1977
La serpiente moteada de puntos negros se alarga hasta casi rozar los bordes de la mesa. García estudia las piezas, contando los puntos en la mente y, un tanto dudoso, desliza hacia un extremo de la línea la carreta de cincos. Se vuelve hacia Camacho esperando su reacción.
—Chingada madre… Paso —bufa Camacho.
—¡Esa mera era! —festeja el Güero y, con un golpe de mano descubre la cinco-tres—. ¡Creo que les vamos a aplicar su zapato, señores! ¡Manuel, Manuelito!
Ante la mano alzada del periodista, el mesero se acerca solícito.
—¿Qué le traigo, mi Güero?
—¿Cómo que qué? Otro gin tonic , y aquí a mis amigos lo que le pidan, al cabo que, según parece, a ellos les va a tocar pagar.
Camacho estira las manos para revolver las fichas y Márquez ordena con una seña a Manuel que repita la ronda de bebidas.
El Güero luce contento. El ambiente de la cantina lo relaja: esa mezcla de bullicio, alcohol, risas, cigarro e historias que sólo se puede dar en estos lugares lo hace sentirse bien.
Contempla a sus compañeros de partida. Unos bisoños recién ingresados en los diversos periódicos de la capital, que pronto tendrán que demostrar si están hechos para el oficio, si cuentan con los golpes de adrenalina que los llevarán a buscar la noticia hasta debajo de las piedras, o tan sólo desean alardear de periodistas frente a las mujeres o sus amigos.
—A ver, Camacho, ¿cómo debe ser el puñal del asesino?
—“Filoso y enorme”, don Güero.
—¡Ándale! ¿Saben quién también era filoso?
El doc Alfonso Quevedo. Yo sé que ahora es muy conocido, pero en el cuarenta apenas hacía sus pininos para resolver casos criminales con métodos científicos.
Aunque, la verdad, no era tan neófito: acababa de graduarse como doctor en Criminología, pero ya tenía algo de experiencia; antes estuvo en el tutelar de menores y también trabajó con las putas, tanto con las callejeras como con las de burdeles de postín, como el de la famosa Bandida.
Qué lástima que ya no les haya tocado conocerlo.
¡Era un tugurio celestial! Ahí podías encontrar desde caciques y políticos como Gonzalo N.
Santos, millonetas como Archibaldo Burns, pintores como Diego Rivera y Frida Kahlo, sí, también ella iba; actores como Pedro Armendáriz y músicos como Agustín Lara…
Pero nos estamos desviando. Les contaba de Quevedo…
Por sus estudios, él tenía la intención de introducir la ciencia en las pesquisas policiacas.
Afirmaba que, para resolver homicidios, no precisaba ir a las escenas del crimen, pues su método le permitía meterse en las mentes patibularias.
Y sí, hay que reconocer que con el tiempo revolucionó, gracias a sus conocimientos y tácticas, las investigaciones.
Pero en esos días, ya se podrán imaginar los conflictos entre los agentes de la vieja guardia y las novedades que quería implantar Quevedo.
La verdad es que no la tenía fácil... ¿No me digas que cerraste a cuatros, García?
¡No me jodas! A ver, cuéntenle bien. ¡Chingao, García!
¡La libramos por un pelo de rana calva! ¿Quieres que me dé un infarto?
¡Ya casi estoy con un pie en la orilla de la tumba y tú sales con tamaños albures! ¡Hay que jugar a lo seguro, cabrón!
—Pero ganamos, don Güero.
—¡Pinche jugada de principiante! —el viejo levanta la vista—. ¿Dónde anda Manuelito? Necesito que me traiga el trago que pedí para que se me pase el susto.
El mesero atiende una mesa en el otro extremo de la cantina.
Ve al Güero a la distancia y se apresura.
Mientras aguarda su nuevo gin tonic, el periodista da lumbre a otro de sus Faros y se lo acomoda en el rincón de la boca.
