Chapter 21
CAPÍTULO PRIMERO
EL ESPEJISMO
El sol abrasaba. Incluso con los ojos cerrados, Jesús no dejaba de ver el disco cegador.
Y cuando los abría veía el mismo desierto sin vida por el que llevaba vagando ya muchos días.
Después del bautismo, el Espíritu Santo condujo a Jesucristo al desierto, donde le aguardaba una prueba durísima. En qué consistía, aún no lo sabía.
En cuanto descendió sobre Jesús el Espíritu Santo, todo se le presentó ante los ojos.
El ojo que todo lo ve del Padre le mostró a Jesús su vida anterior entera, le reveló su personalidad, su esencia, su alma.
Por medio del Espíritu Santo lo vio todo: a sí mismo antes incluso de nacer, todas sus vidas pasadas, sus apegos y sus aficiones de antaño.
Todo aquello se volcó sobre él como si se derramara de una copa inmensa.
Recordó cómo Dios, su Padre celestial, lo había educado con amor.
Cómo lo había dotado de su sabiduría divina.
Recordó cómo había crecido en la verdad.
Examinó en detalle cómo está dispuesto lo existente, sintió los principios verdaderos de la vida, comprendió los mecanismos del universo entero.
Y a través de aquella multitud de visiones vio su verdadero destino.
Ahora sabía que lo gobernaba la providencia.
La conciencia de su propia suerte cayó sobre su alma como una cruz mortalmente pesada que ningún mortal habría podido llevar.
No, no se disponía a resistirse a la suerte que le había tocado; comprendía la imposibilidad de elegir otro camino.
Además, una posible renuncia a lo que le había correspondido habría sido la traición de todo aquello que él sentía como verdadero y eterno.
Jesús abrió los ojos y se los cubrió con la palma.
Todo estaba decidido. La vida entera de Jesús estaba predeterminada.
Ante él se extendía un camino recto y claro.
Podía aceptarlo todo como debido, podía meditar sobre sus pasos siguientes, pero apartarse de aquel camino no podía.
La carga de toda la humanidad reposaba sobre aquel altar, sobre aquella ara que coronaba el camino que le había tocado a Jesús.
Y su muerte era un precio insignificante por la salvación del mundo entero.
El bautismo no se había limitado a poner su vida del revés.
La había dotado de su verdadero sentido.
Cuarenta días y cuarenta noches entre aquellas piedras y aquella arena.
Resultaba insólito no comer nada y no sentir hambre por ello.
No beber nada y no experimentar sed. El maná del cielo llenaba su cuerpo.
Pero lo principal no era en absoluto la saciedad.
Lo principal era la comunicación con Dios, que parecía llenar todo el espacio en torno a Jesús.
Solo después del bautismo pudo Jesús sentir la plenitud entera de lo divino.
Solo ahora se reconoció Hijo de Dios. Ahora podía conversar con el Altísimo.
Podía preguntar y escuchar. Su Padre celestial no se demoraba con las respuestas, que atravesaban el ser entero de Jesús.
Y, al hablar con Dios, Jesús comprendía que su alma había sentido siempre aquel vínculo.
Comprendía que el saber que poseía no solo podía asestar un golpe terrible a las fuerzas del mal y convertirse en panacea contra la muerte.
Aquel saber podía y debía enmendar a la humanidad entera, curarla de su dependencia y su posesión diabólicas.
Pero había además que llevar a los hombres la luz de ese saber.
Los hombres debían comprenderlo, aceptar como verdad lo que él dijera.
Como aquella verdad que sería luz de salvación para todas las generaciones venideras.
Y esa era una tarea difícil. Volvió a mirar al cielo. El sol estaba en el cenit.
Del suelo abrasado se alzaban corrientes de aire caliente que deformaban todo alrededor. Parecía que se fundiera el horizonte mismo. ¿Cuántos centenares de estadios había medido sobre aquellas piedras? Sin duda más de los que podía recordar, porque a veces se sumergía en sus propias cavilaciones.
Sin interrumpir la marcha, durante largas horas Jesús pensaba en que los hombres se habían embastecido y en que ya se les permitía comer carne.
En que los diez mandamientos dejados a Moisés, aunque eran la ley fundamental de la vida y el camino más corto a la salvación, no habían resultado ser una panacea.
Los hombres seguían viviendo su vida de siempre.
Además de aquellos mandamientos, el mundo necesitaba una verdad indiscutible.
Con dolor en el corazón, Jesús comprendía que, incluso viendo a Dios con sus propios ojos, no todos le creerían.
Librarse de la ceguera y de aquellas tinieblas que se esconden dentro del ser humano no era nada sencillo.
Entretanto, el paisaje que flotaba sobre el horizonte abrasado empezó a adquirir cierta forma.
Jesús comprendía que veía un espejismo, pero se encaminó hacia él.
El desierto por el que había vagado muchos días se transformaba ante sus ojos en un oasis, en un rincón paradisíaco y prodigioso.
He aquí que Jesús alcanzó los límites del espejismo, he aquí que se halló en una ilusión llena de color, indistinguible de la realidad.
A su alrededor caían cascadas paradisíacas desde las rocas, estanques azules regalaban frescor, árboles hermosos atraían con su sombra y con unos frutos prodigiosos y desconocidos para Jesús.
En lo hondo de aquel jardín maravilloso, Jesús distinguió a un anciano sentado de espaldas a él.
La cabeza del anciano estaba cubierta con una capucha, pero su postura no dejaba lugar a dudas: ante él estaba sentado un hombre entrado en años.
Y sin embargo no era un anciano. En un instante lo atravesó la certeza.
—Paz a vuestro mundo —dijo al desconocido.
