La torre de cristal 1977
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1977

Los acompañantes del Güero sueltan carcajadas al oír la ocurrencia. García anota en una servilleta los puntos de la partida y sonríe satisfecho cuando se la enseña al viejo reportero.

—No ha sido una mala tarde, ¿eh? Pero no pongas esa jeta, Márquez. Mejor dime, ¿cómo debe ser el camión que atropella a un transeúnte?

—“Como un bólido salido del infierno” —contesta orgulloso el novato.

El Güero levanta su vaso en señal de aprobación. Apura la bebida y suelta un pequeño eructo. En el centro de la mesa ya están dispuestas de nuevo las fichas para que cada jugador tome las que le corresponden.

—Desde entonces siempre recuerdo que hay veces en que uno debe mancharse de mierda para lograr su objetivo.

Los jóvenes reporteros asienten al mismo tiempo ante la afirmación del viejo.

—Ahora díganme, ¿qué sacan de esto que les acabo de contar? Que la vida es como una partida de dominó, a veces se gana con astucia, otras veces con huevos, como esta, muchachos… Así que salgo con blancas…

Sin esperar a que le pidan la orden, Manuel llega a la mesa con cervezas para los jóvenes y otro gin tonic para el Güero. Acomoda un cenicero limpio junto a él y da un trapazo rápido para quitar de la mesa briznas de ceniza y cáscaras de cacahuate.

—¡Eso, Manuelito! ¡Te estás ganando una buena propina! —dice el Güero, y luego, como si recordara algo—: Oye, ¿tienes todavía algo de botana? Ya se me está subiendo y no quiero perder la concentración hasta terminar de hacer pedazos a estos novatos.

—Creo que queda caldo de camarón y unos taquitos dorados de panza, ¿les traigo?

—¿Cómo ven, jóvenes? Ya hace hambre, ¿no creen?

Los tres jugadores asienten. Manuel desaparece por una puerta que hay detrás del mostrador. El veterano toma sus fichas y comienza a acomodarlas frente a él. García inicia la partida y el Güero retoma el hilo de su relato:

—Seguro ustedes recuerdan algunos datos del asesino de Trotsky, ¿no?

—Pues… lo que leímos en la crónica que usted escribió cuando tuvimos que estudiarla —dice Camacho tratando de hacer memoria.

—Que lo mataron con un zapapico, ¿no? —aventura Márquez.

—¡Un piolet! —corrige el Güero—. Uno de esos chismes que usan los alpinistas para clavarlos en las rocas de las montañas que escalan y no caerse.

—Eso… —dice Márquez.

—¿Qué más recuerdan?

—Que… que… —la memoria de García parece trabajar a marchas forzadas—. Que se murió, ¿no?

—¡Carajo! ¡Valientes reporteros! —el Güero finge enojo, aunque sonríe—. ¡No saben ni madres! ¡La memoria nomás no les funciona!

—Yo por eso nomás soy fotógrafo —se defiende García.

El veterano levanta su vaso y le da un trago largo, saboreado. Enseguida saca otro de sus Faros y lo enciende con parsimonia mientras los jóvenes lo observan sin perder detalle.

—Voy a tener que refrescarles la memoria…

—el viejo reportero se coloca el tabaco en la orilla de la boca.

El humo se eleva y por un instante el Güero sólo ve una cortina grisácea que parece embrumarse con sus pensamientos—.

Sí, a todos los que estuvimos metidos en el ajo nos cambió la vida ese asesinato.

A Quevedo, a Quintanilla, al juez Robledo, a Lupita, a Tata Cárdenas, hasta al país.

—¿Y a usted, don Güero? —pregunta García.

—Sí, hasta a mí —suelta lacónico…