La Tierra Prometida Chapter 56
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Chapter 56

CAPÍTULO SEGUNDO

LAS PUERTAS DE SHAMBHALA

Toot, Ierusalim y Feofán estaban listos para seguir adelante.

Se hallaban junto a una entrada estrecha, más bien una gatera, del último y único túnel que conducía de la gran galería de los grandes gurús a la santa morada de Shambhala.

Los monjes esperaban a que Venera y Liubomir se acercaran a ellos.

Terminada la contemplación de las maravillosas figuras de los santos petrificados, Venera y Liubomir se acercaron a sus guías.

Al captar las miradas admiradas de la madre y el hijo, Toot dijo:

—Pocos han llegado hasta este lugar. Este umbral no lo ha cruzado pie humano desde hace muchísimos años. Pero todos los que lo han cruzado obtuvieron la vida eterna. Es señal de haber sido elegidos por Dios. Vengan, pues: no es que los esperen desde hace mucho, es que los espera su tierra.

Tras estas palabras, los monjes apagaron las antorchas que llevaban en las manos y uno por uno empezaron a colarse por la grieta de la pared de la galería.

A Venera le pareció extraño que, para alcanzar la meta, tuvieran que arrastrarse por algo parecido a una madriguera, pero estaba dispuesta a seguir a los monjes a donde fuera.

Tras deslizarse por la grieta, se encontró junto con Liubomir en una cueva baja y angosta.

Estaba completamente a oscuras y solo podían avanzar a tientas.

Venera llegó a pensar que era algo así como un portal.

Pero a los pocos segundos el túnel empezó a aclararse.

Pronto ya podían distinguirse las siluetas de los monjes; las paredes del túnel titilaron y poco a poco empezaron a brillar con una agradable luz azulada.

Pasaron unos minutos más y se hizo visible todo.

Venera abrazó admirada a Liubomir, que miraba a su alrededor con asombro.

Ante ellos se abrió un espectáculo sobrecogedor.

Las paredes del túnel tornasolaban en distintos colores, ¡pero la luz principal venía de delante!

¡De allí donde el túnel debía terminar! ¡En verdad era la luz al final del túnel!

Y ni siquiera las siluetas de los monjes podían taparla.

Parecía que ya no llevaban sábanas blancas, sino que brillaban como ángeles.

¡Y no caminaban por la roca firme, sino que parecían pisar el aire! ¡Flotaban en ingravidez!

A medida que se acercaban al final del túnel, a través de las siluetas de los monjes empezaron a transparentarse los contornos de unos templos majestuosos.

Los tres monjes parecían convertirse ellos mismos en tres cúpulas de forma insólita.

Era como si se disolvieran en ellas. En lo que ocurría había claramente un gran misterio, que recordaba a la gran Trinidad.

Y he aquí que los monjes desaparecieron por completo, fundidos con aquellas construcciones asombrosas. Habían cumplido su misión.

Venera y Liubomir estaban en el umbral de Shambhala, aquel país santo y secreto.

Al salir del túnel pudieron abarcar entera aquella morada maravillosa con sus templos y sus casas.

En verdad, una ciudad celestial en la tierra se extendía ante ellos.

Describir lo que veían era imposible. No había con qué compararlo; algo así no podía verse en ninguna parte.

Ninguna fantasía humana habría podido imaginar algo tan perfecto y tan hermoso.

Por otro lado, a quienes lo contemplaban los asombraba la sencillez que se les revelaba.

Pero todo lo genial no era solo sencillo.

Las formas simétricas y armónicas de aquella arquitectura celestial que Liubomir y Venera descubrían eran sagradamente exactas e incluso parecían conocidas.

Se diría que ya se les habían presentado ante los ojos,

ya en una vida pasada, ya en sueños maravillosos y olvidados.

Asombraba en particular que todos los templos que se abrían ante la madre y el hijo fueran parecidos y, al mismo tiempo, distintos entre sí.

Sus cúpulas doradas eran como fuego, y la luz que irradiaban se elevaba al cielo y formaba una enorme cúpula sobre toda la ciudad.

Ya los esperaban. A Venera y a Liubomir los recibían los grandes gurús de la humanidad: Jesucristo, Buda Shakyamuni y el profeta Mahoma.

Detrás de ellos estaban centenares de grandes mesías, profetas y filósofos de la humanidad; y delante de todos ellos estaba ella, la sempiterna Madre Sofía, el Alma del Todo.

Al reconocerla, Liubomir se alegró y se colmó de felicidad, y le gritó a su madre:

—¡Mamá! ¡Es ella! ¡Aquella de la que te hablé! Ven, te la presento.

Incapaz de esperar, Liubomir salió corriendo al encuentro del Alma del Todo. «¡Mamá, Mamá!», gritaba, llorando de felicidad.

