XVII
Al otro lado del cristal, invisible para el detenido, Robledo notó que el preso primero daba un suspiro de alivio y luego se ponía a llorar durante unos instantes.
Pensó que en verdad Quintanilla era bueno en eso de aterrorizar a los sospechosos hasta sacarles la información que quería.
Ya había dado suficientes muestras de ello durante la Revolución, cuando le tocaba interrogar a los enemigos.
No se tentaba el corazón para hacerlos bramar de dolor si era preciso.
—Arenal, Arenal, ¿por qué me suena? “Le hace a la pintura”, dijo el hombre. ¿Se refería a que pintaba casas y edificios? —se preguntó Robledo mientras leía sus apuntes—. Con estos nombres ya podemos empezar a trabajar. Pero antes, creo que es hora de traer al tal Mornard para ver de qué está hecho.
Se escucharon unos pasos que se acercaban y Robledo pensó que se trataba otra vez de Quintanilla, con una pregunta respecto al interrogatorio. Volteó y se encontró con Quevedo, que miraba a través del cristal al tipo esposado. En vez de saludarlo, su pupilo lo cuestionó:
—¿Eso le parece bien, maestro? ¿Traer a inocentes, golpearlos y aterrorizarlos para arrancarles nombres con violencia? ¿Para eso quiere que trabaje con uno de la vieja guardia?
Robledo sintió las preguntas de Quevedo, más que como una insubordinación, como un ataque, y respingó con enojo, pero pudo calmarse antes de responder:
—Cálmate, Alfonso. Ni siquiera sabes de lo que se trata.
—¿Cómo quiere que me calme, no ve cómo dejó Quintanilla a ese pobre infeliz?
—¡Que te calmes, te digo! En primer lugar, el interrogatorio ya terminó, en segundo, este hombre nos dio una buena pista, y en tercero, así como lo ves, este tipo no es tan inocente. Valentín lo detuvo porque había una orden de aprehensión en su contra por robo.
Quevedo le dirigió a su maestro una mirada llena de ironía.
—Una orden de aprehensión que seguramente usted firmó a petición de Quintanilla. ¿Me equivoco?
Robledo prefirió no responder a la última insinuación. Caminó unos pasos para apartarse del cristal y su alumno lo siguió con expresión de disgusto.
—¿Ve por qué no quiero trabajar con él? No apruebo sus métodos. Ese pobre hombre de ahí está golpeado, y no dudo de que ya lo haya sometido a tormentos más refinados, de esos que no dejan huella.
Robledo pareció perder la paciencia:
—¡Ya para tus quejas! A ese tipo Quintanilla lo sacó de los billares xew , que tú jamás has pisado y a los que jamás te meterías, ¿no es cierto?
Y míralo bien. Es un obrero de fundición que vive en Candelaria de los Patos.
¿Crees que si lo interrogaras tú conseguirías empatizar con él?
¿Cómo te meterías en su cabeza si no tienen nada en común?
Entiéndelo. Para hombres como ese, quien resulta necesario es Quintanilla, carajo.
Alfonso guardó silencio. Clavó en su maestro una mirada rencorosa, después vio al hombre a través del cristal y sus rasgos perdieron dureza, señal de que había comprendido las razones de Robledo y, aunque le pesara, debía estar de acuerdo con ellas.
Bajó la cabeza como un alumno regañado, justo cuando un uniformado entraba para sacar de ahí al detenido, lo que el juez aprovechó para preguntar:
—¿Qué has decidido? ¿Te sumas a las investigaciones o no?
Antes de responder, Quevedo primero miró la sala vacía, luego al juez y preguntó:
—¿A cuántos han interrogado hasta ahora?
—Media docena.
—¿Y ha habido resultados?
—Sí, los ha habido. Pero no me has respondido la pregunta, Alfonso. ¿Pudiste echarle el ojo a los expedientes y las fotos que te hice llegar?
Al criminólogo se le distendieron los músculos de la cara y le brillaron las pupilas.
