La torre de cristal II
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II

Quintanilla era semejante a un zorro hambreado, y veía a los criminales como las gallinas que constituían su alimento.

Los detectaba a kilómetros, y cuando los ubicaba no existía poder que lo detuviera.

Ese instinto lo llevó a una rancia vecindad en la calle de Motolinía después de haber pasado setenta y dos horas sin dormir, siguiendo su olfato en un caso de secuestro.

En los días previos la prensa se había dado vuelo desde que el hijo de un empresario zapatero había sido raptado al salir del colegio Santa Ana, ubicado por el rumbo de San Ildefonso.

Según las notas, un par de individuos sometió a Maclovia Martínez, la nana del pequeño Adán Sifuentes, golpeándola con una tranca afuera del colegio.

Después, en volandas, se llevaron al niño de ocho años hasta perderse en una maraña de callejones sin que ninguna de las monjas ni las demás niñeras pudieran impedirlo.

Todos los policías de la capital recibieron la encomienda de localizar a los criminales, pero, sobre todo, de regresar sano y salvo al heredero del empresario.

Quintanilla estuvo de acuerdo en eso, pero también quería que los culpables pagaran por haber dejado en coma a la nana Maclovia.

Situado en la esquina más cercana al colegio, pronto advirtió los cambios que habían hecho los otros padres de familia en cuestión de seguridad, temerosos de que sus hijos sufrieran la misma desgracia que el pequeño Sifuentes: ya no eran las nanas quienes llegaban a recoger a los alumnos, sino hombres corpulentos que, la mirada experta de Quintanilla pudo advertirlo, iban armados.

Soportó estoico durante dos días en su mismo puesto los chaparrones vespertinos, el sol y el hambre que saciaba con las sobras que le daba algún paseante generoso.

Cuando no aguantaba las ganas de evacuar, no se permitía más de un minuto para hacerlo al lado de cualquier basurero.

Al atardecer del tercer día descubrió a un sujeto que, con actitud sigilosa, se acercó a las puertas del colegio.

No tenía el aspecto de los hombres contratados para cuidar de los niños.

Se veía nervioso. Ni los guardaespaldas ni los transeúntes se percataron de que con un movimiento rápido dejó caer un sobre en el buzón del colegio.

Sólo Quintanilla, que fingía leer un periódico abierto, lo vio a través de los jirones de su sombrero de vagabundo.

El tipo caminó a la esquina de El Carmen y dobló a la derecha hacia la Plaza del Volador.

Apenas se perdió de vista, Quintanilla corrió al colegio, metió la mano en el buzón y tomó el sobre, dirigido a José Sifuentes, padre del pequeño Adán.

Sin abrirlo, fue detrás del sospechoso. Lo siguió por Francisco I.

Madero, hasta que lo vio ingresar a una vecindad en Motolinía e Isabel la Católica.

Al pie de las escaleras que daban a un cuartucho en el segundo piso, se sintió cansado.

El tiempo transcurrido en su puesto de observación le pasaba factura.

Le urgía darse un baño y dormir cincuenta horas seguidas para reponerse, así que decidió no esperar más.

Desenfundó la Walther y estampó el hombro contra la vieja puerta de madera, que al primer golpe se deshizo en pedazos.

Dos hombres, el que había seguido y otro más, estaban sentados frente a una mesa.

Quintanilla vio de reojo un bulto sobre un catre, pero las cobijas impedían saber si se trataba del niño o de un simple fardo de ropa sucia.

Uno de los secuestradores blandió una tranca, tal vez la misma que había dejado en coma a la nana, y atacó.

El envión de aire le movió los pelos apelmazados de grasa y suciedad de días, pero Quintanilla alcanzó a eludirlo y respondió con un cachazo en la quijada, que tronó como hielo al triturarse.

Al ver a su cómplice caído, el otro tipo decidió que era mejor rajarse que pelear, y huyó escaleras abajo.

Quintanilla fue hacia el catre. Al retirar la cobija, apareció la tez clara de un infante cuyos ojos, hinchados de tanto llorar, lo miraron con terror. No tuvo dudas de que se trataba de Adán Sifuentes. Le rozó la cara con los dedos para tranquilizarlo.

—Ya estás seguro, chamaco, soy policía. Al rato te llevo con tu papá. Pero espérame aquí que ahora vuelvo —y al instante se sintió estúpido porque el pequeño seguía atado.

Tardó unos segundos en deshacer los nudos, otros más en sorrajarle una patada en la cabeza al caído para que no fuera a despertar, y enseguida ya bajaba con un par de brincos las escaleras y siguió corriendo hasta llegar a la calle.

Miró a ambos lados. Al escuchar que un hombre insultaba a otro por haber tumbado a su novia, supo la dirección en la que debía correr.

Persiguió al secuestrador varias cuadras, esquivando gente, hasta que vio que el fugitivo iba a cruzar San Juan de Letrán con el riesgo de quedar bajo las llantas del tranvía o de algún carro.

Una ristra de cláxones y rechinidos de llanta llenó el aire cuando perseguido y perseguidor atravesaron la avenida zigzagueando para evitar los vehículos.

