La torre de cristal XV
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Con sólo escuchar el timbre del teléfono en su oficina de la comandancia, el licenciado Rogelio Armenta sospechó de quién se trataba.

El sarpullido en la nuca comenzó a torturarlo.

Se rascó. Luego se miró en las uñas rastros de sangre, y fijó la mirada en el aparato.

Deseaba que el sonido no se interrumpiera, que fuera alguien de archivo solicitando un expediente, o algún periodista pidiendo una entrevista, pero en el fondo sabía que no era así.

Cuando el ruido cesó, sintió que sus tripas se enredaban con una fuerza que amenazaba con partirlo en dos, y soltó la pluma sobre los papeles que estaba firmando.

Sobrevino otra llamada. Tan sólo dos timbrazos.

Sabía que al tercer intento debía contestar.

No antes, no después. Era la clave que le aseguraba la identidad de quien aguardaba al otro lado de la línea.

Intentó controlar el temblor de la mano cuando descolgó el auricular.

El dolor en el vientre no amainaba. Esperaba esa llamada porque sabía que Escorpión no estaba contento.

No tenía motivos para estarlo. El ataque contra Trotsky era ahora un circo mediático del que todos querían sacar tajada.

Un circo de tres pistas donde, si no ponían atención, los payasos serían ellos.

Pero ¿qué podía hacer él ahora que todos los periódicos lo tenían bajo la lupa?

Claro que eso no se lo iba a decir a Escorpión.

Pero ¿decirle qué a quién? Escorpión era un fantasma, y más de unos meses para acá, desde que se le habían cerrado los caminos hacia la cumbre más alta del poder.

Una voz que lanzaba torrentes de aire a través del teléfono cada cierto tiempo, como si fuera el jadeo de un hombre a punto de morir.

Un ruido siniestro que siempre le ponía los pelos de punta.

Eso era Escorpión. Alguien detrás del aparato que le dictaba órdenes cada vez que necesitaba hacer uso del puesto policiaco de Armenta.

Pero no se lo pedía a él, a Rogelio Armenta, jefe de policía, sino a Géminis, el nombre clave que le había asignado.

Una voz que, también, le dictaba indicaciones de dónde recoger el siguiente sobre con dinero o dónde reunirse con otros compañeros nombrados con otros signos zodiacales.

¿Por qué esa obsesión? ¿Tanto creía en la suerte?

Era imposible para un hombre que maquinaba tantos planes para lograr sus aspiraciones políticas.

Esos planes que podrían convertirlo en la persona más poderosa del país.

Por eso, él, Géminis estaba dispuesto a obedecer a Escorpión.

Tercera llamada. Por fin llegaba el momento de levantar el auricular. Cuando las vibraciones de la voz de Escorpión le llenaron los tímpanos, no pudo evitar un nuevo escalofrío. El hombre hablaba con autoridad, sin dar tiempo a sus respuestas:

—Géminis, ¿ya sabes qué andan haciendo tus hombres? Andan metiendo pullas en los cabarets y molestando a algunos buenos camaradas.

Armenta percibió cómo se liaban más sus intestinos. Se aflojó la corbata para respirar mejor. Cuando se tocó el cuello desnudo, supo que no era la prenda lo que lo asfixiaba. Dijo con voz adelgazada:

—Voy a detener la investigación de inmediato, señor.

—¿Estás idiota? No puedes hacerlo. ¿Por qué crees que pusieron a Robledo al frente? Él también tiene amigos poderosos. Debemos ser más sutiles. Aprovechar sus puntos flacos.

—No entiendo, señor.

—Se está apoyando en el teniente Quintanilla y en ese doctorcillo para encontrar información sobre Mornard, y debes evitarlo mientras decidimos qué hacer con él.

En pocas palabras, debes cuidar las apariencias de que realmente la policía de México hace algo para esclarecer el crimen, pero al interior tú puedes interferir cuanto sea necesario, al fin y al cabo eres la ley, ¿entendiste?

La línea volvió a quedar vacía. Escorpión, ese espíritu que le hablaba al oído desde las alturas políticas, volvió a dejarlo solo.

¿Por qué, si había quedado fuera de los planes del general Cárdenas para el siguiente sexenio, seguía ejerciendo tanto poder?

¿Cuáles serían sus intereses ahora que tomara posesión el nuevo presidente?

¿Aún conservaría todos los hilos en la mano para mover a ministros y funcionarios? Todo parecía indicar que sí.

Armenta abrió el cajón del escritorio. Hizo a un lado el vaso que tenía ahí, y se empinó directo la botella de whisky.