VII
Las coplas de “Arráncame la vida”, entonadas por Agustín Lara, brotaban del radio ubicado al fondo de La Torre de Cristal.
El aparato llevaba encendido todo el día, porque cada media hora el locutor interrumpía la programación musical para comentar el estado de salud del político ruso, y Quevedo quería estar al tanto de lo que sucedía.
Lupita tarareaba la canción mientras acomodaba varios libros en un estante.
Sentado frente a su escritorio, él permanecía callado, contemplando la calavera del Tigre de Santa Julia.
—Todo el día has estado atento a los reportes y leyendo los periódicos que hablan del caso. No entiendo tu interés por lo que pueda sucederle a ese ruso.
—No me interesa tanto él, sino el que lo atacó. Si me dejaran interrogar a Mornard, tendría una oportunidad de oro para poner en práctica los estudios que he hecho durante estos años.
Los golpes que sonaron en la puerta se mezclaron con la voz de Amalia Mendoza, la Tariácuri , quien interpretaba “El adiós del soldado”.
Lupita dio la vuelta y salió de la habitación.
Un minuto después regresó acompañada del juez Robledo, quien dejó sobre el sillón gabardina y sombrero.
Quevedo leyó la intranquilidad en el semblante de su maestro, por lo regular tan sereno.
—¿Se siente usted bien, señor juez? —preguntó Lupita al verlo caminar de un lado a otro por la biblioteca.
Robledo no respondió y encendió un cigarro. El ritmo de sus pasos se confundía ahora con la canción de “Me fui”, interpretada por Pedro Vargas. Al juez no parecía importarle que las cenizas cayeran en las duelas del piso. Se detuvo, miró a Lupita y luego a Quevedo.
—Supongo que estarás al tanto también de lo que ocurrió ayer en Coyoacán, Alfonso…
—Como toda la ciudad, como todo el país, como todo el mundo. Un nuevo atentado contra León Trotsky. Los periódicos y noticieros no hablan de otra cosa, maestro. ¿Por…? —no pudo continuar, la emoción lo dominaba.
—Sabes que tenemos al perpetrador, ¿verdad?
—Sí, lo leí…
—Fue un golpe de suerte para nosotros que no pudiera huir, y que los guardaespaldas y secretarios de Trotsky no lo hayan matado. Iban a hacerlo, a golpes, pero el viejo ruso les ordenó que lo dejaran con vida, según esto para que dijera quién lo envió.
—¿Y ya lo dijo?
—El detenido insiste que trató de matarlo porque, siendo un trotskista convencido, al conocer al líder, este dijo algunas cosas que lo desengañaron a tal grado que decidió actuar contra él.
Quevedo se alejó del escritorio. Caminó hacia el juez, luego se desvió hacia un librero, enseguida se detuvo en el centro del estudio. Comenzaba a desesperarse porque Robledo no aclaraba por qué había sacado a relucir el tema.
—Alguien muy importante me llamó hace un par de horas y pidió que me hiciera cargo de la investigación del Caso Trotsky, y yo exigí que estuvieras en el equipo —se dejó caer sobre el sillón con un bufido.
Lucía como si sus palabras le hubieran restado fuerzas.
Enterró el cigarro en el cenicero y encendió otro—.
Sospechan que la suya podría ser una declaración falsa.
Una cortina de humo para distraer las investigaciones, pero necesitamos estar seguros.
Quevedo afirmó con la cabeza. Luego miró a su mentor con ojos fríos.
—¿Crees que podrías averiguar la verdad?
—Si me permitieran hablar con él, interrogarlo —dijo con voz firme. Luego sostuvo—: Sí, estoy seguro de que podría echar abajo su versión de los hechos, si es que miente, y sacarle algo de la verdad, por lo menos.
—Debes saber que me pusieron dos condiciones para aceptarte. La primera es que debes demostrar que tu método servirá para descubrir la verdadera identidad del tal Mornard…
Se escuchó de nuevo un fuerte toquido.
