Chapter 20
CAPÍTULO UNDÉCIMO
MENSAJE A MOISÉS, O LA GRAN PROVIDENCIA
Por fin llegó Moisés al último manuscrito.
En realidad no quería que se terminaran.
Había en ellos tanta fuerza, tanta revelación, que Moisés habría estado encantado de pasar su vida entera leyéndolos.
Y no necesitaba comida ni bebida, techo ni comodidad: aquellos manuscritos le daban todo lo que precisaba, y aun con exceso.
Era el maná del cielo que había deseado con todo su corazón y que lo colmaba hasta el borde con su gracia y su luz.
Pero el libro se acercaba a su fin y ahora le tocaba leer sus últimas páginas.
El último papiro estaba envuelto con un cuidado especial, y eso le pareció a Moisés un poco extraño. Desenvolvió las hojas frágiles, las alisó y se puso a leer.
«Salud, bisnieto mío, tú que eres carne de mi carne y en cuyas venas corre sangre divina, sangre de un gran atlante.
Te escribo porque he tenido una visión particular relacionada contigo.
Vi a aquel a quien guardaban miles de ángeles, un niño singular cuyo destino es grande y cuya suerte es luminosa, aunque difícil.
Le estaba escrito nacer en tiempos turbulentos, pero los dioses le fueron favorables, y ahora debo decirte que ese niño eres tú.
Por tu salvación y en nombre de la providencia, tu madre te puso de recién nacido en una cesta y te dejó bajar por las aguas de un río inmenso cerca del lugar donde yo erigí al gran guardián del tiempo y el templo del Tiempo Universal.
La providencia se ocupó de que te encontraran aquellos que habrían de adoptarte; será una familia real, y les será ordenado darte tu nombre: "sacado de las aguas", esto es, Moisés… »
Moisés se puso en guardia. Lo que había leído no podía ser verdad.
Pero lo era; lo sentía. Releyó una vez más lo que acababa de leer, y otra vez, creyendo que lo escrito se le antojaba.
No, no era ni espejismo ni embrujo. Pero aquello sencillamente no podía ser, era imposible, no esperaba en absoluto leer eso en aquellas páginas antiguas.
Con una agitación considerable, Moisés se puso en pie de un salto, corrió por el jardín y volvió a sentarse a la mesa.
Le temblaban las manos. Lo que vivía mientras hojeaba aquellas páginas antiguas era una conmoción y ninguna otra cosa.
Incluso contenía la respiración cuando escrutaba las líneas descoloridas.
Moisés sabía que, en efecto, lo habían pescado de las aguas en una cuna.
Sabía que precisamente por eso lo habían llamado así y que precisamente así había llegado a la familia real, que fue la familia del faraón Ajenatón, y la fecha de su nacimiento coincidía, en efecto, con unos tiempos turbulentos en los que murieron multitud de recién nacidos: por lo visto alguien no quería que naciera, y a ello se oponían todas las fuerzas de las tinieblas.
Pero todo aquello junto parecía una invención increíble o una coincidencia igual de increíble.
No: siguió leyendo, advirtiendo la asombrosa semejanza de la historia descrita con la suya propia, pero no estaba simplemente perplejo, no lo atormentaban simplemente las dudas: cada palabra siguiente lo atenazaba y lo retorcía, casi estaba perdiendo la razón.
«Escúchame, Moisés. No te asombres y serénate.
Todo lo que estás leyendo ahora fue escrito para que tú lo leyeras.
Estos manuscritos fueron escondidos y destinados a un solo hombre: tu padre adoptivo, rey de estas tierras.
Precisamente para él se conservarán en un lugar particular del templo del Tiempo, guardados por los sacerdotes hasta un momento determinado.
Pero al final quien deberá leerlos serás tú.
Ahora todo lo demás es obra de la providencia.
Debes ser aquel que cambie la vida de la tierra; tú manifestarás al mundo la ley.
Y después de ti vendrá un mesías nuevo, un nuevo Horus.
Por primera vez en muchos milenios, Sirio —la estrella de Isis— se alzará exactamente sobre la pirámide y anunciará el nacimiento de aquel a quien todos han esperado tanto tiempo.
El nacimiento del verdadero hijo de Dios.
