III
—No me diga que piensa que va a llover, señor Mornard —dijo Natalia en francés señalando primero la gabardina del joven y después el cielo.
—Ya sabe usted, Natalia, que en esta ciudad los aguaceros pueden soltarse en cualquier instante en esta época del año —respondió Mornard en la misma lengua, que era en la que se comunicaban entre ellos.
El hombre se veía pálido y algo nervioso. Sudaba. Pero Natalia no hizo ningún comentario al respecto.
El belga había estado dos días antes de visita en casa de los Trotsky, para mostrarle al viejo un artículo que había escrito y pedirle su opinión.
León Davidovich le hizo unas observaciones, le recomendó unos cambios, y Mornard prometió corregirlo y volver a traérselo.
Por eso estaba allí. Los vigilantes de la entrada, que lo conocían de visitas anteriores, lo dejaron pasar sin problema.
El belga se había presentado como periodista simpatizante del trotskismo, por lo que se aparecía de cuando en cuando por la casa.
Era amable y servicial, lo que le ganó la confianza de secretarios y guardaespaldas.
Casi nunca veía al viejo revolucionario, con quien conversaba era con Natalia.
Pero esa tarde, al llegar a donde el patio se unía con el jardín se encontró con Trotsky, quien alimentaba a sus conejos.
Ambos se pusieron a platicar. Luego se había acercado Natalia a saludarlo.
—Los dejo solos para que trabajen —dijo al fin la señora y se retiró.
Trotsky no lucía muy contento. El joven había interrumpido uno de sus pasatiempos favoritos. Le dio a Mornard algunas explicaciones acerca de la alimentación de sus animales y luego lo invitó a pasar a su despacho, donde revisaría el texto por segunda vez.
El líder ruso se sentó ante un escritorio lleno de libros en varios idiomas y cuadernos con sus apuntes.
Había también un dictáfono, que utilizaba para dar curso a sus ideas antes de pasarle la grabación a su secretaria con el fin de que las mecanografiara.
Una máquina Remington tenía en el carrete una hoja escrita a medias con caracteres rusos, donde Mornard pudo reconocer, entre otros, el nombre de Josef Stalin.
Y más allá, en el extremo, un revólver calibre .
22 que el viejo solía portar para su defensa.
Trotsky ocupó su silla de trabajo y se inclinó ante el escrito de Mornard lápiz en mano, mientras el joven permanecía a su lado, un poco atrás, como para seguir la revisión por encima de su hombro.
Comenzó a leer, algo fastidiado porque la cortesía lo obligaba a corregir un texto que en realidad no era de su interés.
Marcó una frase y tachó otras dos, sin mirar a su visitante.
Mornard seguía sudando y su piel lucía más pálida que unos minutos atrás.
Un ligero temblor le sacudía las manos y de pronto un mareo lo hizo ver borroso.
Respiró profundo. En un rápido repaso mental recordó las veces que había estado cerca de Trotsky, las razones por las que hizo todo lo posible por ganarse su confianza, la misión a la que estaba entregado desde hacía dos años.
Volvió a respirar hondo para serenarse y, al ver que el viejo iniciaba la lectura de la segunda página de su artículo, apretó los párpados por unos segundos.
Al abrirlos de nuevo había recuperado la claridad de la vista.
Sonrió con labios trémulos y palpó su gabardina para reconocer al tacto el revólver que llevaba en un bolsillo, el puñal cosido al forro y el piolet sujeto en el interior por un trozo de tela.
Le quedaban pocos segundos. Trotsky pronto daría vuelta a la hoja para leer los últimos párrafos.
Sintió un vacío en el vientre al empuñar el piolet y trató de pensar en algo agradable.
Dio un paso atrás, levantó la herramienta y descargó el golpe.
El exagerado grito de Trotsky se confundió en la mente de Mornard con el crujido del cráneo al romperse, y la sangre le salpicó la cara metiéndosele en los ojos.
No pudo ver cómo el viejo, a pesar de la herida, giraba para encararlo, y sin dejar de gritar, de rugir como bestia moribunda, al notar que su agresor aún sostenía el arma en la mano, se lanzó a morderlo con fuerza hasta obligarlo a soltarla.
Entonces los gritos de Trotsky se enredaron con los del belga, quien cayó al suelo a causa del encontronazo con el cuerpo de su víctima.
Desde ahí, aún obnubilado por la sangre y el dolor, vio al revolucionario de pie que lo miraba a su vez, antes de dar media vuelta en busca de la salida del despacho, y sólo pudo pensar que había fallado en su intento de asesinarlo.
Se oyeron pasos apresurados que se acercaban.
Trotsky llamaba en lamentos a su esposa.
Natalia lloraba a gritos también y varias voces alteradas de hombres comenzaron a lanzar insultos en inglés y francés, en tanto Mornard intentaba levantarse del piso envuelto en el dolor punzante de su mano mordida.
Consiguió ponerse a gatas mientras en su cerebro repetía: Fallé.
No pude matarlo. Fallé. He fracasado. Fallé.
Trotsky sigue con vida, hasta sentir un doloroso estirón en el cuero cabelludo cuando uno de los secretarios lo alzó del pelo hasta ponerlo de pie, y enseguida un golpe contundente en la nuca, otro en la sien, ahora en un ojo, varios más en el rostro y en la coronilla, le borraron de la mente cualquier pensamiento, porque los guardaespaldas de Trotsky lo golpeaban con saña, con ganas de arrancarle ahí mismo la existencia.
