Chapter 29
CAPÍTULO TERCERO
LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN
Jesucristo se despidió de Serafín pero, antes de abandonar la tierra, decidió dirigirse a una de las metrópolis para ver con sus propios ojos la cima de la civilización. Y cuando estaba en la azotea de uno de los rascacielos más altos, a sus espaldas sonó la voz del príncipe de este mundo, Satanás.
—¿De veras no vas a visitarme? —preguntó Satanás—.
Mira. ¿Bonito? Todo esto lo he creado yo.
Bienvenido a mi tierra prometida, a mi Edén.
Desde nuestra última conversación han pasado ya más de dos mil años.
Mira cómo lo he cambiado todo. Este mundo lo he creado a mi imagen y semejanza.
¿A que te gustan estos edificios? Hechizan, ¿verdad?
—Cada cual mira lo que mira, Satanás —respondió Jesús—. Yo no veo aquí belleza alguna. Veo el dolor humano, corazones atravesados por el miedo y la desgracia, océanos de lágrimas de personas inocentes a las que atormentas sin descanso.
—Me disteis mil años —siseó Satanás—. Y los he aprovechado con cuidado, sin perder un segundo. ¡Me he hecho más fuerte! Ahora debéis temerme. Mi poder hará estremecerse a los cielos. Fue vuestro error. Ahora veremos quién gana.
—Eres necio, Satanás, si sigues sin comprender cuál es el fundamento de la vida —respondió Jesús—. Y eso podría haberte salvado.
—¡El fundamento! —rio Satanás—. ¡Yo soy vuestro contrario absoluto, en eso está mi fundamento!
¡Soy la muerte misma! Yo dividí el Universo en dos partes, yo formé el gran yin y el gran yang.
¡Yo creé este mundo del alfa al omega! ¡Soy vuestro contrapeso!
¿Qué haríais sin el mal? ¿Sobre qué fondo presumiríais de vuestras ropas blancas?
—Eres una parte innecesaria del universo —respondió Jesús—.
Hay universos en los que no existe la muerte, y a ti ya te queda poco.
Dices que todo esto lo has creado tú; pero ¿qué harías si hace dos mil años no hubiera descendido el Espíritu Santo sobre los hombres?
Yo di a los hombres el don creador y uní su semejanza divina con una gran razón. ¿Y tú qué les diste? ¿Magia?
—¿Los uniste con la razón? —exclamó Satanás—.
¿Y por qué no los uniste con tu corazón?
Todos vosotros sois unos santurrones, y los hombres necesitaban calor y amor, pero no encontraron nada de eso y por eso vinieron a pedirme protección a mí.
Vosotros estáis demasiado lejos, y los hombres necesitan a alguien cerca; pero cerca no había nadie más que yo.
¿Cómo se explica eso? A veces me parece que sois tan débiles que no sois capaces de nada.
—Me viste en tu infierno ¿y aun así dudas? —preguntó Jesús—. Tu infierno cayó ante la fuerza del Señor. ¿No te basta?
—Desde entonces han pasado dos mil años —observó Satanás—.
Ahora mi infierno ya no es el mismo. Ahora es la Jerarquía de las tinieblas, poderosísima.
En estos dos mil años, cuántos ángeles se han pasado a mi lado.
Ahora somos fuertes como nunca. ¡He construido tales puentes, he abierto tales puertas, que por ellas han pasado ejércitos grandiosos!
Estos son mis guerreros infernales: Atila, Gengis Kan, Tamerlán, Cayo Julio, Adolf, Augusto, Mao, Erzsébet, Benito, Iósif, María, Idi, Francisco…
¡puedo enumerarlos hasta el infinito! ¡Yo los engendré!
Los liberé de la suerte infernal para que hicieran en la tierra las obras del infierno.
¡Abrí de par en par la caja de Pandora! Pronto no quedará nadie en el infierno.
Todos pasaremos aquí. Devoraremos tu gracia, nos llevaremos la vida, le beberemos toda la savia vital, y a todos tus justos los enviaremos al infierno, y eso será justo.
En otro tiempo Dios me privó de todo; ahora yo lo privo a él de todo.
Sus semejanzas divinas sufrirán en la tierra como en el infierno.
Mi ejército es inmortal, mis engendros son monstruosos, y todo este paraíso terrenal lo convertiremos en un antro.
Profanaremos todos los santuarios. Aquí el amo soy yo, y por tanto me toca decidir a mí.
—Demasiado te has arrogado, Satanás —dijo Jesús—. ¿Es que no notas que tu muerte te respira ya en la espalda? Y yo seré quien te aniquile con toda tu inmundicia.
—¿Y por qué no lo haces ahora mismo? —enseñó los dientes Satanás—.
¿Quizá no es el momento? Aaah, se me olvidaba: cuando llegue la justicia suprema, como decida el amor mismo, hay que esperar…
En fin. Esperad. Y yo, mientras tanto, inventaré alguna otra abominación.
Vosotros no tenéis prisa, tenéis tiempo de sobra; y yo me burlaré de los que no lo tienen.
Divinizaré la lujuria, los instintos más bajos, para que los hombres se conviertan en monstruos y para que haya más abortos que nacimientos.
