EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS
Juana Rentería no puede creer en su buena suerte cada vez que voltea a ver de reojo a su cliente.
El hombre huele bien. No a sudor impregnado en la camisa ni a vómito seco, como la mayoría de los borrachos que la abordan en su esquina de Tacubaya.
Palpa el tablero limpio del Ford que recorre las calles semidesiertas de Reforma.
Tampoco ninguno de sus clientes conduce un carro así.
O de ningún otro modelo. La sensación de buena fortuna que la recorre hace que se acomode de manera coqueta en el asiento del copiloto. Luego pregunta:
—¿A dónde vamos, mi rey?
El hombre se lleva el dedo índice a los labios.
Juana entiende que pide silencio. Pero ella quiere una buena propina, porque mañana piensa llevar a sus dos hijos a pasear a Xochimilco, así que toma la mano del hombre y abre la boca para introducirse el dedo anular hasta el fondo.
La luz de una farola revela el gesto de complacencia del conductor y el brillo del anillo con el emblema de Petróleos Mexicanos.
Juana sabe lo que tiene que hacer y, con los ojos cerrados, empieza a chupar con vehemencia el dedo del cliente.
Siente que el auto gira a la izquierda y escucha el repiquetear de las piedras entre las llantas.
El carro se detiene. El hombre retira su dedo, húmedo de la saliva de la prostituta, quien levanta la cabeza para saber dónde están.
Los árboles y el camino le recuerdan un paraje del parque de Chapultepec.
Debe ser, por el tiempo transcurrido desde que arrancaron.
El hombre apaga el motor. Acomoda el anillo con el emblema de Petróleos hacia abajo y echa para atrás el asiento en busca de mayor comodidad.
Al notarlo, antes de inclinarse sobre la bragueta, Juana le advierte:
—Ya sé lo que quieres, mi rey. Nada más te aviso que te va a salir más caro.
Ella pensaba encontrarse con un falo erguido, o al menos a media asta, listo para la faena.
Sin embargo, al bajar la cremallera encuentra un trozo de carne flácido.
Comprende que, a fin de cuentas, no ha corrido con suerte: deberá esforzarse más, si quiere que esa verga florezca.
Y, lo que es peor, si no lo logra, lo más seguro es que el hombre la culpe a ella.
Empieza a dar lengüetazos como le enseñaron cuando tenía doce años, allá en el pueblo, pero por más que se esfuerza parece que en esas venas no hay suficiente sangre para hinchar la carne.
—Mi rey, creo que mejor intentamos otra cosa porque…
El hombre no la deja continuar. Así, mientras ella se afana en su regazo, como un inocente venado que se hubiera acercado a un aguaje sin temor, lleva sus manos al cuello de la mujer y empieza a apretar con fuerza.
Juana tarda en comprender qué sucede. Cree que se trata de alguna preferencia o perversión del cliente.
Cuando se percata del peligro y quiere huir, ya no tiene fuerzas suficientes.