Chapter 52 #4
—Según usted, entonces, ¿al hombre extraviado no hay que ayudarlo? —preguntó el padre Vladímir—. Pero, si se le da libertad de elección, sin ayuda y sin una educación espiritual correcta el hombre se apartará pronto del camino. ¿No es eso peor?
—Recuerden las Cruzadas —respondió Toot—.
Entonces la fe se inculcaba por la fuerza.
Recuerden a qué precio se hacía. Recuerden a los indígenas, a los indios mismos, a quienes se les arrebató su fe contra su voluntad.
La fe de sus padres y de sus antepasados.
¿Les parece a ustedes correcto? Hablo ahora de aquello que ninguna religión ha podido dar.
Y ustedes lo comprenden; no estoy intentando acusar a nadie.
En nosotros no hay ni la más simple compasión, nuestros corazones están vacíos y no lo vemos.
Este mundo enloquecido ha olvidado su corazón.
¿Adónde podemos llegar si no nos oímos unos a otros, si no sentimos al prójimo, su corazón, su dolor, su pena?
Nuestros sentimientos están menguados y atrofiados; no se nos concede compadecer plenamente, y ese es uno de los sentimientos más poderosos que Dios nos ha dado.
El egoísmo nos ha dotado de un vacío espiritual, nos ha amputado los sentimientos.
¿De qué humanidad podemos hablar? No existe, y si existe, es tan escasa que no puede cambiar nada.
Todas las religiones del mundo deberían concentrarse en esto en lugar de acomodarse a una sociedad sin alma.
La cotidianidad mastica sin esfuerzo los valores eternos y nos explica cómo debemos ser, qué debemos sentir y a qué debemos aspirar.
Esa sociedad solo reparte ego entre los hombres, y declara la humanidad algo incómodo, innecesario o de poca monta.
Una sociedad así está condenada a perecer.
Semejantes principios contradicen las leyes de la vida.
Al hablar de todo esto, yo mismo infrinjo la ley de la vida, pues me saco a mí mismo del estado de equilibrio, de armonía y de unión con la naturaleza.
Pero puede que otra oportunidad así no se presente; la providencia me ha traído hasta ella por algo.
Después de esta conversación volveré a olvidarlo todo y regresaré a mi estado habitual.
Me preguntarán si puedo juzgar al mundo y a los hombres.
No. Mi alma, como la de ustedes, sangra, y del único a quien puedo acusar de no hacer nada es de mí mismo.
Los presentes absorbían cada palabra del monje y nadie quería interrumpirlo. Era una mirada desde fuera que conmovía el alma e inducía a la reflexión. Quedaba ya poco tiempo para la llegada del tren, pero la atención no decaía y Toot continuaba hablando:
—¿Creen ustedes que en el mundo no hay suficiente dinero ni recursos para ayudar a todos en este planeta?
Bastaría con un uno por ciento de lo que hay.
Pero ayudar a los hombres no es prerrogativa de la cultura actual.
A los poderosos de este mundo nunca los atormentará la conciencia: su propio bienestar les importa más que millones de vidas.
Al mundo podría salvarlo la humanidad, pero hoy le resulta ajena al mundo.
Seamos realistas: seguimos siendo incapaces de cambiar lo existente.
Vivimos en un mundo salvaje que se cubre con gusto de máscaras y conceptos tales como democracia, libertad y demás, pero bajo esas máscaras a menudo se transparentan con nitidez rostros de demonios.
No nos mintamos: hemos creado un orden inhumano en el que el mundo no debería existir.
Es una ilusión mundial, Maya, un espejismo; todos vivimos al otro lado del espejo.
El estado real de nuestra espiritualidad a día de hoy es el de quien se quedó sin nada.
Pero mientras haya corazones capaces todavía de sentir, corazones que se colman de sangre dando testimonio de lo que ocurre, en ellos está la esperanza, con ellos está Dios.
Hay que recordar que siempre, en todos los tiempos, ha habido héroes.
Ha habido quienes no podían pasar de largo, quienes entregaron su corazón al necesitado, quienes lo entregaron todo.
Quienes sacrificaron su vida en nombre de una idea superior; no fanáticos ciegos, sino verdaderos hijos de Dios.
En esos corazones vivió siempre la eternidad, vivió Dios; el futuro era de ellos.
¿No está acaso la santidad en el sacrificio?
A día de hoy es el único santuario que hay en la tierra, el tesoro de cualquier nación.
A los santos no los quiere este mundo; siempre fueron parias en medio de la insensatez.
Se nos dio una oportunidad, la oportunidad de ser hombres, hombres con mayúscula, verdaderamente capaces de cambiar todo este mundo.
¿Nos perdonará el Señor si no la aprovechamos?
Porque el destino del mundo depende de cada uno, no solo de quienes tienen el poder.
El poder verdadero lo tienen los hombres de corazón vivo, los que saben sentir y compadecer; es importante comprenderlo.
»No nos mintamos: lo divino que hay en nosotros es muy poco.
Y aunque fuimos creados a imagen y semejanza, ay, no es más que un parecido exterior.
¿Quién de ustedes cargará sobre sí la cruz verdadera?
Porque para muchos de nosotros hasta la crucecita que llevamos al cuello resulta un peso insoportable que nos aplasta contra el suelo.
—En mucho tienes razón, monje —dijo el padre Nikodim—.
En efecto, son pocos los que podrían sacrificarse en nombre del mundo.
Por desgracia, cada día son menos. Pero no debemos bajar los brazos: hay que luchar por cada alma, por cada hijo de Dios.
Y quizá no podamos cambiar el mundo, pero estamos aquí, y no por casualidad: somos la providencia de Dios, su designio.
Si nos está destinado morir, aceptemos esa suerte sin miedo.
Sí, todos somos realistas y comprendemos que en el mundo las cosas no van bien, y eso no nos alivia.
La voz de la conciencia desgarra el alma y la vuelve del revés.
Pero todos estamos aquí, en las primeras filas.
Me alegro por ustedes, me alegro de que el Señor los guíe.
De que hoy nos haya reunido aquí a todos y de que hayamos podido acogerlos por un tiempo.
Todos servimos a una misma gran causa. Que Dios los acompañe.
El obispo se levantó y santiguó a los viajeros. Savva se inclinó ante Nikodim. Todos los demás se pusieron en pie y empezaron a vestirse. Faltaban tres cuartos de hora para el tren.
Después les pidieron que se demoraran un momento, y Venera, Savva y Liubomir se detuvieron junto a la salida.
Al cabo de unos minutos los rectores del templo sacaron el icono de la Madre de Dios «Fuente Vivificante».
El primero en postrarse ante el icono fue Savva; luego se acercó Venera llevando de la mano a Liubomir, y el niño también dobló la rodilla ante la santa imagen.
El beso de Liubomir duró unos segundos; tocó el icono con la frente, y todos los que estaban presentes sintieron algo.
Fue un soplo leve que atravesó a cada uno como una brisa suave, pasando casi inadvertida.
Los testigos de aquel milagro fugaz se miraron unos a otros.
No habría sido fácil explicar el sentimiento que había surgido, pero todos comprendían que estaba sucediendo un misterio.
Despedían a quienes debían cambiar muchas cosas.
A aquellos con los que estaba Dios. No sabían adónde se dirigían sus huéspedes, pero creían con todo el corazón que ante ellos aguardaba la tierra santa.
Savva, Liubomir y Venera, por su parte, sentían que no volverían allí. Era un camino de ida. Tras agradecer la hospitalidad, se despidieron y salieron del templo.