—Mucho cuidado con lo que pides, Alfonso, porque se te puede hacer realidad —dijo Lupita con una sonrisa irónica mientras se dirigía a abrir.
Pasaron unos segundos y enseguida se oyeron otros pasos que se acercaban.
—¿Qué es este lugar, mayor? —desde el umbral, Valentín Quintanilla barrió con la mirada todo el recinto.
Se hizo a un lado para dejar pasar a Lupita y, al hacerlo, le guiñó un ojo. La mujer, sin poder evitarlo, se sonrojó por el atrevimiento del teniente. Quevedo se dio cuenta de todo. Con los brazos cruzados, miró al hombre que acababa de ingresar a su despacho.
—Él es la segunda condición, Alfonso… van a ser compañeros en las pesquisas —Robledo apuntó con el extremo del cigarro a uno y otro—. Alfonso Quevedo, criminalista; Valentín Quintanilla, teniente de policía.
Ninguno de los dos hizo el intento de darse la mano.
—Maestro, he leído el nombre de este agente en varios expedientes que me ha traído, y déjeme decirle que no comulgo con sus métodos para sacarles la verdad a los criminales —Quevedo entrechocó varias veces la palma abierta con el puño—. Varios detenidos se han quejado de sus maltratos y abusos.
Valentín contuvo una carcajada ante la burda insinuación que había hecho Quevedo de que él golpeaba a la gente.
—¡Ah, chingá! ¿Abusos? ¿Maltratos a delincuentes?
¿Será que merecen otra cosa? —luego reaccionó a lo que había dicho Robledo—: ¿Cómo que compañeros, mayor?
Yo trabajo solo —miró con desprecio los cientos de libros que tapizaban las paredes—.
Pensé que me había citado aquí para darme la información del caso, no para ponerme a leer chingaderas.
La voz educada de Jorge Negrete inició en el radio “O sole mio”.
Molesto, Quintanilla fue a sentarse a un sillón.
Subió los pies a una mesa de centro y amagó con tirar de ella una pila de libros.
Quevedo cayó en el engaño, hizo el ademán de intentar detenerlos, y el policía sonrió.
Lupita miraba divertida la escena. Como resultaba evidente la antipatía entre sus subordinados, Robledo sospechó que había sido una mala idea hacerlos trabajar juntos.
Era como mezclar agua y aceite: Quevedo con sus aires de rectitud, que no toleraba la violencia sobre la inteligencia, y Quintanilla que a simple vista se mostraba como un lobo solitario, arisco y feroz.
El juez se colocó frente al gran ventanal mientras a sus espaldas sus mejores pupilos de las diferentes épocas de su vida, una académica y otra militar y policiaca, se veían con recelo.
—Yo no trabajo con gente delicada, mayor.
—Ni yo con ignorantes, maestro.
—Ah, chingá. ¿Muy salsa? Déjame decirte que lo leído no quita lo pendejo…
Estaban tan enfrascados en descalificarse uno a otro, que no se percataron de que el locutor interrumpía la interpretación del Charro Cantor.
—“Por cortesía de Sal de Uvas Picot hacemos esta pausa en nuestra transmisión habitual para informar a nuestros amables radioescuchas que León Davidovich Trotsky, el asilado político en México, quien sufrió un atentado el día de ayer por la tarde, ha sido declarado oficialmente muerto. El exlíder revolucionario soviético no logró sobrevivir a la lesión que le provocó su ahora asesino confeso, el belga Jacques Mornard, con un piolet. Recuerde que usted ha sido informado por cortesía de Sal de Uvas Picot. Continuamos con nuestra programación”.
De inmediato comenzó a sonar “Capullito de alhelí”, con las Hermanas Águila, pero Lupita apagó el aparato.
Robledo, Quintanilla y Quevedo guardaban silencio…
ahora ya no les correspondía investigar tan sólo un atentado a un asilado político, una situación de por sí delicada, sino un homicidio de veras importante, casi un magnicidio, de cuyas pesquisas estarían atentos políticos y mandatarios de todas las naciones.
Los ojos de todo el mundo vigilarían cada paso que dieran en la investigación.