La torre de cristal XIV
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XIV

El sol pegaba de lleno a esa hora de la mañana en el estudio de Quevedo. Él aprovechaba la buena iluminación para revisar una vez más las fotografías del asesino de León Trotsky esparcidas sobre el escritorio mientras se pasaba la mano por una barba inexistente.

Levantó una de las imágenes. Tomó una lupa y la acercó a su rostro. En ella, el tal Jacques Mornard, recostado en una cama de hospital, tenía la cabeza y parte del rostro cubiertos con vendas, en una posición que sugería que trataba de ocultarse, escamoteando el cuerpo, como si sintiera miedo.

—¿De quién? —se preguntó Quevedo—, ¿de quién te escondes, asesino? ¿De la policía? ¿De los jueces? ¿De algo más?

Esa foto, al igual que las demás, había sido tomada después del atentado, cuando Trotsky vivía.

Si Mornard sentía miedo, pensó Quevedo, acaso era porque su misión aún no tenía éxito, es decir, porque había fracasado.

Dejó la lupa y la foto junto a las demás, se puso de pie y retiró la silla para mirar el conjunto.

Además de las imágenes, el juez Robledo le había enviado un par de expedientes a primera hora del día: el del atentado de mayo, cuando Trotsky y su familia resultaron ilesos a pesar de que se dispararon cientos de tiros a la casa, la mayoría de ellos en contra de la habitación de la pareja de ancianos; y otro muy delgado, donde venía copia de la supuesta confesión de Jacques Mornard, las primeras indagatorias hechas por la policía, muy escasas, y el informe de la autopsia del líder ruso.

Comprendió el juego de su maestro: quería que su curiosidad fuera tanta que no pudiera negarse a la petición de colaborar con Quintanilla.

Quevedo negó con la cabeza y volvió a fijar su atención en otra foto.

Además de las vendas en la cabeza y rostro de Mornard, se apreciaban otros hematomas en varias partes del cuerpo y la herida en la mano del homicida donde el viejo comunista lo había mordido para que soltara el piolet, que, aunque también estaba vendada, no había dejado de sangrar: se advertían en la tela varias manchas de sangre fresca.

La mirada de Quevedo se paseó por las impresiones, los expedientes y, más allá, en un rincón del escritorio, topó con la calavera del Tigre de Santa Julia.

Volvió a sentarse y se dio cuenta de que tenía la respiración agitada.

Se pasó una mano por la frente y la encontró llena de sudor, a pesar de que la temperatura en el estudio era más bien fresca.

Sonrió. Sabía que su cerebro trabajaba a toda marcha, y al hacerlo ponía el cuerpo en tensión, incluso si se hallaba inmóvil.

Tenía la garganta seca. Estuvo a punto de levantarse a tomar agua, pero cuando iba a hacerlo posó la mirada en un acercamiento a la cara magullada de Mornard, y se olvidó del asunto.

—¿Qué estará pensando ese asesino, Tigre?

El cráneo del bandolero porfirista pareció destellar por un instante reflejando la luz que entraba por el ventanal. Quevedo sonrió ante lo que interpretó como una respuesta.

—¿Tú qué crees? ¿Cuánto hay de verdad en lo que este cabrón afirma?

Es curioso, y aunque mi francés no sea tan bueno, el modo en que está redactada su confesión no parece como si la hubiera escrito un hablante de esa lengua.

¿Que en qué me baso? No lo sé. Es tan sólo intuición.

Suena raro. ¿No lo crees tú? Y mira, mira esta foto donde se ve bien la mordida que le dio Trotsky.

¿Ves lo mismo que yo, Tigre? Si Mornard fuera un asesino experto, ¿tú crees que el viejo le habría podido hacer algo así?

Piénsalo: un sesentón, por muy jefe revolucionario que haya sido, con una grave herida en el cráneo, ¿habría podido girarse y atacar de ese modo a un asesino experimentado, decidido a matar?

No. Y, sin embargo, tomó por sorpresa a Mornard.

¿Por qué? Muy sencillo, Tigre: a este hombre lo dominaban los nervios.

Estaba muerto de miedo ante lo que iba a hacer y ante lo que podrían hacerle sus superiores si fallaba.

No dudo que haya matado antes, pero desde lejos, a tiros y entre una multitud.

Sí, este hombre ha estado en la guerra, pero nunca había matado de cerca, nunca se había salpicado con la sangre de sus víctimas.

Eso lo aturdió y por eso se descuidó. ¿No crees, Tigre? No obstante, estamos en ceros todavía.

Quevedo se sobresaltó: estaba tan concentrado en su soliloquio que no había escuchado ni el timbre del teléfono ni los pasos de Lupita al entrar al estudio. Antes de que le diera tiempo de responder, ella caminó hasta el escritorio y vio las fotografías.

—¿Es el que mató a Trotsky? ¿Así lo dejaron? —Lupita le puso una mano en el hombro mientras veía una imagen donde el asesino miraba directo a la lente del fotógrafo—. Parece que tiene miedo, Alfonso, pero también se le nota otra expresión.

Contempló la foto con más cuidado. Lupita no se equivocaba: ese hombre no temía a las autoridades que lo habían detenido. Al contrario, parecía saber cómo manejarlas, cómo desviar la atención lejos de sí mismo. Su miedo, pensó, era hacia otros. Hacia quienes lo habían enviado a matar a Trotsky.

—Por cierto, Alfonso, hace rato llamó el juez Robledo.

—¿Y por qué no me lo pasaste? ¿Le dijiste que aquí estaba?

—Eh, ¿por qué esos modos? Le dije que estabas aquí. Pero él no tenía tiempo de hablar. Iba a entrar a una junta con no sé quién. Pero me pidió que te dijera que te espera en la comandancia por si quieres estar presente en los interrogatorios.

—¿Interrogatorios? ¿A quién van a interrogar?

Quevedo se puso de pie. Lupita se acercó aún más a él al tiempo que decía:

—No sé. No me dijo. Pero supongo que Valentín ya detuvo a algunos sospechosos.

Quevedo se apartó de la muchacha con un gesto de disgusto.

—¿Valentín?

—¿No se llama así el teniente Quintanilla?

Quevedo sintió una oleada de ira en su interior. Se alejó de ella, recogió su gabardina y su sombrero de uno de los sillones y salió del estudio con paso firme sin despedirse de Lupita.