—¡No lo maten! —la voz del viejo revolucionario sonó agónica—. ¡Tiene que… que decir… quién lo mandó!
A pesar de la orden, los golpes continuaron, junto con los jalones de pelo, los insultos y los arañazos en la cara, aunque con un poco menos de vigor.
Cuando la mano que aferraba sus cabellos lo soltó, su cuerpo se vino abajo en un rincón del despacho.
Ahí empezaron las patadas y puntapiés en las piernas, en el estómago, en el pecho, en los testículos, en los riñones, mientras varias voces furiosas lo interrogaban con cada golpe.
“¡Habla, hijo de puta!”. “¿Quién te envió?”.
“¿Fue la nkvd ?”. “¿Fueron Beria y Stalin?”.
Por encima de los golpes, los insultos y las preguntas, Mornard escuchó los gritos de Natalia:
—¡Llamen una ambulancia! ¡Llamen a la policía! ¡León Davidovich está muy mal herido!
Al escuchar estas palabras, Mornard sintió que en sus labios hinchados y ensangrentados se formaba un atisbo de sonrisa. Luego todo a su alrededor se desvaneció: se había desmayado.
Lo despertó el ulular incesante de las sirenas.
¿Cuánto tiempo había pasado? No podía haber sido mucho, porque brillaba el sol y el cuerpo y la cabeza le dolían como si aún lo estuvieran golpeando.
Al abrir los ojos se topó con uno de los hombres de Trotsky en cuclillas que lo observaba de cerca con expresión de odio.
—¿Ahora sí nos vas a decir quién te envió, maricón de mierda?
Mornard abrió la boca, pero lo que salió de ella fue un gemido de dolor y un buche de sangre.
El guardaespaldas frente a él amagó un golpe, pero en vez de dárselo se irguió para dirigirse al patio, donde se escuchaba que varios hombres discutían.
Mornard poco a poco consiguió distinguir frases sueltas, hasta que comprendió que la disputa era entre unos socorristas y los secretarios de Trotsky.
Los primeros querían conducir al revolucionario ruso al hospital de inmediato, y sus guardianes lo impedían.
—La herida es muy grave —dijo un camillero—. Si no lo ve un médico a la de ya, puede morir en cualquier momento.
—Pues León Davidovich no sale de aquí hasta que llegue el jefe de la policía para reforzar la seguridad. ¿No ve que la gente de Stalin puede estar al acecho?
Entre los diversos dolores que le incendiaban el cuerpo, Mornard pensó que entonces tal vez no había fallado del todo si Trotsky estaba en peligro de muerte.
Y recordó que el piolet se había hundido bastante en el cerebro, él lo vio con claridad; incluso fue la sangre que brotó en chisguetes de la masa encefálica la que le había llegado hasta los ojos.
Una sensación de alegría lo invadió. Cumplí, se dijo. Aún puede morir.
Un hombre vestido de blanco se asomó al despacho y lo descubrió tirado en el rincón.
—¡Oigan! ¡Acá hay otro hombre herido! ¡Parece que lo hubiera atropellado un coche!
El guardaespaldas que había estado observando a Mornard se acercó.
—Es el infeliz que quiso matar a León Davidovich. Si quieres a él sí llévatelo, sólo pídeles a unos agentes que te acompañen, para que no lo maten. ¡Ese cabrón tiene que confesar!
—Pero es que está más grave el señor mayor.
—¡Ya te dije! ¡A Trotsky no lo sacas de aquí hasta que llegue el jefe de policía!
Entre dos guardaespaldas levantaron a Mornard con violencia para acostarlo en la camilla.
Luego un uniformado se acercó y le esposó las manos.
Cuando lo sacaban del despacho, pasó junto a la camilla donde tenían a su víctima.
Lo vio inmóvil, con los ojos cerrados, mientras Natalia, que le había puesto encima una cobija, lo arropaba y le acariciaba la frente, consolándolo entre lágrimas.
El belga sintió que sus latidos se aceleraban a causa de la emoción.
Camino a la calle pasó cerca de otros guardaespaldas que lo miraban como un monstruo.
Incluso uno de ellos se adelantó hacia él con intención de agredirlo, escupirle o tan sólo insultarlo de nuevo, pero se contuvo ante la presencia de la multitud de agentes policiacos que llenaban el patio y el jardín.
Los camilleros, Mornard y tres agentes encargados de custodiarlo bajaron las escaleras y atravesaron el portón.
La calle de Viena estaba llena de patrullas y policías a pie, había un par de ambulancias con las torretas encendidas y una multitud de vecinos y curiosos.
Mornard pensó que quizás entre los mirones, en algún sitio discreto, estarían la mujer y el hombre cuya consigna era la de ayudarlo a huir después de que hubiera matado a Trotsky, pero con tantos uniformados y testigos sería imposible que lo rescataran.
Desde ahora estaba solo.
Los dolores de los golpes volvieron a torturarlo en el momento en que los camilleros lo subieron a la ambulancia. Gimió. Uno de los uniformados se rio, burlándose de su sufrimiento.
—¿No que muy machito, cabrón? —dijo.
El chofer de la ambulancia encendió el motor y la sirena. El vehículo avanzó despacio esquivando a la muchedumbre que atestaba la calle. Luego aceleró, y Mornard cerró los ojos para intentar dormirse.