Chapter 32
CAPÍTULO TERCERO
INQUIETUDES Y SUEÑOS PRODIGIOSOS
En el plazo señalado le nació a Venera y a Eusei un hijo, y aquello fue en verdad un milagro.
Los padres comprendían que en el sacramento del nacimiento de su hijo había puesto la mano la naturaleza misma, aunque aceptarlo habría sido difícil e incluso imposible si no hubieran creído en la fuerza de la naturaleza con toda el alma y todo el corazón.
Venera y Eusei eran lo bastante inteligentes para prestar oído a sus propios sentimientos y comprender que su vínculo con el espíritu de la tierra era fuerte.
Pero, al aceptarlo, experimentaban también un enorme sentimiento de gratitud; se llenaron de reconocimiento hacia el espíritu de la tierra por aquel gran don y le respondían con todo el corazón.
Sentían que la tierra les mostraba su favor.
Su unión era virginalmente pura; nunca le habían pedido nada a la naturaleza, sino que la veneraban como a una madre, como a una parte inseparable de sí mismos.
Comprendían que también el nombre de su hijo debía dárselo la naturaleza.
Más aún: sentían que el alma a la que habían dado vida poseía personalidad ya antes de nacer, que ellos eran solo sus padres temporales y que sobre ellos recaía la responsabilidad de darle todo lo que la providencia exigiera.
Al cabo de un tiempo, a Venera le llegó en sueños el nombre de su hijo.
Oyó una palabra pronunciada por alguien: «Liubomir»; al despertar se lo contó a Eusei, y sus dudas se disiparon. Al niño lo llamaron Liubomir.
Era una criatura prodigiosa. No habrían encontrado palabras si hubieran querido describir el amor que sentían por él.
No se separaban de él ni un minuto. Se lo llevaban cuando subían a la montaña, y su hijo crecía en la naturaleza misma, en su belleza virgen y viva.
Mientras Liubomir fue pequeño, Eusei lo llevaba a la espalda en una mochila, pues era un alpinista experimentado y su hijo, por su corta edad, era ligero y se agarraba bien.
Liubomir iba montado sobre los hombros de su padre y jugaba con él: ora le tapaba los ojos, ora le acariciaba y le enredaba los mechones del pelo, ora balbuceaba algo infantil, ora se quedaba callado, hechizado por la belleza prodigiosa que llenaba los paisajes en torno a sus senderos.
Pasaban los años y se alargaban las rutas de sus viajes.
Los tres recorrieron miles de kilómetros por la montaña y guardaron en la memoria miles de lugares prodigiosos que los deslumbraron con su belleza.
Liubomir caminaba ya solo, dando la mano a su padre y a su madre.
Juntos conquistaron muchas cumbres, salvaron muchos puertos, se bañaron en muchas cascadas, salieron a muchos claros maravillosos saciando la sed en manantiales purísimos y el hambre con bayas del bosque.
Chapoteaban en los arroyos como niños, y no había en su vida nada que estuviera por encima de aquello: la felicidad verdadera era imposible de confundir con nada.
Al volver a casa tras las marchas largas, se sumergían de nuevo en el ajetreo dichoso de la vida.
Eusei se ocupaba de la construcción de la casa y del huerto, Venera seguía cosiendo sus muñecos de cuento, que parecían tener alma propia y convertirse en parte del mundo circundante.
Difícilmente podían aspirar sus creaciones a una existencia corriente bajo el cielo: la naturaleza llamaba a aquellas criaturas prodigiosas a sus propias alturas.
Liubomir, por su parte, ayudaba a su padre y a su madre, escuchaba el canto de los pájaros en el bosque que rodeaba la casa y hojeaba los libros que le habían preparado.
En los días que siguieron a la terrible asamblea en la cúspide de la torre Burj Khalifa, Venera y Eusei no sabían que se había declarado sobre ellos una cacería mundial.
Que todos los demonios de la tierra se habían puesto a buscarlos y que tarde o temprano habrían de encontrarlos.
No sabían que el Alma del Todo los protegía, pero que solo podía ocultarlos con seguridad en el lugar de su propio despertar.
Solo allí estaba su cúpula invisible, pero aquel lugar quedaba demasiado lejos de la familia feliz. Su casa no estaba protegida.
Entretanto, todos los demonios de la tierra habían sido soltados.
Cada criatura terrestre se afanaba por descubrir su rastro, y el cerco no tardaría en cerrarse.
Los demonios habían dado con su pista, habían encontrado ya a sus padres y a sus amigos más cercanos y ahora solo aguardaban una señal, un contacto, una noticia para descubrir su refugio y destruirlo junto con ellos.
Sus padres ancianos, entretanto, no notaban nada y seguían llevando una vida corriente.
Es difícil detectar una larva pegada. Millones de personas llevan encima criaturas semejantes toda la vida.
