La torre de cristal XVI
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XVI

En la sala de interrogatorios, Quintanilla caminaba en torno a una silla solitaria en la que un individuo con señas de golpes en la cara permanecía quieto, esposado, siguiéndolo con la mirada.

El teniente lucía pensativo, concentrado.

De pronto detuvo su andar y, plantándose frente al detenido, le colocó una mano en el hombro mientras preguntaba:

—¿Ya te acordaste, cabroncito? ¿O quieres que te refresque la memoria?

El hombre miró al policía sin miedo. Su boca se torció en una sonrisa cínica y siguió en silencio. La mano de Quintanilla se deslizó del hombro hasta cerca del cuello del detenido y comenzó a apretar con fuerza.

—¡En tu sindicato todos hacían cábalas de los atentados contra el ruso! ¡Del de mayo y del de hace días! ¿O qué? ¿Ya se te olvidó? ¡Por eso te estoy ayudando a recordar! ¿Quieres que traiga el Tehuacán y el chile?

Quintanilla retiró la mano de la carótida del hombre. Se apartó un paso de él. El hombre soltó un ronquido, luego varios jadeos que fueron disminuyendo de intensidad. Por fin habló:

—Uno de ellos…

—¿De quiénes?

—Uno de los líderes de la sección, al que le dicen el Guanaco, dijo que quesque los que atacaron la casa del viejo en mayo habían resultado puros pájaros nalgones, y que por eso los de arriba ya tenían preparado otro ataque, y que este iba a ser el definitivo…

—¿Los de arriba?

—Eso dijo…

—¡Nombres! ¡Quiero nombres!

—Pos seguro se refería a don Lombardo…

—Lombardo Toledano, ¿y quién más? —Quintanilla se situó detrás del detenido y con la mano volvió a aplicarle castigo en el mismo lugar. Los gritos del hombre fueron creciendo.

El teniente lo soltó después de un par de minutos. Caminó hasta ponerse de nuevo frente a él y se agachó con el fin de que sus rostros quedaran uno frente a otro.

—Ai donde usté me ganchó, en los billares xew , un coyote anduvo diciendo…

—¿Un coyote?

—Sí, uno de esos apostadores que se fingen maletas pa enganchar incautos y ganarles…

—¿Qué con él?

—… anduvo diciendo que entre los primeros que atacaron la casa del viejo en Coyoacán andaba un Arenal, creo que le hace a la pintura… Nomás eso oyí, se lo juro…

Quintanilla contempló al detenido como si quisiera meterse en su cabeza para comprobar que era todo lo que sabía.

Su instinto estaba insatisfecho, así que se acercó al oído del preso, quien gritó de dolor cuando sintió un mordisco en la oreja.

El hombre, entre sollozos, terminó por murmurar tres nombres completos: Lombardo Toledano, Eduardo Soto Innes y Luis Arenal, que el teniente escribió en una libreta salpicada con un par de gotas de sangre.

—¿Ya ves? ¿Para qué te hacías el difícil? —le palmeó la espalda.

Luego se giró hacia el espejo que se hallaba en uno de los muros y asintió seguro de que, tras el cristal, Robledo había escuchado lo mismo. Encaró al preso de nuevo, y estiró la mano para darle unas cachetaditas.

—¿Ya ves, mi valedor? Todo está en la memoria, nomás hay que saberlo buscar.

Amagó otro golpe al rostro, con tal realismo que el detenido por poco se va de espaldas al suelo con todo y silla. El policía sonrió socarrón y salió de la sala de interrogatorios.