La explanada de Bellas Artes empezaba a llenarse de oficinistas que recién salían del trabajo.

Quintanilla pensó que el sospechoso se le perdería entre el gentío.

Disparó al aire. La muchedumbre se apartó y algunos se tiraron al suelo.

Era lo que Quintanilla necesitaba para ubicar su objetivo, quien dudaba entre continuar la huida o rendirse.

—¡Hijo de la chingada, un paso más y te quiebro, cabrón!

Dos uniformados se hicieron presentes al oír el alboroto. Uno se fue sobre el secuestrador, el otro tardó en reconocer a Quintanilla bajo la facha mugrosa y el tufo a orines y mierda, pero lo hizo cuando el agente dijo su número de placa y amenazó con golpearlo si le ponía una mano encima.

—Llévate a ese pendejo a la comandancia —ordenó al que traía detenido al delincuente—. Nosotros vamos por el que se quedó soñando que era rey.

La noticia se supo de inmediato. Antes de que Quintanilla llegara al edificio de Revillagigedo con el otro detenido y el niño Sifuentes, su jefe, Rogelio Armenta, ya había dado aviso al padre del pequeño.

Apenas traspasaron el umbral de la comandancia, una turba de reporteros y fotógrafos se abalanzó sobre ellos para registrar los datos de la nota que al día siguiente sería la de ocho columnas.

Quintanilla sonrió al advertir que varios policías y periodistas se apartaban de él tras aspirar su hedor.

Rogelio Armenta nomás hizo gestos de asco y trató de aguantar la respiración, sobre todo cuando llegó José Sifuentes, quien también se obligó a soportar los efluvios del agente: uno le debía la vida de su hijo, y el otro no quería desaprovechar la oportunidad de salir en primera plana.

—¡Muchas gracias por su labor, agente Quintanilla! —dijo el empresario mientras su esposa abrazaba al niño que, salvo un pequeño golpe en el pómulo y algunas horas sin comer, no se veía en mal estado—. Dígame qué puedo hacer por usted, lo que sea.

—¿Lo que sea?

Algunos reporteros aprestaron sus libretas y plumas, los fotógrafos se prepararon para tomar el momento exacto de la petición. Armenta sonrió lo más que pudo.

—Quiero que se haga cargo de la salud de Maclovia Martínez. Que la lleve al mejor hospital y, si algo le llegara a pasar, que indemnice a su familia. Eso quiero.

Reporteros y policías, que esperaban que Quintanilla pidiera una recompensa en efectivo para él, lo miraron sorprendidos.

A pesar de que lo conocían, no podían creer que desaprovechara esa oportunidad de llevarse un buen dinero, para favorecer a una sirvienta.

Pero así era Valentín Quintanilla, un justiciero a su manera.

Luego de su petición, se abrió paso hacia los baños.

Antes de que entrara, Armenta lo alcanzó.

—¿Qué haces, Quintanilla? ¿No sabes de qué son dueños los Sifuentes? —el jefe le apretó la mano—. Debemos colgarnos medallitas para que la gente confíe en nosotros.

—En mí sí confían, no sé en usted. Con su permiso, lo que quiero ahora es un escusado.

Una carcajada se estrelló contra la espalda de Quintanilla.

—Déjelo, licenciado Armenta. El teniente se ganó el derecho de ir tranquilamente al baño —el juez Robledo intentó zanjar la discusión—. Mejor vamos a su despacho, traigo algunos pendientes que quiero ver con usted.

—¡Gracias, mayor! —dijo Quintanilla mientras saludaba con el canto de la mano derecha en la frente.

El agente agradeció cada uno de los diez minutos que permaneció sentado en el baño. Bajó la palanca y, al salir del cubículo, se topó de frente con el Güero.

—Pensé que te habías ido por el drenaje, Leandro —dijo el reportero mientras bamboleaba un cigarro en la comisura de la boca.

—Ya sabía que no se puede ser feliz siempre.

El Güero abrió la llave del lavabo para que el otro se acercara. Quintanilla se percató de que el periodista había trabado la puerta y sonrió.

—Ahora sí, dime, ¿cómo supiste que debías esperar a los maleantes afuera de la escuela? Y no me salgas con la tarugada de que el culpable siempre regresa a la escena del crimen.

Quintanilla hizo un cuenco con las manos y se echó agua varias veces en el rostro. Frotó con jabón la cara hasta que los hilos oscuros desaparecieron por el desagüe. Lo hizo despacio, jugando con la paciencia del Güero.

—Leandro… —insistió el periodista desesperado.

—No habían pedido rescate. Seguro pensaron que el niño les iba a dar el número de teléfono de su casa, pero a esos mocosos todo se lo resuelve la nana y seguro ni se lo sabe.

Andaban a pie, así que ni vehículo tenían, por lo que deduje que eran unos improvisados, y además del barrio.

Así que tarde o temprano tendrían que volver.

No tenían de otra, si querían pedir el rescate.

—No cabe duda de que eres más cabrón que bonito —el Güero dio dos aplausos.

—Me debes unos buenos tragos y no se te vaya a ocurrir publicar mi nombre completo porque ahí sí me vas a conocer —amenazó Quintanilla antes de salir del baño.