Que la gran plenitud divina esté contigo, descendiente mío, y que se cumpla lo que la vida tiene trazado. »
—¡Esto no puede ser una simple coincidencia! —susurró Moisés, conmocionado, comprendiendo que el mensaje estaba dirigido precisamente a él—. No podían siquiera sospechar mi existencia. ¡Pero sabían de mí! ¡Lo sabían mucho antes de que naciera! ¿Cómo es posible?
En aquellos manuscritos venidos de la antigüedad y entregados a él por su padre adoptivo estaba escrito precisamente sobre él.
Escrito con unos detalles que era imposible adivinar.
Moisés comprendía que no cabía error, que el mensaje había llegado a sus manos porque le había sido enviado, ¡pero no podía creer lo que estaba ocurriendo!
Aquello excedía todos los límites del entendimiento.
¿Cómo podían saber sus antepasados, idos hacía tanto, que sería precisamente él quien leería su mensaje al cabo de innumerables años y generaciones?
¿O es que todo se debe a la fuerza ilimitada de la providencia de la luz divina?
¿De veras es posible trazar un destino con miles de años de antelación?
¿Significaba eso que la providencia lo sabía todo de antemano y conducía a Moisés precisamente a aquel día?
Se quedó pensativo. Lo que le estaba ocurriendo resultaba inconcebible.
No solo su destino, sino todo cuanto lo rodeaba, todas las circunstancias vitales de la multitud de personas que lo rodeaban, se habían dispuesto de tal modo que todo convergiera en un punto.
Para que todo saliera como la providencia había concebido.
¿Significaba eso que en la vida no hay casualidades?
¿De veras todo lo existente es un gran juego?
¿De veras hay fuerzas invisibles que ayudan a cada hombre durante toda su vida y lo conducen a la meta señalada, despreciando la hueste de azares que lo amenazan y el millón de circunstancias adversas?
¿O ese juego afecta solo a algunos? Pero ¿no significaría semejante elección una responsabilidad aún mayor?
Moisés estaba a la vez arrobado por el milagro que se le revelaba y terriblemente agitado.
Y, sin poder contener las lágrimas, cayó de rodillas y exclamó:
—¡Oh, gran Virgen de la luz, que lo sabes todo y sobre todo en todos los siglos y en toda la infinitud del tiempo! Cumpliré lo que has trazado, por difícil que sea. ¡Recorreré el camino del destino que me has preparado! Cuenta conmigo, pues no hay otra posibilidad.
La conciencia de su propio destino inspiró a Moisés.
Su alegría no tenía límite. Se puso en pie de un salto y corrió a los aposentos de su padre para contarle lo que acababa de saber.
Tras pasar junto a la guardia, que reconoció al hijastro del soberano, Moisés irrumpió en la alcoba del faraón.
Ajenatón dormía todavía, pero Moisés lo despertó, lo abrazó y, entre lágrimas de alegría, dijo:
—¡Padre! ¡Sol mío eterno! ¡Levántate! ¡Tengo que contarte algo importante! ¡Me ha elegido la gran Virgen de la luz! ¡Tengo un destino! ¡Una misión! En esos escritos se hablaba de mí, ¿lo sabías?
El faraón, recién despierto, se incorporó con dificultad, sonrió y abrazó a Moisés:
—Sí, hijo mío, lo sé todo y vivo con ese conocimiento desde hace muchos años.
Desde el mismo día en que los sacerdotes secretos del templo me entregaron esos papiros lo supe todo, y desde entonces te he mirado no solo con amor, sino con asombro.
Ya te dije que me sé esos manuscritos de memoria.
Pero saber no basta: todos estos últimos años te he preparado para tu misión.
Te he preparado para que pudieras aceptar y soportar con dignidad la suerte que te está destinada, el destino que te ha tocado.
Y me alegra haber sabido educarte tal como eres.
Mi gratitud aparte a los dioses, que nos han impuesto a ti y a mí esta prueba.
Al fin y al cabo, tu misión es también la mía.
Soñaba con vivir hasta este momento, hijo amado mío.
¡Tú eres nuestra esperanza de paz, tú eres la salvación de las generaciones futuras!
No es por casualidad que te ha elegido el destino: detrás de ti están los dioses, y tú eres su simiente en la tierra.
Nuestra religión se disolverá algún día en estas arenas, nuestra civilización dejará de existir en algún momento, pero quienes te sigan permanecerán hasta el fin de los siglos.
