La torre de cristal IV
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IV

Klava presintió que algo no estaba bien en la casa del traidor a la clase obrera.

Se lo decía ese espasmo en el estómago que la sacudió mientras miraba desde la esquina el portón que de pronto se vació de guardianes, y se lo confirmó el hecho de que Jacques no apareciera en la calle de Viena para correr hacia el coche donde aguardaban Tom y ella.

¿Dónde se había metido? ¿Lo habían atrapado?

El espasmo era semejante al de cuando debía reunirse con otros miembros del Partido en sitios apartados para intercambiar información.

Y venía acompañado de un intenso cosquilleo, hasta transformarse en el malestar que le agravaba la úlcera producto de su tiempo de miliciana, cuando durante la guerra la comida era tan escasa que pasaban hasta tres días sin poder llevarse a la boca más que un poco de agua y una que otra raíz arrancada de la tierra.

Sí, Jacques ya debería estar en el asiento trasero del coche.

Sonriente. Sin decir ni una palabra, pero con la certeza de que el plan Madre había tenido éxito.

Incluso ya deberían ir, los tres, camino a la casa de seguridad, esa que sólo conocía Tom.

Ahí esperarían la orden de abordar el avión que los sacaría de México con dirección a Moscú donde estrecharían la mano de sus superiores, de Beria, tal vez la de Stalin, y escucharían sus palabras de agradecimiento por haber eliminado esa piedra llena de aristas peligrosas llamada Trotsky.

Pero nada de eso sucedía. Sí, la puerta de la fortaleza se abrió, pero fue para que salieran los secretarios del traidor con las armas desenfundadas listas para disparar, mirando a todos lados.

Al verlos, Tom y Klava se habían agachado para evitar ser detectados.

La manera en que los guardaespaldas de Trotsky escudriñaban la calle les anunció que algo grave había pasado.

Y, como Jacques no salía, la cosa no pintaba nada bien. Tom le dijo en un susurro:

—Tenemos que movernos, Klava.

—El plan es salir con Gnomo de aquí, Tom. No podemos irnos.

La voz de la mujer había sonado serena, pero firme, con esa contundencia que utilizaba cuando daba un discurso frente a los compañeros del Partido. Tom negó con la cabeza.

—Todos los planes se ajustan sobre la marcha y…

Se interrumpió al ver que Klava sacaba una pistola Tokarev del interior de su bolso y verificaba que no tuviera el seguro. Cuando llevó la mano a la manija de la portezuela con la intención de bajar del vehículo, él la sujetó del brazo.

—¿A dónde crees que vas? ¿Estás loca? ¿Piensas enfrentarte tú sola a todos?

—Si es necesario, sí. Y quédate atento porque tienes que sacarnos de aquí.

Trató de zafarse de la mano, pero los dedos de Tom eran semejantes a tenazas.

Ella sabía que él no haría ningún intento por ayudarla en este rescate improvisado.

No se arriesgaría. En caso de fallar, se derrumbaría su trabajo de tantos años y, con él, la fachada que tanto le había costado construir para convertirse en fantasma en un país que amaba las historias sobrenaturales.

No sólo él, Tom, era un fantasma, también Klava, y Jacques y todos los que participaban en esta operación para suprimir a Trotsky.

Así que tendría que hacerlo ella misma, sola: rescatar al muchacho y tratar de desaparecer lo más pronto posible, aunque tuviera como única ayuda esa pequeña pistola para lograrlo.

—Me prometiste que él saldría de esa casa sin problemas, Tom.

Sintió que la fuerza en los dedos del hombre disminuía.

Tom dudaba. Klava conocía muy bien esa parte de él, titubeante por momentos, que le abría a ella la oportunidad de actuar por cuenta propia.

Abrió un poco la puerta. Ocultaría el arma untándola contra la cadera al caminar rumbo a la casa.

Se acercaría con el pretexto de pedir una dirección y los hombres, casi todos extranjeros, aunque alterados y con armas, la confundirían con una turista perdida en los alrededores de la Ciudad de México.

Verían a una mujer madura, guapa, desorientada.

La dejarían acercarse, intentarían ayudarla y, entonces, ella haría lo que sabía hacer.