—Sí. Los leí, y estudié las fotos. Estoy seguro de que con el tal Mornard sí conseguiré “empatizar”, si usted me permite interrogarlo antes de ese animal.
Escucharon que la puerta se abrió y ambos volvieron la mirada a la sala de interrogatorios: Valentín llevaba del brazo al asesino de Trotsky, quien caminaba con dificultad.
La venda en la cabeza de Mornard, chueca como si lo hubieran sorprendido durmiendo, ya no mostraba rastros de sangre.
De pronto los ojos del belga quedaron fijos en el cristal de doble vista, como si intentara traspasarlo y clavar las pupilas, igual que un par de punzones, en quienes lo observaban.
Robledo percibió en ellos una mirada hueca, como de quien ha muerto con anticipación, pero con voluntad asesina.
Se cruzó de brazos. Se había topado con actitudes semejantes con otros cautivos durante la Revolución, cuando eran sentenciados a la horca o al paredón de fusilamiento.
Hombres sin alma, les llamaba, porque no expresaban nada ni cuando la soga les apretaba el cuello al levantarlos del suelo para hacerlos pendulear en el aire durante horas, ni cuando las ráfagas de plomo les atravesaban el cuerpo.
Mornard era de esos: sin un ápice de arrepentimiento, sin miedo a morir, sin esperanza ni creencia alguna.
Robledo se volvió hacia Alfonso. Sintió un estremecimiento cuando descubrió la forma en que su pupilo contemplaba al detenido: concentrado, como en un duelo del viejo Oeste.
Su rostro había cambiado: tenía las facciones duras, sin rastro de empatía.
—¿Estás bien, Alfonso?
Al escuchar la voz de su superior, la cara de Quevedo volvió a su gesto habitual.
—¿Por qué me lo pregunta?
—Sé que apenas es la segunda vez que estás frente a un asesino así de tan cerca. En lo que me has ayudado antes, lo has hecho a partir de los expedientes y los cadáveres, no frente al perpetrador —Robledo se rascó la barbilla—. En mi cátedra hablamos del término falacia…
—Lo recuerdo, se refiere a cuando un hijo es abandonado violentamente…
—Y no hay nada más violento que un asesinato, Alfonso.
Robledo había investigado el pasado de su discípulo cuando se percató de su inteligencia.
Descubrió que el progenitor de Alfonso, Gustavo, encargado de una aduana en Ciudad Juárez, fue asesinado por un exempleado al que despidió por robar mercancía.
Desde una ventana, este disparó sobre su jefe, quien se hallaba sentado frente a su escritorio, hiriéndolo en la nuca.
Sin embargo, el asesino no pudo percatarse de que, recostado a un lado de los pies de su padre, el niño de diez años leía un libro a la espera de que su papá concluyera el turno y los dos regresaran a casa.
El cuerpo sin vida de Gustavo Quevedo se derrumbó sobre el pequeño Alfonso.
Cuando el homicida saltó por la ventana y se acercó para vaciarle el resto del cargador, se encontró con el rostro moteado de sangre del niño.
Las miradas permanecieron enredadas un instante hasta que el agresor dejó caer el arma para salir corriendo.
Alfonso quedó con el cuerpo de su padre sobre el suyo mientras sentía que sus propios orines y la sangre del herido se unían en el piso de madera de la oficina.
Según leyó Robledo en el informe, con una seriedad que asustó a los oficiales, Alfonso dio una descripción tan fiel del perpetrador, que no tardaron en encontrarlo.
—Si se enteró de eso, maestro, también debió leer que, salvo la tristeza de quedar huérfano, no tuve ninguna afectación.
—Alfonso, la cercanía de la muerte siempre nos afecta, no hay que ser médico para saberlo…
Robledo interrumpió la frase cuando escuchó el carraspeo de Quintanilla, que se preparaba para iniciar la faena.
Traía la camisa sucia y arremangada, por lo que en sus brazos resultaban visibles varias salpicaduras de sangre.
Mornard las notó cuando el policía le puso un cigarro en la boca, pero no expresó ninguna reacción.