El anciano se levantó, se volvió y mostró a Jesús el rostro de un hombre a cuyas espaldas se extendían miles y miles de años.
Cada arruga, cada pliegue, cada mancha de su rostro hablaba de su existencia infinita.
No cabía duda alguna. Ante Jesús estaba el más pérfido de los enemigos, el ángel caído, Satanás mismo, el Diablo mismo.
—Salud, caminante —dijo el Diablo—. Toma lo que quieras. Estarás cansado y hambriento del camino, ¿no? En mi jardín podrás encontrar todo lo que desees. Puedes incluso quedarte en él, si quieres. Mi casa es tu casa.
—Sé quién eres —le respondió Jesús—. He oído hablar de tus tentaciones, desde la rebelión en el cielo y la caída del pobre Adán hasta este lugar en el que ahora estamos.
El Diablo no respondió de inmediato. No pudo ocultar su asombro. No esperaba ser desenmascarado al instante. Había que cambiar el plan de tentación preparado. Pero, para empezar, había que pensarlo todo. Por suerte, incluso el tiempo le obedecía en aquel jardín.
«¿De dónde lo ha sacado? —bullían despacio los pensamientos en la cabeza del caído—.
¿No será demasiado listo para ser un justo?
¿O es algún fanático religioso que simplemente lo ha adivinado?
Si de veras es inteligente, convendría estar alerta, porque bajo su apariencia puede esconderse un mensajero de Dios o un ángel celeste de alto rango que sabe demasiado sobre mí.
Pero si es un fanático religioso, mi conversación con él será breve.
Con mis discursos perderá pronto la razón.
Y si intenta conservar la cordura, su locura será aún más espantosa. »
En un instante el Diablo vio con claridad que aquella sería la partida más importante y la tentación más difícil de su vida.
Era precisamente ese encuentro el que había esperado durante milenios, y era precisamente para él para el que se había preparado.
Santos como aquel no los había tenido todavía.
Debía mostrarse en todo su esplendor y su elegancia.
Debía, si era preciso, presentarse ante su interlocutor en toda su magnificencia, con su mejor armadura de combate.
Para él aquella era la batalla decisiva: una lucha a vida o muerte.
—No creas los rumores —dijo el Diablo con suavidad—. De mí se dicen cosas muy distintas, pero nadie conoce la verdad.
—¿La verdad? —repitió Jesús—. En ti no hay verdad.
Solo hay engaño. Y yo no me guío por rumores.
Todo es evidente de por sí. Fuiste expulsado precisamente porque no te contentaste con la verdad.
Aquellos a quienes arrastraste contigo con engaños ahora lo lamentan.
La culpa es solo tuya. Tú eres el que llevó la muerte a los cielos.
Tú eres el que quebrantó las leyes de la vida.
Vuélvete. Mira a tu alrededor. ¿Cuánta inmundicia has criado, incapaz de otra cosa que de devorar?
Y devora y destruye todos los engendros de la vida, todos los frutos de Dios.
—¿Cómo te atreves a acusarme? —el Diablo contuvo a duras penas su furia—.
¿Sabes ante quién estás? Yo soy el que creó todo lo que ves.
¡Este mundo entero! Este es mi Universo.
¡Le he puesto el alma! Lo he mimado desde el principio y estaré en él hasta su final.
¿Sabes quién soy? Llevo mil millones de años cuidando de toda esta vida.
He creado el universo entero. Todos me deben la vida.
Yo soy el que da la vida y el único que tiene derecho a quitarla.
—¿Quién te crees que eres? —le preguntó Jesús con calma—.
¿Acaso eres Dios? ¿Dónde vives tú? ¿No es en la prisión de Dios, en el infierno?
Lo que has creado desde el infierno, en el infierno se quedará.
De tu vida ya no queda prácticamente nada.
Tu hora ha llegado. Sabes que no estoy aquí por casualidad.
He venido a arrancar de tus garras las almas que has encerrado en tu infierno espantoso.
Pero no solo eso. Responderás de cada muerte y de todo el dolor que has causado.
No puedes imaginar lo que te espera. Pero sabes que será una gehena de fuego, un millón de veces peor que este infierno.
Y no lograrás atravesarla. Perecerás en ella para siempre.
Ese infierno tuyo está preparado para ti mismo.
Pero a mí no me da miedo, Satanás. Estoy protegido de él.
Todos los tormentos que se pueden soportar los he soportado ya en mi propia alma.
Así que no me asustes: teme tú. Que yo esté aquí significa el fin de tu poder.
Tus trampas son impotentes. Estás furioso porque hay cosas que no te están sometidas.
Hay algo que es más fuerte que tú. Te has llamado a ti mismo príncipe de este mundo, pero todo tu poder está encerrado en unos límites estrechos que destruiré junto contigo.
No eres el creador del universo: eres su gusano. Y tu tiempo ha pasado.
El Diablo pareció petrificarse. Aquel huésped era a quien temía.
No, no era un fanático religioso ni nada por el estilo.
Ante él estaba aquel por cuya causa él mismo había ido a la guerra contra Dios.
El Hijo de Dios, dotado injustamente de un poder desmedido.
Aquel en quien estaba la causa de su rebelión y de su caída.
Era precisamente él quien estaba ante el Diablo en carne y hueso, ante sus ojos.
No… Aquello no podía ser. Dios no podía haberle enviado a su Hijo.
Aquello parecía una trampa mortal preparada para él mismo.
¿O acaso la trampa era para el propio huésped?
¿Por qué entonces él, primogénito de Dios, tolera a este insolente?
¿Por qué ha de contener una cólera acumulada durante milenios?