La torre de cristal XII
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XII

Valentín Quintanilla sabía moverse como el mejor en la noche de la Ciudad de México, tanto si se hallaba de servicio como si no.

Se desplazaba por aceras atestadas de noctámbulos escudriñando los rostros de los demás.

Avanzaba a grandes trancos; sólo disminuía el paso cuando su instinto lo ponía en alerta al distinguir entre las sombras grupos de hombres en actitud nerviosa o vigilante, pues la experiencia le había enseñado que eran ellos los que se traían algo sucio entre manos.

Muchas veces, tras una caminata por las calles del Centro, ubicó lo que para él constituían “focos rojos”, y al permanecer cerca de ellos pudo frustrar crímenes en progreso, intentos de robo u homicidio.

Pero lo que más le gustaba era rondar cabarets, cantinas de mala muerte, burdeles y picaderos: sabía que ahí se juntaban las peores lacras sociales para planear trabajos, o los usaban como puntos de reunión antes y después de llevar a cabo ciertos delitos.

Esa noche, siguiendo las instrucciones de Robledo, Valentín decidió dar la vuelta por el barrio situado en las inmediaciones de la Alameda, por las cantinas cercanas a Bucareli.

Según rumores que corrían, era la zona preferida por los comunistas nacionales y extranjeros, así como por los espías que las grandes potencias habían desplegado en México ante el estallido de la guerra en Europa.

Quintanilla mismo se había topado en La Continental, una tarde que salió a echarse unos tragos con algunos refugiados republicanos de la Guerra Civil española.

Mientras bebía solo, los escuchó lamentarse de la derrota en la batalla del Ebro.

Aseguraban que el general Vicente Rojo era mejor militar que el mismísimo Franco, y que, si no hubiera sido por los aviones alemanes e italianos que ayudaron a los fascistas, la República habría vencido a los sublevados en esa y otras batallas.

Esta vez no había gente afuera de La Continental.

Valentín llegó hasta las puertas abatibles y se asomó al interior: pocos parroquianos.

Sin embargo, en las mesas ocupadas distinguió que varios hombres llevaban paliacates rojos en el cuello y ropa de mezclilla; tal vez eran sindicalistas ferrocarrileros.

Entró y fue a la barra. Le pidió al cantinero una cajetilla de Tigres y un tarro de cerveza oscura, y fue a ocupar una mesa cerca de aquellos tipos.

Se sentó dándoles la espalda, encendió un cigarro, dio un trago a la cerveza y afinó el oído.

Hablaban de su sindicato, que por esos días peleaba por conseguirles aumento en el jornal.

Mencionaron nombres que no le dijeron nada, hasta que luego de varios minutos uno de ellos nombró a alguien que le interesaba a Quintanilla.

—Lombardo Toledano y los suyos andan de fiesta desde que le dieron en la madre al tal Trotsky, pero el festejo en serio empezó cuando se supo que el viejo bolchevique ya era cadáver —comentó un obrero canoso y corpulento a sus compañeros.

—Lo malo es que no invitan. Lombardo y esos cabrones llevan toda la tarde en El Marro, y yo creo que ahí se la van a pasar lo que queda de la noche —añadió otro hombre de la mesa.

Quintanilla vio la hora en su reloj: las once y media. Dio el último trago a su cerveza, aplastó la colilla del cigarro en turno en el cenicero de latón y salió con paso firme de La Continental.

Las calles se habían vaciado y ahora sólo se cruzaba con transeúntes que no llamaban su atención.

Al llegar a la avenida Juárez, en vez de rodear la Alameda, se internó en diagonal por sus andadores.

Era otra de sus rutas predilectas para caminar de noche; ahí había realizado algunos arrestos: la poca iluminación y la abundancia de árboles y arbustos cobijaban a asaltantes que tenían por objetivo los clientes de las prostitutas y chichifos que deambulaban ahí, a los que Quintanilla solía dejar en paz, pues consideraba que las urgencias de la carne son cosa de cada quien.

Esa noche había poca gente. Sólo vio un par de parejas en las bancas que circundaban una de las fuentes mejor iluminadas y las sombras jadeantes de dos hombres acoplándose al abrigo de unos arbustos.

De una ojeada revisó si había algún asaltante al acecho y, al no encontrar nada, siguió de largo hacia el otro extremo de la Alameda.

Ahí encontró más noctámbulos que salían de los teatros como el Blanquita y buscaban un lugar para cenar: parejas, estudiantes y grupos de trabajadores.