Y también ella echó a andar, echó a correr a su encuentro. El encuentro tan esperado se produjo. El Alma del Todo tomó en brazos a Liubomir, lo abrazó y empezó a hacerlo girar. Y fue un momento de verdadera felicidad no solo para ellos dos, sino para todos los que estaban cerca.

Venera iba tras Liubomir y también lloraba de felicidad.

Comprendía que tenía ante sí a la verdadera Madre del Todo, tanto de Liubomir como de ella misma y, en general, de todas las almas luminosas de la tierra.

El Alma del Todo era el espíritu de la tierra encarnado en una persona, y abrazaba a su hijo, pero en realidad estaba en todas partes y todos la percibían en cada instante de su vida.

Pero su omnipresencia se sentía en aquel lugar con especial fuerza.

Todos los seres de la tierra estaban unidos a ella; era la conciencia del mundo y constituía la unidad perfecta del mundo, un torrente que todo lo absorbe de fuerza vivificante, el alma del Universo, un corazón enorme e inconmensurable que no tenía fin.

Venera ni siquiera intentaba encontrar palabras ni definiciones para lo que sentía.

Cualquier comparación le parecía insignificante y sin importancia.

Entretanto, el Alma del Todo dejó a Liubomir en el suelo y, acuclillándose ante él, habló:

—Te he esperado, hijo, muchísimo tiempo. Te he echado de menos, mi amor.

Después el Alma del Todo abrazó a Liubomir y miró a Venera, que ya estaba a su lado.

—Liubomir, llama a tu madre, vamos a conocernos.

—Mamá —encontró con la mirada a Venera Liubomir, alegre—, ¡ven aquí enseguida!

—Buenos días —dijo Venera—. La he reconocido. Gracias por todo y, sobre todo, por Liubomir.

—Hola, querida —le respondió el Alma del Todo—.

¡Ya te dije que tendrías hijos! Tu fe obró el milagro, y yo no tengo nada que ver.

El corazón vivificante obra milagros, y la fuerza de su amor no tiene límite.

Todo lo terrenal le está sometido. Siempre viviste en mi corazón, y solo gracias a corazones como el tuyo continúa existiendo todo lo vivo.

Has dado a luz al Salvador; lo esperábamos desde hacía muchísimo, gracias sean dadas a la providencia. Ahora todo será distinto. Míralo.

Dicho esto, el Alma del Todo se volvió hacia Liubomir, a quien entretanto se habían acercado todos los grandes mesías de la humanidad.

—Él traerá la paz al mundo y enjugará las lágrimas de millones. Los hombres no sufrirán más; en la tierra despertará de nuevo la voz de la conciencia, que hará renacer lo de antaño, el paraíso perdido, la tierra prometida para todos. Mira, ¿acaso no es hermoso?

Jesucristo y Buda rodeaban a Liubomir y hablaban con él de algo, y lo abrazaban, y aquella comunicación no necesitaba ni palabras ni conocimiento de lenguas: bastaba con un corazón grande y puro en el pecho de cada uno de ellos. Y aquella escena asombraba por su perfección. Todo era como debía ser.

—Ven, Venera —la llamó el Alma del Todo—. Voy a presentarte a alguien. Deja a Liubomir, déjalo disfrutar de la felicidad que le ha tocado. Él y sus amigos han esperado demasiado tiempo este encuentro.

Venera, en cambio, parecía petrificada. No podía creer lo que veían sus ojos. Veía cómo Jesucristo y el profeta Mahoma llevaban a Liubomir de la mano y cómo todos los que habían venido a ver al niño sonreían, se regocijaban y se inclinaban ante él.

—Vamos, vamos —le tocó la mano a Venera con una sonrisa el Alma del Todo—. Aún tengo mucho que mostrarte.

Y Venera fue tras el Alma del Todo y, mientras caminaban, distinguió a lo lejos una Esfinge enorme que tornasolaba y emitía luz de todos los colores del arcoíris.

De un modo maravilloso absorbía los rayos del sol y parecía ser ella misma su fuente.

Pero, recibiendo la luz de un espectro, la irradiaba en una coloración inimaginable, y esa luz se propagaba alrededor en ondas suaves y lo atravesaba todo, incluidas Venera y el Alma del Todo.

—Es un espectáculo asombroso —dijo Venera con admiración—. Nunca he visto nada semejante. Ni siquiera pensaba que fuera posible. ¿De qué está hecha esa estatua? ¿Qué cristal gigantesco es ese?

—Es la piedra chintamani —respondió el Alma del Todo—.

Es de origen extraterrestre. Es un don a nuestra Tierra: el cristal del Dios Nous, que creó todo lo existente.

En el Universo, piedras semejantes son una gran rareza.

Según la leyenda, fue traída a la Tierra por los dioses del cinturón de Orión, del sistema de Sirio.

Con esa piedra, Nous erigió en su día, ya en la Tierra, a la Esfinge, que tenía acceso a todo lo que hay en el Universo,