La torre de cristal XIII
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XIII

A esa hora, La Continental era semejante a un viejo borracho que se niega a irse a dormir.

Los bebedores en las mesas cabeceaban de sueño, pero seguían aferrados a sus caballitos de tequila o sus vasos de cerveza.

Tom se acercó a la barra de caoba. Se despojó de su sombrero y lo dejó a un lado.

Por el rabillo del ojo miró a los clientes por si algo le resultaba sospechoso: algún intruso, alguien que no comulgara con la causa.

Nada le hizo recelar que hubiera peligro.

Sólo entonces se decidió a llamar con una seña al cantinero de aspecto español.

—Póngame dos tragos, un vodka y un Fundador.

—¿De cuál vodka apetecéis?

Tom señaló un envase transparente con una rosca verde. La etiqueta mostraba con letras grandes el nombre: Moskovskaya. El cantinero tomó ambas botellas, escanció las dos copas y las colocó frente a Tom, que no hizo el intento de agarrarlas.

—Voy a querer aceitunas también.

El hombre le dedicó una mirada de inteligencia y obedeció de inmediato.

Mientras maniobraba tras la barra, Tom sacó con disimulo un papel de su bolsillo y, cuando el otro le arrimó el pedido, lo dejó debajo del pequeño plato.

El cantinero asintió y con rapidez tomó el mensaje.

Después de ordenarle a su ayudante que lo supliera, desapareció en la trastienda.

Tom tamborileó un par de veces sobre la barra.

No estaba seguro de cómo reaccionarían sus superiores a su solicitud.

En el papel les recordaba que la misión sólo había sido cumplida a medias: sí, estaba muerto el traidor a la Revolución rusa, pero el agente designado para llevarla a cabo había caído con la policía.

Y aunque confiaba en la ineptitud de los investigadores, le preocupaba que los enemigos del Partido unieran los cabos sueltos y que los señalamientos apuntaran directo a Stalin, a Beria, o incluso a él mismo, pues para nadie era un secreto que desde hacía tiempo todos estaban bajo la mirada de las agencias de inteligencia de varias naciones enemigas, que podrían aprovechar ese tipo de pifias como pretexto para inmiscuirse en los asuntos de la Madre Patria.

Sabía que para ganar una guerra siempre se necesitaba mucho dinero, pero sobre todo tener cubiertos sitios clave para asegurar un éxito rotundo.

Y México eso era. Todavía no terminaban de tejer todas las redes, debían seguir en las sombras antes de dar la primera estocada.

En cuanto a la solicitud a sus líderes de que lo ayudaran a montar un plan de fuga para Jacques Mornard con el auxilio de los camaradas en territorio mexicano, no le agradaba.

Le resultaba burdo. Tom prefería tácticas más sutiles, en las que las casillas del tablero se ocupan poco a poco sin que el contrincante advierta que está a punto de perder la partida.

Sin embargo, Klava había insistido al grado de deslizar ciertas amenazas contra él y sus superiores, y Tom había cedido a presentar la petición.

Para él, lo más sencillo sería deshacerse para siempre del “estorbo” que había fallado al no conseguir escapar.

Quizá también lo intuía Klava, y por eso su terquedad.

Fue un error haberla reclutado, se repitió Tom, es evidente que aún la dominan sus sentimientos por encima de la voluntad del Partido.

Pasado un rato, el cantinero volvió. Traía en la mano ahora un cenicero.

Lo puso frente a él y le dio la espalda para acomodar unas botellas en la contrabarra.

Tom sacó sus cigarros. Movió el cenicero y vio un papel escrito con caracteres cirílicos.

Con su adiestramiento, le bastaron unos segundos para interpretar el mensaje.

El Partido también aceptaba la propuesta a medias: él saldría rumbo a Cuba; a Klava le daban la oportunidad de intentar, con ayuda de simpatizantes locales, el rescate de Mornard, como recompensa por sus pasadas contribuciones a la causa.

Tom encendió un cerillo, dio lumbre al papel y con el mismo fuego prendió el cigarro.

Cuando sus órdenes terminaron de convertirse en cenizas, sacó un billete y lo dejó en la barra.

Al tomarlo, el cantinero acercó la cabeza y dijo:

—Cuidado, un tipo con olor a chapa ha estado merodeando por acá.

Tom asintió mientras se colocaba el sombrero.

Que un policía se metiera a ese sitio podría ser casualidad, si él creyera en casualidades.

Pero no era el caso. El cantinero asió la copa de Fundador y se la bebió de un trago.

Tom hizo lo mismo con el vodka. Con ello aceptaba las órdenes recibidas.

El barullo de La Continental se difuminó en sus oídos al salir.

Ahora debía transmitir las instrucciones a Klava, y seguro no iban a hacerla feliz.