Seguro algunos de ellos seguirían la misma ruta que Quintanilla para llegar hasta lo que era conocido como “la catedral del danzón” en la ciudad.

Los sindicalistas de la cantina lo habían llamado El Marro, como se le conocía en la jerga popular, pero al dar vuelta en la calle Pensador Mexicano, además de prostitutas y padrotes recargados en las paredes de las casas aledañas, Valentín de inmediato vio el anuncio luminoso del local: Salón México.

A sus puertas se arremolinaban hombres y mujeres en bullicio festivo.

Quintanilla se abrió paso para acercarse a la taquilla.

Luego de comprar su boleto, sintió el tufo que descendía del segundo piso por el cubo de la escalera: sudor, cigarro, perfumes de toda clase, alcohol, vómito, orines.

No por nada le apodan El Marro: la peste era un martillazo en la nariz, pensó mientras subía los peldaños al tiempo que la música de dos orquestas se mezclaba con un revoltijo de voces, risas y gritos.

Al llegar al salón, ya sudaba por todos los poros.

El olor era aún más penetrante, el suyo y el de la muchedumbre.

De los baños salían individuos con traza de pachucos olorosos a la loción Siete Machos que el hombre de la limpieza rociaba sobre ellos por unas monedas.

El teniente estuvo tentado a pagar su cuota y perfumarse, pero cuando una de las orquestas se arrancó con el danzón “Nereidas”, tras un griterío de aceptación, una multitud saltó a la pista.

Entonces él se coló al interior en busca de asiento.

No había mesa libre, pero el paseo entre cuerpos sudorosos le sirvió a Valentín para ubicar al grupo que encabezaba Lombardo Toledano.

Eran diez hombres y seis mujeres apiñados en varias mesas.

Estaban bastante enfiestados, sobre todo el máximo líder obrero del país, quien desde la llegada de Trotsky a México se había declarado su enemigo a muerte.

Quintanilla vio un banco vacío en la barra y lo ocupó para observar mejor.

Pidió una cerveza y encendió un Tigres. Toledano vestía un traje fino muy arrugado, con la corbata desanudada y manchas de humedad bajo las axilas.

Mientras contemplaba de lejos ese rostro moreno y bañado en sudor, mientras lo veía carcajearse en tanto acariciaba las piernas de la mujer a su izquierda, Valentín se preguntó si ese hombre había ordenado el asesinato del líder ruso.

Tal vez, pensó, pero si no lo había hecho era casi seguro que le facilitó las cosas al tal Mornard, y eso debía averiguar.

Miró uno a uno a sus acompañantes. Algunos eran también líderes obreros; había visto su foto en periódicos.

Otros eran pistoleros que los cuidaban. Todos mexicanos; no había ningún rubio entre ellos, ni con aspecto de extranjero.

—No, estos no participaron —se dijo—. No al menos de manera directa. Pero están muy felices de que Trotsky haya muerto, de eso no hay duda.

Desvió la mirada para abarcar el resto del salón.

La mayor parte de los hombres eran clase obrera, tipos con aspecto de pachucos y burócratas.

Las mujeres casi todas eran ficheras. Valentín buscó en las paredes aquel letrero que le había llamado la atención la primera vez que estuvo ahí, a principios de los años veinte, recién terminada la lucha revolucionaria: “Favor de no tirar las colillas al piso porque se queman las muchachas”, pero no lo vio.

O lo habían quitado ya o lo tapaba la gente recargada en las paredes.

Revisó entonces los pies de las mujeres.

Si bien aún algunas andaban descalzas, la mayoría llevaba zapatos, y huaraches las más humildes.

Sonrió y pensó que, al menos en eso, la Revolución sí les había hecho justicia a algunas.

Pidió al cantinero un tequila y se lo bebió de un trago.

Luego otro. Y poco después uno más, mientras miraba con atención a la concurrencia.

Con varios tequilas entre pecho y espalda, tomó una decisión.

Cuando se levantó del banco se tambaleó, pero rápido recuperó la firmeza de las piernas.

Cruzó la pista entre las parejas que se balanceaban al ritmo del danzón, y al internarse entre las mesas sintió varias miradas sobre sí.

Se hallaba a unos metros de Toledano en el momento en que tres hombres que ocupaban una mesa se pusieron de pie y le cerraron el paso.

Uno de ellos, trajeado y de aspecto torvo, le puso la mano en el pecho y preguntó con voz desafiante:

—¿A dónde con tanta prisa, mi amigo?

