colocó la maleta en el suelo y con la mirada pareció insistirle de nuevo a Klava que se marcharan juntos a Cuba, aunque estaba claro que ella nunca dejaría a Mornard a su suerte en una cárcel mexicana.
Klava sabía que contaba con un tiempo limitado para poder hacer algo por él, sobre todo después de las palabras que le dijo Tom cuando volvió la noche anterior:
—Oportunidades como esta no se las dan a cualquiera, así que es mejor que la aproveches, porque no habrá otra.
Al verlo a punto de partir, ella escudriñó el rostro de su amante: lucía como si hubiera envejecido cinco años en las últimas noches.
Lo mismo que Klava: esa mañana, después de bañarse se había descubierto en el espejo arrugas y canas que no tenía antes de llegar a México.
Con un suspiro de resignación, reconoció que los años, las preocupaciones y la tensión de las misiones que el Partido le encargaba poco a poco le iban desgastando la belleza y el salero que años atrás habían sido legendarios.
Esa belleza y ese salero que hacían que la siguieran los hombres, que estuvieran dispuestos a morir por ella, con tal de pasar un rato a su lado, incluso en medio de los combates de una guerra civil.
Y ahora esta misión les estaba arrebatando a Tom y a ella no sólo el sosiego, sino también las energías y lo que les quedaba de juventud.
Lo mejor para ambos sería que se largaran cuanto antes de ese país que, aunque lo había visitado en otras ocasiones, nunca terminaba de descifrar: en México nada parecía tener orden ni lógica y todo se llevaba a cabo en medio de un caos de baja intensidad.
Al ver que su amante aferraba el picaporte de la puerta, Klava se cruzó de brazos para disimular el temblor que la envolvía a causa de la ansiedad, y le preguntó si le había aclarado a los hombres con los que se vería lo que necesitaba de ellos.
Tom se le acercó, le acomodó el cabello que le caía sobre el rostro y, para tranquilizarla, comenzó a enumerar:
—Armas, uniformes y un carro para poder escapar. La misión ha sido bautizada como Operación Gnomo. ¿Por qué no vienes conmigo de una vez? Deja que ellos se encarguen. Tú más que nadie sabe que, en estos asuntos, todos somos reemplazables.
—En esta ocasión, ni Jacques ni yo lo somos. Está decidido. Él regresa conmigo a Moscú.
Tom suspiró. La conocía y sabía que nada la haría cambiar de parecer. Con expresión resignada levantó la maleta del piso, la sopesó como si quisiera comprobar que llevaba todo lo necesario y luego le dio a la mujer un largo beso en la boca. De inmediato supo que había desayunado vodka. Otra vez.
—Recuerda que el muchacho recibió entrenamiento para burlar interrogatorios y resistir torturas. Nadie podrá sacarle ni la verdad ni su origen. Fuimos cuidadosos. Y, mientras ignoren eso, Jacques estará a salvo.
—Pero no podemos arriesgarnos. Es mejor actuar ahora que no hay tanta seguridad. No quiero ni imaginar su situación si lo llegan a trasladar a un penal.
Tom, que ya había abierto la puerta, se giró al escuchar las palabras de Klava.
—Si termina en Lecumberri, da todo por perdido. Udachi tebe , Klava querida. La vas a necesitar.
Tom cerró la puerta tras él. Klava sintió como si las habitaciones del departamento se ensancharan en un instante a más del doble de su tamaño.
Sola. Estaba sola. Lo reconoció mientras un estremecimiento la recorría.
Sabía que las palabras de Tom eran certeras: debía contar con la fortuna.
Pero ella no estaba acostumbrada a dejarse llevar por el destino.
Siempre había sabido construir su propia suerte y ahora no tenía por qué empezar a confiar en azares, sino volver a recurrir a su propia capacidad, experiencia y astucia.