Era cierto, Tom le había prometido mantener sano y salvo a Jacques después del ataque, y ella, a su vez, le había dado su palabra al muchacho, a su Jacques, de que nada le pasaría luego de llevar a cabo su misión.

Se liberó de la mano de Tom, que resbaló sin fuerza hacia el asiento.

Respiró profundo mientras veía a lo lejos a los guardaespaldas de Trotsky.

Estudió sus movimientos con rapidez y apretó la empuñadura del arma.

Si era necesario amagar, o llenar de balas a esos hombres con tal de cumplir su promesa, eso haría.

Lo sacaría de allí a sangre y fuego. Dirigió por última vez a Tom una mirada llena de reproche y abrió la puerta del todo.

Pero en cuanto puso un pie en el empedrado, aún sin bajarse, el ulular de una patrulla la paralizó.

Segundos después el vehículo pasó junto a ellos con las torretas encendidas y frenó frente a la casa de Trotsky.

Tras ella venía otra patrulla, y otra más.

Tom volvió a atenazarla del brazo con dureza.

Klava metió el pie en el vehículo y cerró la puerta, impotente.

Temblaba de ira. Su mano aún apretaba con fuerza la cacha de la pistola, el dedo listo en el gatillo.

Ante el escándalo de las sirenas y los gritos de los uniformados que descendían de las patrullas y eran conducidos al interior de la casa por los guardaespaldas, no tardaron en hacerse presentes los mirones que parecían brotar de la nada.

Se abrieron puertas y ventanas de las casas y llegó más gente.

El plan se había venido abajo, lo mismo que sus intenciones de rectificarlo.

Tom y ella cruzaron miradas duras, decepcionadas.

Klava descargó un brutal cachazo en la puerta del auto.

Ya no había nada que hacer. Tom encendió el motor, metió cambio y el automóvil se movió despacio, sin llamar la atención.

Antes de que giraran por la calle perpendicular a Viena, otra sirena, un tanto distinta, llenó el aire de Coyoacán con sus alaridos.

Era una ambulancia que, al igual que las patrullas, pasó como bólido y frenó con violencia entre los vehículos policiacos a las puertas de la casa.

Tom y Klava volvieron a cruzar miradas, ahora interrogantes.

Esta vez fue ella quien tomó a Tom del brazo.

—Aguarda. Tenemos que ver por quién viene.

¿Sería Trotsky? ¿Habría Jacques completado la misión y lo retenían en la casa los ayudantes del ruso?

A pesar de su experiencia y entrenamiento, ambos fueron presa de una angustia terrible durante los minutos de espera.

Klava pensaba en Jacques, en su Jacques.

Tom en el posible éxito de la misión y la recompensa que lo esperaría en Moscú.

De tanto en tanto se miraban sin hablar y dentro del auto sólo se escuchaban los latidos y las respiraciones acezantes.

Luego vieron cómo varios de los hombres apostados a la entrada, guardaespaldas y policías, se abrían con el fin de dar paso a una camilla.

Klava no alcanzaba a ver quién era el herido.

Hizo de nuevo el ademán de abrir la puerta del coche, pero Tom la detuvo:

—No te bajes. Es Jacques.

—No. No puede ser él.

En ese instante el hombre sobre la camilla hizo el intento de incorporarse y volteó a la esquina como en busca de algo.

Era Jacques. Tenía golpes en el rostro, un ojo hinchado y enrojecido, y una mano herida, a juzgar por lo que lucía como una curación apresurada hecha por algún socorrista.

Klava se derrumbó en el respaldo, encogiéndose sobre sí.

Una especie de ronquido le brotaba del pecho, mezcla de dolor y furia.

Tom le acercó una mano a la cabeza para consolarla, pero ella la apartó con violencia mientras susurraba desconsolada:

—Me lo habías prometido, hijo de puta.

Después calló. No había más que decir. Todo indicaba que la misión había fracasado, y ella había faltado a su palabra con Jacques.

En cuanto un policía y un socorrista cerraron la ambulancia, Tom puso en marcha el auto y se alejaron despacio del lugar para dirigirse al departamento de la colonia Juárez.