La Tierra Prometida Chapter 54 #9
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Chapter 54 #9

Después salieron del agua y continuaron el camino. Unas horas más tarde vieron delante un ciervo enorme. Estaba en una elevación y parecía esperarlos precisamente a ellos. Los monjes se detuvieron y se inclinaron ante él. Después de eso, el ciervo desapareció.

—Ya casi hemos llegado —dijo Toot volviéndose.

Al subir a la colina se encontraron ante la entrada de un desfiladero estrecho.

Los monjes avanzaron. Al final del desfiladero apareció la entrada de una cueva.

Y entonces Venera sintió un mareo. Las fuerzas la abandonaron.

Con cada segundo se encontraba peor. Le pareció incluso que se ahogaba y que iba a perder el sentido.

Toot la sostuvo por el brazo y la sentó con cuidado allí mismo.

—Relájese, Venera —dijo—. Respire con calma. Liubomir, ven aquí. Pon las manos sobre la cabeza de tu madre.

Liubomir dio un paso adelante e hizo lo que el monje le pedía. Entonces Toot puso sus manos sobre las de Liubomir, y aquello fue lo último que vio Venera al final del camino a cielo abierto. Perdió el conocimiento.

Inmediatamente después, los monjes la levantaron con cuidado, la llevaron dentro de la cueva y la acostaron sobre unas ropas. Al cabo de unos minutos, Venera empezó a volver en sí. Liubomir, que se había quedado con su madre, al ver que abría los ojos llamó enseguida a Toot.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó el monje.

—Bien —respondió Venera, y se incorporó—. Creo que ya puedo seguir. Debe de ser el mal de altura.

En efecto, el malestar había pasado sin dejar rastro.

No tenía dolor de cabeza ni nada. La cabeza le parecía limpia y despejada.

Ayudaron a Venera a levantarse y ella abrazó a Liubomir.

Entretanto, los monjes Ierusalim y Feofán encendían las antorchas dispuestas en las paredes de la cueva, convertida en un túnel.

Se hizo la luz. Toot recogió del suelo un par de antorchas más, las encendió y le pasó una a Venera. Había que seguir adelante.

Toot iba en cabeza; tras él iban Venera y Liubomir; Ierusalim y Feofán cerraban la marcha.

La cueva resultó ser larguísima. Abundaba en bifurcaciones, pero se veía que Toot se la sabía de memoria: en varias horas de camino no dudó ni una sola vez del camino correcto.

Al fin la cueva empezó a ensancharse y se convirtió en una galería en la que había alguien.

Al acercarse vieron a tres monjes sentados.

Venera levantó la antorcha y comprendió que aquellos monjes llevaban mucho tiempo muertos, aunque se habían conservado bien.

Eran tres momias sentadas en la postura del loto, y parecía que incluso después de la muerte siguieran meditando.

Toot se acercó a Venera y dijo en voz baja:

—Son los grandes arhats, gurús, guardianes de Shambhala, la morada perfecta de la tierra. Sobre ellos se sostiene todo. Sostienen la cúpula y determinan quién puede pasar a Shambhala y quién no. Estamos en el umbral de las puertas invisibles de la tierra santa. Aquí empieza todo.

»Estos grandes gurús llevan aquí muchos siglos.

Ya en vida sabían detener su corazón y unir su espíritu con el espíritu de la tierra.

Ya en vida cruzaron con el alma esta frontera.

El Alma del Todo unió su espíritu al suyo propio, creando con ello estos puentes eternos.

Sus cuerpos no envejecen ni se descomponen gracias a la fuerza milagrosa de la vida.

Un día llegará también nuestro turno y continuaremos su camino.

También nosotros seremos ese eslabón eterno que guarda la vida, que guarda las puertas de la morada santa, refugio de todos los elegidos y de los grandes gurús, maestros y mesías de todos los tiempos.

Solo quiero decir una cosa: todos nosotros estamos aquí únicamente por una persona.

Todo esto se creó para este momento. La providencia nos condujo a todos hasta él.

Venera, usted comprende de quién hablo. Según todas las tradiciones, profecías y leyendas, Liubomir habrá de cambiarlo todo.

El último Avatar, Maitreya, Kalki, debe traer la paz a la tierra; para él todo eso está aún por llegar.

Y me alegro de haberlo visto, de haber hablado con él y de haber podido llevarlo a la tierra santa, como ordenaban las profecías.

Me alegro de haberme convertido en un eslabón de la providencia.

Mi misión está en parte cumplida; ahora queda poco.

Los acompañaremos a través de las puertas y después volveremos aquí para guardarlas.

Deberemos quedarnos aquí, pero volveremos a vernos, sin falta.

Y en aquel mismo momento un centenar de lobos salvajes corría por la nieve.

El cazador principal, Vladislav, dirigía a sus perros salvajes tras el rastro de Liubomir.

El vampiro principal olfateaba el olor de la sangre.

Después de encontrar a Eusei y de probar su carne, en aquel engendro del infierno despertó una sed insaciable y se avivó una obsesión enloquecida.

Parecía que Vladislav olfateara la sangre azul a miles de kilómetros.

Aquel vurdalako estaba dispuesto a todo…