La torre de cristal VIII
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VIII

En el silencio denso que inundó el estudio tras apagarse el radio, las miradas de Quevedo, Quintanilla y Lupita se cruzaban tensas entre sí.

Robledo se hallaba de espaldas, con la vista perdida en el trozo de urbe visible más allá del ventanal, donde la tarde gris resbalaba del cielo nublado.

No tardaría en soltarse un chubasco: el olor a humedad flotaba dentro del estudio por debajo de un añejo aroma a tabaco.

El juez siguió con los ojos la trayectoria de un panadero que, con su cargamento sobre la cabeza, atravesaba la calle a toda velocidad en su bicicleta, tal vez imaginando que el espíritu del viejo líder soviético había abandonado su cuerpo herido con la misma rapidez.

Luego de que el locutor confirmara la muerte de Trotsky, tanto el criminólogo como el policía apretaban los labios para sumergirse más profundo en sus ideas.

Parecía que se conformaban tan sólo con respirar, pero sus pensamientos rebullían, girando en torno al nuevo escenario en que se desarrollaba el Caso Trotsky.

Quevedo fue el primero en atreverse a romper el mutismo:

—Un análisis de personalidad puede arrojar las verdaderas intenciones del tal Jacques Mornard, y para eso es preciso que yo pueda interrogarlo.

—Más bien lo que necesita ese cabrón asesino es un interrogatorio sin miramientos —Quintanilla dio un paso adelante—. Déjeme a mí. Usted me conoce, mayor.

Robledo permaneció con la vista hacia la calle, como si sopesara las propuestas de sus subordinados.

Luego dio vuelta sin encarar a ninguno. Su rostro mostraba la tensión a la que se hallaba sometido.

Buscó en el interior del saco la cajetilla de cigarros.

Encendió uno. Tenía la quijada rígida, y estuvo a punto de morder la boquilla del tabaco.

Ante el silencio que se prolongaba de más, Quintanilla lo imitó, y pronto La Torre de Cristal se llenó de humo.

Lupita también sintió el deseo de fumar, después de cuatro años de abstinencia.

Al fin el juez miró a Quevedo con cierta tristeza pensativa, luego a Quintanilla y por último a la muchacha.

Sin embargo, antes de hablar se caló el sombrero y se echó sobre los hombros la gabardina:

—Las órdenes son que o colaboran entre ustedes o ninguno de los dos tendrá acceso ni al asesino ni a las carpetas de las investigaciones —le hizo una seña a Valentín para que lo acompañara—.

Voy a la comandancia. Debo averiguar qué tanto cambian mis instrucciones.

Pero, les repito, si no le entran juntos, prefiero entregar el caso a agentes menos problemáticos.

Valentín aplastó con violencia el cigarro en el cenicero.

Se puso de pie frente a Lupita y le tomó la mano.

Antes de que ella pudiera retirarla, le depositó un beso en el dorso mientras miraba al criminólogo con una sonrisa.

Ante tal insolencia, a Quevedo se le subió el color al rostro, apuntó a su rival con un dedo y estaba a punto de insultarlo, cuando Robledo levantó la mano para detenerlo.

Con una mirada apuró al teniente para que abandonara el despacho.

La sonrisa de Valentín se amplió en su rostro, tomó su sombrero y obedeció a su superior.

—Maestro, yo no puedo trabajar con ese mamarracho —Quevedo señaló la puerta.

—Es una oportunidad que no debes desperdiciar, Alfonso.

—Una oportunidad que estoy dispuesto a tomar si me quita de encima a Quintanilla.

El juez buscó apoyo en Lupita. Esperaba que lo ayudara a hacer recapacitar a su pupilo, pero la muchacha se encogió de hombros.

Los dos sabían que Quevedo era brillante y al mismo tiempo testarudo, y ambas vertientes de su personalidad lo habían hecho el hombre que conocían ahora.

Robledo comprendió que lo mejor sería dejarlo solo para que pensara sus alternativas.

Ya llegaría a la conclusión de que era mejor trabajar con “ese mamarracho” que quedarse fuera de la investigación.

Decidió esperar. Los dos terminarían cediendo.

Eran los mejores en lo que hacían, pero aún no experimentaban el trabajo en equipo.

Un trabajo que los enriquecería, aunque al principio los roces los hicieran sacar chispas.

Soltó una bocanada de humo, y luego respiró hondo como si quisiera recuperarla.

Tendría que usar toda su astucia antes de iniciar las pesquisas del asesinato de Trotsky. Suspiró y dijo:

—Haré todo lo posible para que trabajes en el caso —luego hizo un ademán a Lupita para que lo acompañara a la puerta.

Al verlos salir del estudio, Quevedo se dejó caer en un sillón.

Varias ideas encontradas bullían en su cabeza.

En principio, se le había abierto la puerta para trabajar en una investigación de veras importante.

Estaba seguro de que con astucia y con las técnicas aprendidas en sus estudios, podría arrancarle la verdad al homicida.

Pero trabajar con un troglodita de la vieja guardia como Quintanilla, quien empezaría golpeando al reo antes siquiera de formular la primera pregunta, le provocaba repugnancia.

Además, el policía había coqueteado con Lupita, y eso no…

Le dio vueltas al asunto en tanto escuchaba a lo lejos el motor del coche de Robledo que se alejaba de la casa y los primeros truenos de la tormenta que comenzaba a caer sobre la ciudad.

Conforme pensaba, la tentación de trabajar en el caso ganaba terreno sobre los inconvenientes de hacerlo junto a Quintanilla, pero cuando Lupita entró de nuevo al estudio, le regresó el disgusto al ver la sonrisa que la muchacha traía estampada en la cara: sin necesidad de hacer ningún análisis, estaba seguro de quién se la había provocado.