V
—Aquí el comandante Torres —contestó tras tomar la bocina y encender el cigarro.
—Sí, Monje. ¿Y…?
—Soy agente del Ministerio Público y él es mi fotógrafo —le enseñó la charola falsa.
—Aquí fue donde cayó el señor Trotsky después de pelear con su agresor… —apuntó a una gran mancha de sangre en el piso entre dos sillas y un dictáfono tirados—, y con esto le pegaron.
Sobre el escritorio, el piolet aún mostraba residuos de masa cerebral, cabellos y sangre fresca.
—Quiero registro de todo —ordenó el Güero a su colega sin salirse de su papel.
Olivares empezó a fotografiar todos los rincones del despacho. El gringo dijo que esperaba que su jefe se salvara del atentado, pero temía lo peor porque había perdido mucha sangre. El reportero le preguntó a cuál hospital lo habían trasladado.
—A la Cruz Verde. También ahí llevaron a ese cabrón de Jacques Mornard para que valoraran sus heridas.
De inmediato escribió el nombre del agresor en su libreta.
Alguien le gritó algo al gringo y él salió del despacho.
El Güero se acercó al escritorio. Estaba muy desordenado y tenía salpicaduras de sangre.
Olía a rastro. Escudriñó entre un par de carpetas y en una de ellas encontró el manuscrito de lo que supuso era la biografía de Stalin escrita en ruso, en la que trabajaba el viejo.
Había escuchado rumores de que el creador del Ejército Rojo se había ido directo a la yugular para señalar, con pruebas contundentes, la ambición y las traiciones en las que había incurrido el dictador soviético para perpetuarse en el poder.
Tocó los bordes del legajo y una corriente eléctrica lo recorrió.
Por un instante pensó en quedarse con el documento.
Podría sacarlo oculto entre sus ropas sin que nadie se percatara, y ya después vería qué hacer con él.
Estaba a punto de abrir el escrito cuando escuchó la voz de Olivares a sus espaldas.
—Ándale, sostén esto para que salga bien.
Le entregó el piolet protegido con un pedazo de papel para que no quedaran impresas ninguna de sus huellas dactilares.
—¡Chingao!
Olivares creyó que había maldecido por hacerle el favor, pero en realidad fue porque el momento de hacerse con el libro de Trotsky había pasado.
En ese instante, por la puerta abierta, divisó que llegaba el juez Robledo acompañado de Valentín Quintanilla y que ambos venían hacia el despacho. Supo que su suerte se había acabado.
—Pélate, Olivares, antes de que nos atoren —le dijo a su compañero mientras dejaba el piolet en el escritorio.
Salieron por una puerta lateral y llegaron al carro sin ser descubiertos. Olivares venía contento, sabía que ya tenía una noticia de esas que hacen parar las rotativas sin importar qué tantos periódicos lleven impresos.