La Tierra Prometida Chapter 16
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Chapter 16

CAPÍTULO SÉPTIMO

LA HISTORIA DE ADÁN, PRIMER HOMbrE DE LA TIERRA

El viento nocturno agitaba unas cortinas finas y casi transparentes que protegían a Moisés de los mosquitos.

Alrededor de su refugio susurraba el follaje del jardín.

En el aire vibraban las cigarras. Desde el Nilo llegaba ese frescor deseado que tanto faltaba en las horas de calor.

Le hacía coro el murmullo de una fuente entre los árboles.

De pronto una ráfaga resultó algo más fuerte, la cortina se alzó y se enganchó en la estatuilla de la diosa Bastet que había sobre la mesa.

La figura se tambaleó, cayó y se rompió con estrépito.

Los fragmentos volaron en todas direcciones.

Fue aquel ruido lo que despertó a Moisés, que se había quedado dormido sobre los manuscritos.

La estatuilla rota de la diosa podría haber parecido un mal augurio, pero, gracias a Dios, Moisés no creía en augurios.

Se frotó los ojos y miró alrededor. Reinaba una noche cerrada, pero el enorme jardín de verano en el que Moisés se había instalado a leer estaba iluminado con antorchas.

Moisés miró la clepsidra, en la que flotaba un barquito.

A juzgar por el nivel del líquido en aquel reloj de agua, se acercaba el alba.

Sobre la mesa, ante él, había un papiro en el que se exponía el ser de Adán y Eva.

Precisamente leyéndolo se había dormido.

Y le pareció incluso que la lectura no se había interrumpido, sino que había continuado en el sueño.

En cualquier caso, la historia de la vida de Adán había formado parte de su sopor.

Hacía mucho que no tenía sueños tan claros y tan vivos.

Moisés acercó el papiro y se puso a releer los últimos capítulos para cotejarlos con su reciente sueño.

Al llegar a lo que aún no había leído, se llevó las manos a la cabeza.

Aquello no podía ser. Las líneas que leía por primera vez reflejaban lo que había visto en su propio sueño.

Es decir, no había soñado con lo leído antes.

¡No: estaba leyendo ahora aquello que ya había soñado!

¡Había soñado con lo que aún no le había dado tiempo a leer!

Completamente desconcertado, Moisés sacudió la cabeza, se levantó y fue hacia la fuente.

Inclinado sobre el espejo del agua, sació su sed y después hundió la cabeza en los chorros frescos.

Ya despierto del todo, Moisés volvió a la mesa sobre la que reposaba el Libro de la Vida, aún sin terminar.

Pasó la hoja de papiro y se concentró en el manuscrito siguiente, que empezaba así:

«Yo soy Adán, primer hombre de la tierra, padre de todos los que hay en ella y uno de los últimos atlantes, nacido en la tierra prometida, la Atlántida, a la que vosotros habéis llamado paraíso.

Vi las primeras obras de Dios no hechas por manos humanas, que formaban parte de nuestra vida, pues éramos inseparables de los dioses, vivimos en otro tiempo codo con codo con ellos y guardábamos su herencia.

No en vano nos llamaron guardianes del mundo.

»Yo, Adán, vi una vida en la que no había muerte.

Mis padres vivieron miles de años, y aquella fue una sucesión infinita de años de vida serena en armonía con el espíritu del planeta, en el resplandor eterno de su alianza sagrada.

Por mis venas corre la sangre azul con que nos dotó el Árbol de la Vida bajo la sombra de la gran Alma del Todo.

Aquella sangre azul fue la que nos dio la vida eterna.

La luz sempiterna que emana del Árbol de la Vida nos empapaba y estaba en todas partes; era la fuente de todo, y nosotros la protegíamos con ayuda de los cuatro grandes guardianes.

»Nosotros, los atlantes, fuimos grandes kronos que por medio del refulgente Nous sometíamos a nuestra voluntad la corriente del tiempo sempiterno, y nos ayudaba en ello la naturaleza misma, que era parte del océano primordial de la gran plenitud divina.

El principio supremo de lo divino, cuya carne y cuya materia se derramaba por todo lo vivo del universo.

Y solo gracias a ese elemento grande, omnipresente, sempiterno y primero era posible todo.

»He preparado un camino para los hombres de bien, para mis hijos y sus descendientes, en cuyas venas corre la sangre de los dioses, la sangre de los atlantes.

Ese camino es la salida del mundo pecador.

He creado las puertas de los mundos, por medio de las cuales los dioses se nos han acercado.

Con ayuda de esas puertas he unido lo celeste con lo terreno.

He erigido un gran trono para comunicarse con esos mundos.

Y yo, el kronos Adán, os dejo las llaves que habrán de entregarse a los guardianes de esas puertas, para que se os abran los grandes mundos de la tierra prometida.

Guardadlas como a la niña de vuestros ojos y no las entreguéis a quienes tengan la sangre impura, a quienes se alimentan del Árbol de la Muerte, ni a aquellos en quienes haya siquiera una gota del principio depredador de la naturaleza pervertida.

