XVIII
El Güero estaba cansado de merodear el edificio de policía sin encontrar información que le diera la de ocho en su periódico.
A pesar de sus contactos, no había conseguido gran cosa; a lo mucho algo para terminar su columna semanal, un par de rumores que servirían para que el caso del homicidio de Trotsky siguiera en la mente de los mexicanos.
Pero él quería carne de primera para lanzársela a sus lectores.
No le habían permitido colarse en las salas de interrogatorios.
Ni Robledo ni Quintanilla asomaban la nariz para poder sacarles declaración.
Y cuando trató de interceptar a Quevedo y preguntarle qué hacía ahí, el criminólogo ni siquiera volteó a verlo.
Estaba a punto de marcharse a la redacción, cuando vio que llegaban dos gendarmes con un par de albañiles detenidos.
De entrada, no les prestó atención. Alguna pelea en un tugurio, un robo o algo que se iría a interiores.
Él no estaba para sobras. Pero cuando escuchó que los patas blancas afirmaban que ellos eran los dueños de las pinturas y los pinceles porque hacían murales y retratos, paró oreja.
Se imaginó que podría sacar una nota chusca, algo de color para no irse en blanco.
Se acercó con disimulo al mostrador, donde los agentes habían dejado los objetos.
De inmediato los reconoció: esos pinceles no podían ser de ellos.
El Güero sabía quién los usaba, porque había visto instrumentos semejantes al entrevistar a un artista, quien aseguró durante la charla que los fabricaban exclusivamente para él en Estados Unidos y se los mandaban cada cierto tiempo.
El periodista se acercó al oficial que llenaba el registro de los albañiles antes de pasarlo al Ministerio Público.
—¿Dónde agarraste a estos cabrones?
—Por el rumbo de La Merced. Querían venderle todas esas chingaderas a un judío que tiene una papelería por allá.
El Güero agradeció la información. Tal vez tuviera un hilo de dónde jalar para tejer una buena historia.
En eso, Valentín salió del rumbo de las salas de interrogatorio como alma que lleva el diablo.
Corrió tras él. Si no hubiera sido porque el detective se detuvo afuera de la comandancia a encender un cigarro, no lo habría alcanzado. Al verlo, el teniente bufó:
—No estoy de humor, cagatintas. Vete a chingar a otro lado.
—Tranquilo, Leandro. Te traigo un regalo para que quites esa cara de haber comido guajolote crudo.
Quintanilla apretó los puños y los huesos de los dedos tronaron tan fuerte que el reportero pensó que había roto una rama.
Luego gruñó una maldición y le dio la espalda para alejarse.
El Güero tuvo que esquivar a un camotero que pasó junto a él y dio un par de trancos largos para colocarse al lado del policía.
—¡No te estoy jodiendo, Leandro! ¡Escúchame!
Valentín soltó un pujido y lo agarró por las solapas, estrellándolo contra la pared. El Güero no esperaba ese movimiento y por segundos perdió el aire. Contempló los ojos duros del policía. Pocas veces lo había visto tan enojado.
—Tranquilo, Quintanilla. Agarraron a unos albañiles por La Merced con unos botes de pintura, unos pinceles, overoles, espátulas. Todo robado.
—¿Y eso que chingados me importa, Güero? ¡Te dije que no me estuvieras jodiendo!
—Esos pinceles son los únicos que usa Siqueiros, Leandro.
Al escuchar el nombre, el teniente aflojó la fuerza de sus manos.
Hacía meses que todos buscaban al muralista para que diera su versión de los hechos sobre el primer atentado contra Trotsky.
Aunque no tenían pruebas de su participación en la acción de mayo, el agente estaba seguro de que, si había intentado una vez matar a Trotsky, no era descabellado que lo intentara de nuevo.
A Quintanilla se le abría otro camino para develar la identidad del belga sin los jueguitos mentales de Quevedo si demostraba que Siqueiros y Mornard se conocían.
Soltó las solapas del periodista e hizo el intento de plancharle las arrugas con las manos.
—Te debo una, pinche cagatintas. Si confirmo algo, serás el primero al que le pase la información.
—¿No le vas a avisar a tu compañero?
En tanto se despedía con un ademán, Quintanilla aclaró:
—Yo no tengo compañeros, Güero, que no se te olvide.