Quintanilla aferró la mano que lo palpaba, le apretó fuerte los dedos y la apartó mientras respondía:

—Eso a usté no le importa, y yo no soy su amigo.

El forcejeo llamó la atención de los de la mesa del líder obrero, quien fijó sus ojos en Valentín, al tiempo que los otros dos hombres de pie le bloqueaban el camino.

Uno de ellos lo agarró del brazo y Quintanilla se lo sacudió.

El hombre echó mano a la cintura, pero no pudo sacar su revólver porque el teniente reaccionó veloz y le asestó un recto a la mandíbula que lo arrojó encima de la mesa de Toledano.

Las mujeres gritaron y cuatro de los hombres se pusieron de pie, también echando mano a la cintura.

Cuando lo hicieron, Valentín ya tenía su arma Walther P30 empuñada y su voz se escuchó clara por encima de la música de la orquesta.

—¡Ni se les ocurra, cabrones!

Toledano calmó a sus hombres y a las mujeres con un ademán. Los guardaespaldas retrocedieron, aunque no le abrieron el paso a Valentín. El líder obrero lo contemplaba con gesto irónico. Parecía buscar algo en su memoria. Luego dijo:

—Sí. Ya me acuerdo de ti. Teniente Quintanilla, ¿no? Valentín Quintanilla. De los hombres de Robledo. ¿Se puede saber por qué chingados interrumpes mi fiesta?

El agente volvió a guardar su arma en la cintura. Luego avanzó dos pasos más, hasta toparse otra vez con los cuerpos de los guardaespaldas. Desde ahí preguntó:

—¿Estás festejando el asesinato de León Trotsky? ¿Lo mandaste matar?

—Mira nada más. Yo sabía que había trotskistas en México, pero no me imaginaba que se hubieran infiltrado en la policía. ¡Tenemos que hacer una labor de limpia, muchachos!

Los hombres de Toledano se carcajearon y asintieron mientras Quintanilla forcejeaba con los dos que querían detenerlo. Consiguió acercarse un paso más. Repitió:

—¿Tú fuiste?

Toledano, apoyándose en la mesa, se acercó al policía para decirle:

—No sabes con quién te estás metiendo, pendejete.

Ten cuidado, te puede pasar algo. Y te voy a responder nomás pa que ya te vayas.

No. Yo no lo mandé matar, aunque me hubiera gustado.

Y estoy festejando la muerte de ese cabrón traidor a la revolución mundial nomás porque me da harto gusto que se lo haya llevado la chingada.

Es lo mejor que pudo haberle pasado a la clase obrera que yo represento. ¿Contento?

—No. No estoy contento. Y usted tampoco debería estarlo porque voy a encontrar a quien dio la orden. Es una advertencia.

—Haz lo que quieras, policía. Y dile a tu jefe Robledo que a ti y a él les van a faltar manos para pelarme la verga. ¿Cómo ves? ¡Y ahora sí, muchachos, ya quítenmelo de aquí a la chingada!

Antes de que pudiera evitarlo, los matones de Toledano lo aferraron de brazos y ropa y lo arrastraron entre la gente hasta la salida.

Ahí lo soltaron y el que había recibido el recto a la mandíbula lo pateó en las nalgas.

Quintanilla hizo como que se alejaba rumbo a la escalera, pero de pronto dio media vuelta y estrelló el puño en la nariz de su agresor.

Sintió cómo el cartílago se rompía y lo comprobó al ver que la sangre salpicaba a los mirones.

Los otros dos detuvieron la caída de su compañero, mientras el teniente los miraba con una sonrisa altiva.

Volteó hacia donde estaba Lombardo Toledano, cuyos ojos no se le habían despegado.

Dio media vuelta y, ahora sí, comenzó a bajar los peldaños.

En la calle Pensador Mexicano lo recibió una ráfaga de aire casi limpio que, aunque le incrementó la borrachera, era un alivio para sus pulmones.

Se sostuvo de una pared y pasó junto a una mujer que lo miró con expresión invitante.

La esquivó y caminó hacia San Juan de Letrán.

Seguía sonriendo. Lombardo Toledano, uno de los intocables del sistema político mexicano, era inalcanzable para él y para el mayor Robledo, pero ahora ya sabía que lo estaban investigando, y tal vez con esa presión encima él o alguien de su gente cometería un error que los llevara al esclarecimiento de quién estaba detrás del homicidio de Trotsky.

Por lo pronto, Quintanilla ya podía ponerse a rastrear a otros sospechosos.