Ni siquiera puedes imaginar cuántos millones de tus hijos de Dios son arrancados de raíz del seno santo.
¡Mira! A cada hombre se le ha pegado una larva mía, en cada uno hay un demonio mío; devoran la esencia humana desde dentro, todos dependen de mí, son mis marionetas, y yo los manejo.
Son mis zombis, un rebaño sin cerebro de seres sin vida y sin alma.
¡Mira! ¡Qué genialmente lo he organizado todo!
Contempla cómo ha germinado mi gran creación, el ego, en las almas humanas.
Llenando con él toda su esencia divina y corroyéndola desde dentro.
¡Mira! ¡Bastó con que inventara el espejo para que se hundieran en el egocentrismo!
¡Se amaron a sí mismos más que a Dios! En cuanto les di la soberbia, se elevaron al instante al nivel de dioses.
¡Han construido tantas torres de Babel en sus propias almas que uno se queda pasmado!
¡No pueden vivir sin elogios, sin adulación y sin honores!
Mi ego ha engendrado todos los vicios humanos, todos los pecados mortales, y eso no es todo.
Miles de millones de personas viven en la ilusión, en el vacío, en el engaño que yo he creado.
Y les gusta ese engaño. Por él se morderán unos a otros con los dientes.
Hasta convertirse en criaturas inmundas. Y ese proceso es irreversible.
Satanás se echó a reír y miró a Jesús con aire de superioridad.
—He creado el mundo que quise crear. Es espejismo, es narcótico y es cloaca.
Toda porquería que hay en ella la he creado yo, pero un día inventaré una plaga tal que limpiará la tierra de escoria, y quedaremos solo nosotros: el poder supremo, la élite del infierno, los hijos del averno, los que han estado conmigo desde el principio mismo, desde la primera rebelión contra Dios hasta el día de hoy.
Nuestra sociedad secreta está ya en la cúspide de este mundo.
Tenemos tanto dinero que podemos permitírnoslo todo: decidir el destino de los Estados, comprar continentes, condenar pueblos al hambre, organizar revoluciones y encender guerras.
Somos los nuevos dioses de la tierra. Pero esos hombrecillos…
La humanidad debe ser destruida. ¿En qué se diferencian los hombres de las cucarachas?
Limpiaré la tierra y la llenaré con mis criaturas, y esa será mi evolución, el apogeo de mi poder; este milenio será decisivo.
—Poco te queda para alegrarte —dijo Jesús—. Tu evolución terminará en la gehena de fuego.
—¿Por qué los defiendes tanto? —se asombró Satanás—.
No hay en ellos ni fe ni conciencia. Por cuatro monedas puedo comprar a cualquiera; están dispuestos a separarse de sus propias almas de balde.
Su conciencia tiene precio, y su fe es tan ilusoria que se derrumba a la primera prueba.
¿Dónde están tus justos, tus santos? No existen.
Ahora llaman santo a cualquiera; tendrías que ver cómo pecan tus justos.
Satanás soltó una risita, tapándose los ojos con la mano.
—No te disgustes. Simplemente se alegran del libre albedrío.
Es su elección, tú no tienes nada que ver.
Saben perfectamente lo que necesitan, y yo se lo doy con cucharita.
No les interesa lo que habrá después de la muerte.
Viven aquí y ahora. Sí, a algunos de ellos les entra el miedo en el lecho de muerte, a algunos les despierta la conciencia, pero todos están convencidos de que se puede pecar toda la vida y de que al final basta con rezar para que cada cual obtenga el perdón.
¿No es esa tu doctrina? ¿O es alguna falla de la naturaleza?
¿Y si el hombre no puede vivir sin vicio, sin pecado, sin tormentos?
¿Y si el hombre es un error de Dios? ¿Y si esa es la verdadera naturaleza del universo?
Tú lo niegas, intentas luchar, pero apenas te crees a ti mismo.
Los dioses también se equivocan, pero nosotros no tenemos por qué apechugar con sus errores; ellos mismos responden de lo que han hecho.
Dios es la causa de todo. Todo lo que hay alrededor es la consecuencia de lo que se hizo.
Y no estoy seguro de no ser parte de un plan secreto.
Me crearon con una desviación para que me rebelara; así pues, ¿quién de los dos es más pérfido, yo o Dios?
Mi elección estaba decidida de antemano, y comprendes lo que eso significa.
Soy una víctima, soy un mártir al que se le han cerrado todos los caminos.
¡Por eso mis caminos me los creo yo! ¿Dónde está entonces la justicia suprema?
¿Dónde está la ley sempiterna? ¿Crees que no tengo nada que decir en mi defensa?
—Te daré esa oportunidad —dijo Jesús—. ¿Pero te servirá de algo? En ti nunca hubo arrepentimiento. De tu corazón siempre salió solo hedor. Mírate. No te crearon así: así te creaste tú mismo. ¿De veras Dios no te amaba? ¿Para qué había que golpearlo por la espalda?
—¿Por la espalda? —exclamó Satanás—. ¿Habrás olvidado cómo luché cara a cara contra Dios y contra todos sus ángeles? ¡Yo no conocía el miedo! ¡No tenía igual!