Todo cambia, y al mundo se le revela el Dios verdadero, aquel único del que yo intentaba llevar noticia a los hombres: el gran Atón, el Dios único.
—¡Padre mío! —se asombró Moisés—. ¿Así que fuiste tú quien plantó todos esos árboles que me acompañan durante toda mi vida? ¿Adornaste con ellos nuestro camino? ¿Significa eso que no crecí entre ellos por casualidad? ¿Que no estaban siempre a mi lado por casualidad?
—Sí, Moisés —asintió Ajenatón—. Fui yo, y lo hice por ti. Te has emparentado con esos árboles. Bajo su sombra transcurrió toda tu infancia. Son parte de tu alma. Ellos te han educado. Guárdalos y cuídalos: en ellos está el alma de la tierra.
Ajenatón miraba a Moisés y veía en él su futuro.
Una alegría desbordante colmaba al soberano moribundo.
Su misión estaba cumplida. Ahora podía cruzar tranquilamente la frontera de la muerte; su destino se había realizado, ahora podía partir con ligereza hacia los dioses.
Aquellas emociones gozosas no pasaron sin dejar huella.
Ajenatón empezó a ahogarse; su corazón no soportaba las emociones que lo desbordaban.
Tosió y se apretó contra Moisés, tratando de retener la sensación de la cercanía de un ser querido.
Sabía que aquel era el momento de la verdad; por última vez miró a los ojos de Moisés, en los que vio lágrimas de alegría, y después el gran faraón, con el rostro dichoso, traspasó la línea de la vida y de la muerte y quedó inmóvil.
Al comprender que su padre moría, Moisés rompió a llorar con toda el alma.
La desgracia se abatió sobre él. En aquel instante de duelo repentino no podía pensar en el más allá ni en la vida eterna.
La existencia de ultratumba se le representaba como algo inconcebiblemente lejano e inalcanzable.
La muerte se le aparecía como un abismo negro e impenetrable que se había abierto entre él y su padre.
Un abismo que se había tragado para siempre a aquel a quien Moisés amaba con todo su corazón.
Comprendía que a su padre le quedaba poco, pero su muerte fue de todos modos, para el hijo adoptivo, un golpe duro y una pérdida irreparable.
Estrechaba entre sus brazos el cuerpo sin aliento de su padre y sollozaba en voz alta:
—¡¡¡Oh, dioses!!! ¡Vosotros que moráis en la eternidad y no conocéis la muerte!
¡¿De veras consideráis esto justo?! Hoy la muerte es más fuerte que todos, no hay nada más despiadado que ella en la tierra; hace todo lo que se le antoja y siempre se cree impune.
Se lleva todo lo que es caro al corazón; es implacable y cruel.
Elige a su víctima por su propio capricho maligno.
¡Mirad, dioses! Todas nuestras almas le están sometidas, estamos completamente indefensos ante ella.
¿Por qué se lo permitís? ¡Si ya llama también a vuestros cielos y todo le está sometido!
La odio por todo lo que ha hecho a los hombres, la maldigo por su inhumanidad; ahora sé quién es mi primer enemigo, ahora sé qué es lo que tanto repugna a mi alma y lo que, con toda probabilidad, no podré amar jamás en mi vida.
Mírame, oh, sol mío grande: nunca me resignaré a esta injusticia; mi fe es fuerte, pero ahora me pesa como nunca.
Estrechando entre sus brazos el cuerpo muerto de su padre, Moisés se deshacía en lágrimas y seguía dirigiéndose a los cielos y al padre que lo había dejado:
—Creo que ahora tú estás mejor que nosotros, padre, pero eso no me alivia. Te voy a echar de menos. ¡Ya te echo de menos! En mi corazón se ha abierto un vacío. Lo han atravesado con un cuchillo, y no sé con qué tapar esa brecha, con qué llenar el vacío de mi corazón, con qué curar esa herida.
Dicho esto, Moisés cerró los ojos a Ajenatón, su único padre, y dijo en voz baja:
—Tú por fin has despertado, padre, y nosotros seguimos durmiendo. Tú has sido el primero en entrar en nuestra tierra prometida, y nosotros seguimos aquí. Prepáranos allí nuestra casa eterna; pronto iremos hacia ti, pronto despertaremos también nosotros. Adiós, padre, y hasta pronto…