Valentín encendió un cerillo, dio fuego al cigarro de Mornard, luego al suyo, y se despatarró sobre una silla de frente al detenido.
—Conque belga, ¿no? —Quintanilla sonrió—. Pues los de tu país son muy raros. Yo soy de Tamaulipas y allá usamos pistolas para matar a otros cristianos, no picos.
Mornard hizo con el humo un par de donas perfectas que se fueron agrandando hasta disolverse cerca del techo.
Alfonso y Robledo entendieron que quería mostrar indiferencia.
También Valentín, a quien se le borró la sonrisa.
Con un movimiento rápido, apresó con fuerza la mano del otro, lo obligó a extenderla y le acercó la brasa del cigarro.
Mornard aguantó el grito al tiempo que el aire se impregnaba de olor a carne quemada. Quintanilla sonrió con furia:
—Aquí no te vas a burlar de nadie, putito. ¿Quién te mandó? ¿Para quién trabajas?
Detrás del cristal, Quevedo se removió incómodo.
—¿Qué está haciendo ese animal?
Sin esperar respuesta, rodeó la sala de interrogatorios antes de que el juez Robledo pudiera evitarlo.
Abrió la puerta y encontró a Mornard con la mandíbula trabada de dolor.
Irrumpió iracundo y Robledo entró detrás de él.
Quintanilla estaba a punto de apagarle el cigarro en la oreja al asesino de Trotsky.
—¿Qué hace ese cabrón aquí, mayor? Quedamos en que primero lo haría a mi manera.
—Cree que necesitas ayuda, Valentín.
El agente escupió a un lado del detenido. Le dio una fumada al cigarro y lo tiró al piso. Miró a los recién llegados y un gesto de desprecio y furia se marcó en su cara. Luego se volvió de nuevo al detenido, quien los veía irónico mientras hablaba en francés:
—Lean mi carta de confesión, es todo lo que tengo que decir. Nada más.
Quintanilla pareció perder la paciencia.
—¿Qué dijo ese cabrón? —cerró el puño.
Quevedo tradujo sin dificultad, y Quintanilla encaró a Mornard.
—¡Qué confesión ni qué la chingada! ¡A punta de madrazos te voy a hacer que hables en cristiano, hijo de mil madres!
Como estaba a punto de cumplir su amenaza, Quevedo se interpuso entre el detenido y el policía.
—¡Espérate! ¡Así no vas a conseguir nada!
Valentín buscó con la mirada al mayor, pero se encontró con una negativa.
Al ver que no tenía su apoyo, dio en la mesa un manotazo que retumbó en la sala.
Pateó la silla de metal y el estruendo le hizo a Quevedo dar un respingo.
Mornard contuvo una risa irónica. Quintanilla enfureció aún más.
Se dirigió a la puerta, golpeando con el hombro a Quevedo al pasar, pero Robledo le cerró el paso.
—Valentín, ya te dije que te necesito en esto.
—Parece que no, mayor, a pesar de que le he demostrado que puedo obtener información sin haber leído tantos libros. Mejor déjeme pasar.
Se hizo a un lado y el agente se perdió en el fondo del pasillo.
Robledo pensó que tal vez era mejor que se calmara un poco antes de volver a hablar con él: Valentín tenía tanta furia guardada en el alma que parecía que nunca se le acabaría.
El juez miró a Alfonso, asintió levemente, salió y cerró la puerta.
Quevedo se quedó a solas con Mornard, quien curvó los labios hasta formar una sonrisa torva.
Era la primera vez desde que estaba en ese cuarto que se veía tranquilo.
—Conque los compañeros no se llevan bien… —dijo en francés, en tono de burla.
Quevedo miró al espejo, que le devolvió sus imágenes.
Su rostro contrastaba con el del asesino confeso.
El suyo denotaba molestia, enojo, frustración, mientras que el del extranjero serenidad y cinismo.
El espectáculo que acababan de dar frente a Mornard sólo los colocaba en desventaja ante él.
Había sido un error. Lo sabía como criminólogo, pero también Jacques lo había comprendido: ahora tenía ventaja franca sobre sus inquisidores.