La torre de cristal IX
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IX

—¡Mira que besar la mano de Lupita, cabrón!

Robledo dio un volantazo para rebasar un camión y aceleró. El motor del carro respondió al pedal y la combustión hizo que el velocímetro subiera más de lo permitido.

En un acto reflejo, Valentín se arrellanó en su asiento cuando, un poco más adelante, un agente de tránsito, subido en una especie de pedestal, alzaba la mano al tiempo que soplaba su silbato para marcar el alto.

Las balatas de los frenos chirriaron antes de que la trompa del Lincoln se detuviera a escasos centímetros de la defensa de un Ford.

Valentín relajó el cuerpo. Quería explicarle a Robledo que, si bien a Lupita podría gustarle Quevedo, se notaba que no era tan bien correspondida; que se había dado cuenta porque para eso él tenía un sexto sentido bien afinado, pero al ver el semblante adusto de Robledo clavado en el agente de tránsito, prefirió callarse y buscar en el interior de su saco la cajetilla de cigarros.

Con timidez le acercó uno al mayor, quien sin volverse soltó otro golpe y se lo quebró en dos partes.

Luego volteó y, al entender la intención de Quintanilla, dijo con voz más calmada:

—Está bien, dame uno.

Valentín encendió el cigarro y se lo acercó a Robledo.

—Mayor, yo sé que no le gustó que me burlara de su alumno, pero lo hice con toda la intención, para que no acepte trabajar en el caso.

Tal vez ahora no lo parezca, pero le estoy haciendo un favor al doctorcito ese.

Estoy seguro de que no tiene estómago para buscar la verdad en medio de un estercolero.

La circulación se reanudó sin que el mayor respondiera a las palabras de Quintanilla. Se acercaban a la Alameda Central, donde el tráfico se volvía denso. Otro agente de tránsito en un pedestal volvió a detener los vehículos. Robledo se giró hacia Valentín:

—Es mi decisión. Tú no sabes de lo que es capaz ese hombre.

Alfonso tiene más experiencia forense que cualquier médico legista de la capital.

Asistió nada más y nada menos que a la autopsia de Álvaro Obregón hace una década, y por ello se dio cuenta de que al general le habían dado más balazos que los que se le atribuyeron a su asesino, José de León Toral, de que hubo balas de distintos calibres y de diferentes armas.

Quiso hacerlo público, pero las autoridades lo obligaron a callar.

Desde entonces ha seguido estudiando varios casos y aprendiendo a meterse en la cabeza de los criminales.

Quintanilla no pudo ocultar cierto desprecio en sus palabras:

—Pero todo eso sigue siendo trabajo de gabinete. Falta calle, le falta contacto con los criminales, seguir las pistas en el terreno…

—Para eso va a trabajar contigo. Tú le vas a enseñar.

Antes de que Quintanilla objetara, un pordiosero se colocó frente al cofre del Lincoln.

A pesar de la mano mugrienta que se extendía hacia ellos, y de la suciedad en la cara que no ocultaba su mirada quebrada, los dos distinguieron en él restos de gallardía que identificaron como marcial.

Cada vez era más común encontrarse, entre los limosneros de la ciudad, residuos de las revoluciones y alzamientos armados que no habían llegado a buen puerto.

Robledo y Quintanilla tal vez pensaron lo mismo: la tan cacareada Revolución mexicana aún les quedaba mucho a deber a los más necesitados; las palabras justicia y progreso no significan lo mismo para todos.

Cuando los líderes de una asonada, de un alzamiento militar, arengaban a su gente por cualquiera que fuera la causa, al hablar de sacrificio y sangre no especificaban que casi los únicos que debían aportar ese sacrificio y esa sangre eran los pertenecientes al pueblo jodido.

Esa era su cuota para que los líderes consiguieran elevarse por encima de todos, mientras que quienes sangraban permanecían abajo, en los sótanos de la sociedad.

Robledo sintió un vacío en el estómago y un gesto de disgusto se le subió al rostro.

Le chifló al limosnero para que se acercara.

Cuando el hombre se encaminó a la ventanilla, se percataron de su cojera.

El mayor advirtió, a través de los andrajos del mendigo, la cicatriz de una herida de bala cerca del cuello.

Había visto muchas de esas lesiones en el campo de batalla: balazos que mal cerraban por la premura de las operaciones que los enfermeros realizaban bajo fuego.

Al llegar junto a Robledo, el hombre intentó erguirse. El mayor preguntó:

—¿Regimiento, soldado?

—Puro dorado de Villa —luchó contra la artritis de la mano para colocarla de canto en su frente.

Robledo y Quintanilla abrieron las carteras y entregaron varios billetes al exsoldado. Sonó un claxon. El mayor se percató de que el agente del pedestal ya los apuraba. Aceleró mientras decía:

—Parece que en este país nunca vamos a salir de la guerra. Tanto la visible como las batallas que se libran en lo oscuro.

—¿Se refiere al líder ruso, mayor?

—¿Tú qué crees, Valentín?

—Por sus palabras me doy cuenta de que detrás del asesinato del viejo comunista hay mucha mugre. Y no nomás la que viene del extranjero. ¿Me equivoco?

Robledo miró de reojo al teniente. No sonreía. Tampoco asintió cuando dijo:

—Por eso necesito que hagas bien tu trabajo.

Valentín dirigió la vista al frente, pensativo.

Estaban llegando a su destino. El Lincoln se acomodó en un hueco entre los vehículos estacionados frente a la comandancia, donde entre puestos de antojitos se amontonaba la gente que iba en apoyo de los detenidos y los que querían presentar una denuncia.

El ruido de las patrullas que salían del estacionamiento con la sirena encendida provocó que el mayor tuviera que elevar la voz.

—Por lo pronto consígueme a los posibles sospechosos del atentado de mayo contra Trotsky y los traes para interrogarlos.

Y busca testigos del homicidio. Mornard no pudo haber actuado solo.

Seguro tuvo cómplices que estaban cerca de la casa cuando atacó al viejo.

Alguien vio algo, siempre alguien ve algo, y tenemos que encontrar quién. ¿Sabes dónde empezar la búsqueda?

—Entre los comunistas. Los de aquí y los que han llegado en los últimos meses.

Antes de abrir la puerta, Robledo escuchó la pregunta de Quintanilla.

—¿Y qué va a pasar con el doctorcito?

—Yo me encargo de Alfonso, tú haz lo que tengas que hacer.

Valentín realizó un saludo militar. Después bajó del auto con una sonrisa en el rostro. Robledo acababa de otorgarle carta abierta para empezar su cacería sin delicadezas.