La torre de cristal X
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Arrojada con fuerza, la taza se rompió en la pared de la habitación y la manchó con motas color café que rápido se estiraron hacia abajo, cada vez más delgadas, hasta alcanzar el piso.

Klava contempló esas líneas que bien podían confundirse con sangre y apretó los dientes.

Tenía el rostro convulso, como si hiciera un esfuerzo por contener el llanto.

Dio dos pasos tambaleantes hasta una mesa de centro, tomó un cenicero y lo estrelló en el mismo lugar.

Se oyó un estruendo de cristales rotos y, pronto, las astillas de porcelana y vidrio se mezclaron al pie de la pared.

Se quedó inmóvil unos segundos. Tan sólo su agitado pecho parecía tener vida, hinchándose y vaciándose a un ritmo acelerado.

Trató de oír si había reacciones al ruido de sus destrozos en los departamentos contiguos.

Nada. Los sonidos en el edificio eran los comunes cuando la tarde comenzaba a disolverse en la oscuridad: niños jugando en los pasillos, trastes en las cocinas donde las amas de casa preparaban comida, pasos en las escaleras de quienes volvían del trabajo.

—Tenemos que largarnos a Cuba lo más pronto posible.

—No me pienso mover de aquí hasta que saquemos a Jacques de donde lo tienen.

—Klava, entiende. El Partido fue claro en sus instrucciones. Nada debe ligarnos a este atentado; de lo contrario, todo el plan se vendría abajo.

—Ahorita no me importan ni Stalin ni el Partido…

Al comprender que la mujer estaba demasiado exaltada, Tom pensó por un momento que había sido un error involucrarse con ella.

Como ahora lo reafirmaba, Klava no era tan fácil de controlar como las demás compañeras con las que antes tuvo sus amoríos.

Ya lo había advertido desde que iniciaron sus relaciones en los campos de batalla de España, aunque entonces pensó que su carácter atrabancado y un tanto rebelde se debía a las emociones de la guerra.

Pero al darse cuenta de que no cambiaba a pesar del paso del tiempo, pensaba que tal vez debió haberles dicho a sus superiores meses antes, cuando esbozaban la operación Madre, que, si bien era cierto que la compañera Klava era una pieza clave dentro de la nueva estructura del Partido, también lo era que la mayoría de las veces su espíritu no obedecía a lineamientos y órdenes, sino a convicciones y pasiones personales. Mirándola fijamente, Tom dijo:

—Voy a trasmitir tus peticiones al Partido. Pero de una vez te digo que te prepares para aceptar su decisión. Ya sabes lo que eso significa.

Tras calzarse el sombrero, Tom había salido del departamento.

Ahora llevaba ausente más de dos horas, tiempo en el que Klava no hizo sino recordar una y otra vez el fracaso del plan y su palabra dada a Jacques en vano, mientras de vez en vez acariciaba la pistola, su confiable Tokarev, por si al regresar Tom decía que el Partido había decidido que ella ya no era necesaria y no estaba incluida en los nuevos planes formulados en Moscú.