La torre de cristal VI
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VI

—No, Güerito, ni los ministros de la Suprema Corte de Justicia van a pasar —el médico dio un sorbo a su bebida y luego le picó el orgullo—. Ahora que, si logras trasponer la puerta, adentro te presto una bata.

—¿A poco no me gané mis diez pesotes con creces, mi Güero? —le dijo el Monje cuando se puso al teléfono.

—Pues te vas a ganar otro billete igual si me haces una valona.

Leñero intentó ocultar su sonrisa cuando el periodista llamó a la puerta de su oficina.

Hombre de palabra, le entregó una bata, un cubrebocas y el gafete de un tal doctor Pérez con la advertencia de que, si lo descubrían, él no se haría responsable.

Con la tranquilidad que le daba el atuendo, el periodista se dirigió al quirófano donde operaban a Trotsky.

Entró. A su lado se colocó un amable doctor quien, al verlo tan concentrado mirando las maniobras de los médicos, creyó que realizaba su residencia ahí y empezó a comentarle los detalles de la intervención.

—De acuerdo con usted, maestro. Tiene toda la razón —es lo que contestaba el Güero cuando no entendía los términos con los que lo instruían.

Decidió salir del quirófano para buscar más información acerca de Jacques Mornard, de quien nada más conocía el nombre.

No tardó en localizar el cuarto donde permanecía medio acostado con la cabeza cubierta de vendas.

Una de ellas le tapaba el ojo izquierdo, donde se adivinaba un cardenal que poco a poco se iba ennegreciendo.

Con el ojo sano miraba el desfile de médicos y policías que entraban y salían, aunque no le dirigía la palabra a nadie.

Al Güero le dio la impresión de que al herido le hubiera gustado fundirse con el buró que estaba a su lado, con la almohada o con el orinal que descansaba en el piso, hasta volverse invisible.

Su mano derecha también estaba vendada. Recordó que el guardia dijo que Trotsky había mordido a su agresor.

La herida había impreso una mancha sanguinolenta en la blancura de la mantilla, que le daba el aspecto de una flor abriéndose.

Memorizó los rasgos de esa nariz recta, la boca mediana y carnosa, la exigua barba descuidada y esos ojos que escrutaban todo y que al mismo tiempo parecían vaciarse a voluntad.

Dio la vuelta para salir pero, apenas avanzaba por el pasillo, un uniformado lo detuvo del brazo.

Le temblaron las piernas y ya se veía encerrado en la cárcel mientras sus colegas escribían la gran noticia.

—Perdón, doctor, ¿usted habla francés? Esta es una declaración que nos entregó Mornard y queremos saber a qué atenernos cuando lleguen los jefes —le mostró una carta al Güero, cuyo cubrebocas ocultó su gesto de alegría.

—Deme un par de minutos, oficial. A veces me falla un poco el vocabulario, pero le puedo preguntar a un colega.

Agarró la declaración de Mornard y fue a la oficina de Leñero, quien le habló a su hermano y a otros dos colegas.

No tardaron en traducir el texto, mientras el periodista anotaba los datos clave, como que Mornard afirmaba haber nacido en Persia, ser hijo de un diplomático belga, periodista y, sobre todo, que la razón de su atentado contra Trotsky era porque el viejo lo había desilusionado políticamente.

Regresó a buscar al policía para explicarle el contenido de la nota. Satisfecho, salió al patio para fumar. Se quitó el cubrebocas y, a la segunda bocanada, sintió un manotazo en la espalda, de esos que arden como fuego.

—Te veo más seguido que a mis novias, Güero hijo de la chingada —dijo Quintanilla a un lado suyo—. Como creo que te perdiste, pinche cagatintas, te voy a decir por dónde salir.

—No seas así, ando trabajando.

El teniente se colocó frente a él. Con un movimiento rápido le metió la mano en la bolsa del pantalón y extrajo la placa falsa.

—Vaya que te rinde la vida, cabrón. Aparte de chismoso, doctor, y ahora agente.

.. —aventó un par de veces la insignia al aire, la cachó y luego se la guardó en su gabardina—.

Cuando el guardia de Trotsky describió al ministerio público que se marchó misteriosamente minutos antes de que llegáramos, Robledo supo que eras tú.

Quintanilla aferró el cuello del Güero con la mano y lo encaminó a una puerta alejada del acceso principal.

—Entiende, cabrón, hay veces que se puede, otras no —dijo mientras su sonrisa desaparecía atrás de la puerta al cerrarse.

Apenas se halló en la calle, el Güero buscó un taxi para que lo llevara a toda prisa al Novedades mientras en su cabeza ordenaba los datos y armaba una y otra vez la entrada de la nota.

Antes de sentarse al escritorio, todos los ruidos de la redacción se adelgazaron, y de muy lejos le llegaban el zumbido de las rotativas como un tren a punto de descarrilarse, los gritos de los editores apurando a los reporteros, los tacones de las secretarias que subían y bajaban escaleras llevando cables de noticias internacionales.

Él nomás percibía con claridad un cosquilleo en las manos, el humo de cigarro que no dejaba de salir de su boca y el repiqueteo incesante de la máquina de escribir como una caída de gotas furiosas que formaban en la hoja el río de esa historia en la que al día siguiente se ahogarían los miles de habitantes de la ciudad, un río que crecía y crecía hasta inundar las calles, los edificios, a la gente…