Los demonios esperaban, y todo el ejército de Satanás estaba también en estado de alerta.
Era de tarde cuando Venera, Eusei y Liubomir regresaron a casa.
Antes habían pasado el día entero en la ciudad, corriendo de hospital en hospital.
Tras la última excursión, a Liubomir le había subido la fiebre; tenía escalofríos, empezó a vomitar y le salió una erupción extraña por el cuerpo.
Solo al día siguiente descubrió Venera en la cabeza de su hijo una garrapata clavada hondamente en la carne e imposible de extraer.
Se prepararon al instante y se fueron a la ciudad.
En el hospital local los hicieron esperar largo rato.
Venera se deshacía en lágrimas, e incluso el templado Eusei empezó a ponerse nervioso al ver que su hijo estaba cada vez peor.
Los médicos parecían no verlos. No tenían ninguna prisa; se acercaban una y otra vez a la máquina de café, bebían café y pasaban el rato en charla ociosa.
Las personas de bata blanca parecían ocupadas en su propia vida.
Daba la impresión de que los enfermos solo perturbaban la calma y el sosiego del personal sanitario.
La indiferencia y el aburrimiento impregnaban aquel lugar del techo al suelo. Cuando Eusei se acercó una vez más al mostrador de registro y descubrió que nadie se había ocupado todavía de ellos, se encolerizó y dio un puñetazo en la mesa:
—¿Cuánto hay que esperar? ¿O es que aquí a nadie le importa un niño que se está muriendo? ¡Llámenme ahora mismo al médico jefe!
El grito de Eusei fue como una piedra arrojada a la superficie de un estanque cenagoso.
Al padre indignado se le acercaron enseguida dos enfermeros que intentaron calmarlo.
Al poco llevaron a la familia entera a una habitación en la que no había nadie.
Eusei tendió a Liubomir en la cama y siguieron esperando al médico.
El niño, sufriendo por su mal, se contenía con todas sus fuerzas.
Tenía ya siete años. Ni Eusei ni Venera habían tenido nunca ningún problema con él.
Su hijo se distinguió siempre por su serenidad y su sensatez.
Su perspicacia y su inteligencia asombraban a menudo a sus padres.
Meditaba sobre cosas que ni siquiera los adultos meditan siempre.
Su capacidad para la lectura, para el cálculo, para las lenguas y para el razonamiento lógico resultaba asombrosa.
A los niños como él la prensa los llamaba niños índigo, pero él habría destacado incluso entre ellos.
Y con todo, no había en él ni una pizca de arrogancia ni de suficiencia.
Aunque las preguntas que a veces les hacía a sus padres los dejaban atónitos.
Comprendían que su hijo poseía un mundo interior insólito e ilimitado, pero esperaban de él travesuras, trastadas y diabluras.
Sin embargo, Liubomir seguía serio y hablaba de cosas serias.
Una vez, durante una de sus excursiones, sentado junto a la hoguera, Liubomir le preguntó a su padre:
—Papá, ¿por qué hay tantas desgracias en el mundo? ¿Por qué la gente es mala? Sufren, les duele, pero ¿por qué causan sufrimiento y dolor a otras personas? ¿Por qué nadie les explica que eso está mal? ¿Por qué nadie quiere ayudarlos? ¿Por qué nadie quiere protegerlos?
Al decir esto, Liubomir se echó a llorar.
Eusei veía cuánto conmovía a su hijo lo que ocurría en el mundo, hasta qué punto le tocaba su corazón puro y todavía sin mancha aquello que le llegaba desde el altavoz de la radio, aquello que sentía sin verlo siquiera.
Eusei comprendía a su hijo como nadie. Pero no sabía cómo explicarle lo que sucedía en el mundo.
No sabía cuáles serían las palabras justas.
Abrazó fuerte a Liubomir e intentó encontrar una explicación adecuada.
—En el mundo hay poca cordialidad, hijo mío.
Mucha prisa, mucha desesperación, mucho miedo, mucha desesperanza, mucho rencor; pero poco amor.
Poca bondad de la que brota de los corazones puros.
Pocos capaces de cuidar de los corazones puros.
Los hombres han perdido la verdad y vagan en la oscuridad.
No ven lo cierto y, sin ello, sus corazones engañados se cubren de barro y mueren.
—Pero ¿por qué nadie les cuenta esa verdad? —exclamó Liubomir—. ¿Por qué no se la revelan? ¡Si entonces todo cambiaría!
—Ojalá todo fuera tan sencillo —suspiró Eusei—. Verás, el asunto es que no todos necesitan esa verdad. Muchos no la necesitan, y de ahí vienen todas las desgracias. Les parece que la verdad es complicada y que la mentira es fácil y sencilla. Además, no todos tienen inclinación a la verdad.
—Explícamelo, papá —pidió Liubomir—. No lo entiendo.