XI
Lupita llegó a su pequeño departamento cargando una bolsa de pan dulce y un litro de leche.
Esperaba encontrar a su sobrino Jerónimo, el hijo que Rita, su hermana, había dejado huérfano a los seis años por culpa de un aborto mal realizado.
Se asomó al cuarto del joven que ya estaba a punto de cumplir dieciocho años.
Halló la cama destendida y un par de pantalones tirados en el suelo, pero de Jerónimo nada.
Fue a sentarse a la modesta mesa y abrió el libro Estudios sobre la histeria , de Freud, que había tomado de la biblioteca de Quevedo.
Aunque muchos de los términos se le confundían o algunas frases le resultaban complicadas, bastaba con referirle sus dudas a Alfonso y rápido salía de ellas.
Esas lecturas le servían para hacer mejor su trabajo al momento de revisar las investigaciones realizadas por el doctor en La Torre de Cristal, y porque muy en el fondo quería estar a la altura de esos conocimientos que todos a su alrededor le festejaban a Quevedo con admiración.
Si ella y Rita hubieran tenido otro destino, a Lupita le hubiera gustado asistir a la escuela, al menos hasta donde pudiera, tal vez para obtener un oficio como mecanógrafa.
Aunque, la verdad, si eso hubiera ocurrido, era probable que los caminos del doctor y de ella nunca se hubieran cruzado.
¿Eso era bueno o malo?, pensó con desolación.
Se dio cuenta de que llevaba media página y nada de lo escrito por el autor se le quedaba en la memoria.
Miró el reloj. Temía que como otras veces Jerónimo no llegara hasta muy entrada la noche, sin darle oportunidad de conversar con él.
Hasta hacía unos meses habían sido muy unidos, pero desde unas semanas atrás el muchacho repetía una y otra vez que ya no deseaba ser un estorbo para ella, y que quizás era tiempo de independizarse yéndose a vivir con unos amigos; quería aprovechar que ahora la veía entusiasmada por su cercanía con Quevedo, y pensaba dejarle el camino libre para que ella tuviera una vida plena.
Él ya era un hombre y Lupita no podía tenerlo pegado a sus faldas siempre, si bien aún le faltaba madurar antes de tomar una decisión tan impetuosa.
En algunas ocasiones, cuando ella intentaba referirle a Alfonso cosas más personales, el doctor parecía levantar entre ambos una barrera infranqueable. Entonces ella le reclamaba diciéndole que no entendía qué hacía a su lado.
Cerró el libro, derrotada por las frases intrincadas de Freud. Optó por ocupar la mente en el trabajo y tomó uno de los tres volúmenes del Registro de mujeres públicas .
Quevedo le había pedido que actualizara el censo realizado tres años antes.
Necesitaba seguir al tanto de esas mujeres si continuaban vendiendo sus cuerpos, o comprobar si las campañas de higiene pública del gobierno servían para algo.
Con el fin de evitar que el trabajo se le acumulara, Lupita realizaba una lista previa y, después de salir de la oficina, recorría las zonas de prostitución para cotejar los datos.
Había noches en que las estadísticas antiguas seguían intactas, lo que la entristecía mucho.
—¿Algún día se fijará de verdad Alfonso en mí? —se dijo mientras repasaba las páginas que registraban a las prostitutas del rumbo de Tlalpan.
Se dio cuenta de que hablar sola para no sentir el silencio de la casa no era un síntoma de buena salud mental.
Se levantó a prender el radio. Desde la bocina brotó “Adiós, Mariquita linda” en voz de Tito Guízar.
Al menos podría tatarear la canción mientras esperaba que Jerónimo llegara sano y salvo a casa.