Parece concentrado en el próximo juego, pero la verdad es que recuerda el Caso Trotsky, que lo hizo saltar a la fama, no sólo nacional, sino en otros países, cuando varios periódicos extranjeros tradujeron sus crónicas, sobre todo la primera, en la que narraba el asesinato del viejo líder revolucionario soviético.
—Pero si las teorías de Quevedo para las investigaciones criminales fueron adoptadas por la policía mexicana —apunta García mientras retira siete fichas del montón—, significa que alguien de alto rango lo apoyó, ¿no?
Los hielos tintinean en el vaso cuando Manuel lo deposita frente al Güero, quien le da un sorbo corto antes de acomodar su propio juego.
—En efecto, Quevedo tenía un mentor: un antiguo mayor de algún ejército revolucionario, creo que villista, que en ese entonces ya era juez de distrito. Había sido su maestro en la universidad. El juez Robledo. Iba a visitarlo y pedirle ayuda hasta su Torre de Cristal.
—¿No será torre de marfil? —pregunta Camacho con sorna.
—No. De su Torre de Cristal. Así llamaba a su estudio en la colonia Roma. La Torre de Cristal. Era por los ventanales que bañaban de luz la biblioteca y los escritorios en que trabajaba.
—¿Usted ha estado ahí, don Güero? —García deja caer la carreta de seises en medio de la mesa.
—Sí. El lugar ahora está lleno de recuerdos y reliquias que el doctor ha ido recopilando a lo largo de estas décadas, de todos los casos en los que ha trabajado.
Pero en aquel entonces no había nada de eso, sólo estantes repletos de libros sobre delitos sexuales, tratados acerca de delitos económicos, bibliografía de asesinatos políticos, libros referentes a medicina legal, sistemas penitenciarios y farmacodependencia.
Además de una reliquia muy curiosa, que él afirmaba que era auténtica, la misma calavera del Tigre de Santa Julia.
—No, pues sí se veía preparado el doctor Quevedo. Entonces, ¿él fue el bueno de la investigación? —Camacho atrinca varios cacahuates y se los mete en la boca.
—No, esa pinche investigación no se podía realizar sólo a golpe de cerebro, había que usar la fuerza también.
Y para eso Leandro Valentín Quintanilla estaba que ni mandado a hacer.
El teniente ya llevaba en su carrera algunos arrestos importantes, y en la corporación tenía fama de investigador eficaz.
Ustedes saben cómo era el trabajo policiaco entonces: se seguían los primeros indicios, se ubicaban testigos, les sacaban la sopa a punta de madrazos o de torturas más refinadas como el “pocito”, las astillas debajo de las uñas, o el mexicanísimo Tehuacán con chile piquín por la nariz.
¿Y los derechos? ¡Cuáles derechos! De eso ni se hablaba y la policía siempre tenía la sartén por el mango.
Podía zarandear a cualquier hijo de vecino cuando se le diera la gana y nadie protestaba.
Luego de “interrogar” a los testigos surgían nuevas pistas, y el procedimiento se repetía hasta dar con el criminal o fugitivo…
A ver, ¿cambiaste a cincos, García? Pues ai te va este tres, mi querido Márquez, a ver si traes de esos…
La verdad es que el modo de investigar no ha cambiado mucho, ya lo comprobarán ustedes.
En fin, Quintanilla era un experto en esos menesteres.
Irreverente, forjado primero en los campos de batalla de la Revolución, donde su oficial superior había sido el mismísimo mayor Robledo, y después en las calles de la ciudad, siempre tras los malandros, atrapándolos y haciéndolos cantar.
Era efectivo y muy entrón, pues. Por cierto, a mí era al único que le permitía decirle Leandro, porque me había ganado ese derecho a pulso.
Pero eso se los platico después… ¡Aquí lo importante es que se imaginen las broncas que hubo entre Quintanilla, duro entre los duros, y Quevedo, el señorito intelectual!