»Hace seiscientos ciclos fui yo la causa de la caída de nuestra gran civilización.

Tal fue el destino que me deparó la providencia de Dios; tal resultó ser la suerte de un atlante terrenal.

Lo que engendré en mi ignorancia es espantoso, y sobre mí solo pesan la sangre y la perdición de muchas generaciones; que me perdonen por ello todos mis descendientes futuros.

Esa carga oprime mis hombros; es un peso de por vida que mi conciencia saldará tarde o temprano, cueste lo que cueste.

Lo llevaré a través de la muerte y de los abismos, pues ya no son obstáculo para mí.

»Traicioné mi mundo virginalmente puro y lo abrí al Universo de la muerte.

Engendré el Árbol de la Muerte de la tierra.

En mi ignorancia abrí de par en par las puertas del mal y mostré las honduras del abismo.

Abrí la caja de Pandora, que ya nadie podrá cerrar.

Bajo mis pies se extendió el abismo, y fui expulsado de la vida, del gran seno de la naturaleza, como un feto miserable.

»Estuve en el origen del desdoblamiento de todo: del espíritu, del alma, del cuerpo, de la naturaleza, del cosmos, del Universo.

Con mis propios ojos vi cómo nacía el gran dualismo.

Con mi propio corazón sentí el instante en que el Universo se volvió doble.

Sentí cómo la esencia de mi alma quedaba dividida.

Palpé cómo mi carne superior era lastrada con su propio contrario, con el reflejo del espíritu, con la semejanza especular y muerta del alma viva, de la naturaleza.

Oí cómo un engendro de las tinieblas, un principio ajeno, se abría paso dentro de mí.

»Vi cómo nacía en mí el reflejo inmundo de un espíritu mentiroso.

Observé cómo germinaba la simiente infernal, seguí las contorsiones del gusano del mal dentro de mi propio ser, aquel gusano que puso en mí el Demiurgo maligno con todos sus arcontes de la Heimarmene.

Vi simientes semejantes en todas las almas vivas.

Fui testigo de cómo aquel ego repugnante buscaba su alimento, intentaba sobrevivir a cualquier precio, de cómo mutilaba y desecaba lo vivo y lo puro.

Vi cómo se imponía sobre los hombres y cómo empapaba de veneno mortal las almas en las que originalmente moraba la simiente de Dios.

Cómo convertía manantiales cristalinos en géiseres hediondos, transformándolos en ciénagas negras que exhalaban pestilencia.

Vi cómo la razón se convertía en locura.

»Viví una vida larguísima. Después de enterrar a mi esposa Eva, mis hijos y yo partimos en busca de una tierra santa hacia nuevas comarcas.

El camino fue largo, y en él encontramos muchos lugares hermosos, aptos para la vida e incluso para la prosperidad, pero nuestra tarea era hallar el Árbol de la Vida.

Queríamos devolver la vida al Alma del Todo.

Soñábamos con repetir en el futuro aquella felicidad que yo recordaba al repasar el pasado.

Soñábamos con encontrar un lugar donde construir el gran Templo del Tiempo.

Y he aquí que, tras innumerables ciclos de búsqueda, en medio de un bosque inmenso y espeso, dimos con lo que mis ojos no habían visto en media eternidad.

Era él: un joven Árbol de la Vida. No se sabe cómo pudo sobrevivir y conservarse, pero estaba ante nosotros.

No era demasiado grande ni demasiado pequeño.

Un árbol hermoso, cuyo brote había arraigado de un modo desconocido en tierras lejanas, echando raíces directamente entre los hilos de agua de un riachuelo que corría por aquel paraje.

Sus ramas largas se posaban sobre el agua, la llenaban de resplandor y la teñían de matices azules y esmeralda.

Nuestra dicha no tuvo límite. Habíamos encontrado el lugar sagrado, aunque no confiábamos demasiado en hallarlo.

Desde ese momento aquel paraje se convirtió en nuestra nueva casa.

Y aquel lugar resultó, en efecto, prodigioso e insólito, distinto de todo lo que habíamos visto antes.

Basta decir que toda la vegetación en torno a aquel árbol maravilloso asombraba por su abundancia y por su tamaño, y que la tierra fructificaba con tal empeño que ganarse el pan se convirtió en un placer y en una magia.

Era una tierra particular y un lugar particular para una vida feliz.

Por supuesto, aquel Árbol de la Vida diminuto no poseía la fuerza vital colosal que desbordaba a su antecesor en la bendita Atlántida, pero eso no importaba.

Se había cumplido el momento más importante de nuestra vida.

Se había realizado nuestro sueño más recóndito.

Ante nosotros se manifestaba en carne y hueso nuestra esperanza renacida.

Por fin habíamos hallado nuestra nueva tierra.

En esencia, habíamos hallado el sentido de nuestra vida.