La Tierra Prometida Chapter 9
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Chapter 9

CAPÍTULO SEXTO

EL ÉXODO

»Al encontrarse en el centro del cataclismo, Zenón corrió desesperado de vuelta al lugar donde había estado descifrando las últimas páginas de los manuscritos antiguos que formaban parte de la herencia del dios Mara.

Por su cabeza daban vueltas las palabras atribuidas a aquel dios: que sus nombres serían mil y que hallaría reflejo en todas las culturas y religiones mientras estas existieran.

Zenón comprendía que ya era demasiado tarde, pero, mientras escuchaba el estruendo de la catástrofe, se puso a releer las páginas de las tablas tratando de entender qué había ocurrido en realidad.

¿Cómo vivían y cómo habían podido consentir a su lado el aguijón mortal del conocimiento de la muerte?

¿A quién le interesaba aquello? Zenón no pensaba en salvarse; todo lo que le ocupaba ahora eran las líneas de los textos antiguos.

Y, al comenzar aquella última lectura, dio con la descripción del paraíso.

»Haciendo crujir los pergaminos, Zenón leía sobre mundos estables, cercados y protegidos, sobre los que la fractura dual del Universo no influía en absoluto.

Se sumergía en la descripción de civilizaciones que celebraban el rito del amor sacrificial —el amor supremo del Universo—, capaz por su fuerza de contener la influencia exterior de la fractura dual, trazando alrededor de la civilización una línea protectora.

Ninguno de los vivos podía traspasar esa línea ni salir más allá de su borde.

Nadie pensaba en ello y, por tanto, nadie intentaba hacerlo.

Y si no existía causa, tampoco había efecto.

El efecto terrible quedaba excluido por el mero hecho de que todas las causas habían sido superadas por la firmeza espiritual y por la educación del corazón.

Existían pueblos que servían de refugio a la santidad y a la fuerza del espíritu.

Los hijos de esos pueblos se parecían a los ángeles: tan sutiles eran sus cuerpos como estrecho era su vínculo con la fuente primera del principio sempiterno de la vida, la plenitud divina.

Consumían energía viva. La respiraban. Era imposible imaginar hasta qué punto aquel vínculo era poderoso y sincrónico con el principio divino.

Nosotros llamaríamos ángeles a los representantes de aquellos pueblos; muchas culturas los habrían llamado arcángeles, pero en esencia eran conductores de la naturaleza viva.

Aquellos ángeles, tras experimentar una transformación espiritual, conservaban todavía carne física, una suerte de sustancia sutil a la que en principio podrían haber renunciado.

Pero permanecían en el mundo material porque eran conductores vivos de las tres hipóstasis: el agua, la naturaleza y el amor.

A través de sus cuerpos, la vida y la gracia suprema descendían sobre la civilización.

Todos juntos componían la corriente viva del corazón único, sempiterno y omnipenetrante.

Y ninguno de ellos se distinguía por una santidad particular.

Cada cual poseía libre albedrío. Incluso un simple niño tenía una libertad acorde con su desarrollo espiritual.

Los niños venían al mundo iluminados ya desde el nacimiento.

La naturaleza misma los dotaba de una fuerza espiritual y física tal que su desarrollo no guardaba proporción con su edad.

Espiritualmente podían ser varios miles de años mayores que sus padres; los llamaban hijos de la luz.

»Zenón leía aquellas revelaciones mientras oía crujir la tierra en torno a su sala de lectura y susurrar la lava al extenderse. Ya no había adónde huir. Zenón comprendía que estaba condenado, pero seguía leyendo igualmente.

»El pueblo angélico tenía un modo particular de entender la reproducción.

Los ángeles se encomendaban en esto a la ayuda de la naturaleza misma, que lo sabía todo.

Se preparaban para la concepción durante toda la vida, sin experimentar ningún impulso sexual ajeno, porque quienes se elegían de verdad habían sido creados precisamente para eso.

Solo se correspondían el uno con el otro, y no había otra posibilidad: así estaba hecha su naturaleza.

La naturaleza misma daba a conocer que llegaba el mejor momento para la unión espiritual.

Entonces se producía un sacramento prodigioso, un rito sagrado.

Llegaba la cima de la felicidad terrena, la cima del perfeccionamiento espiritual.

Y era en ese momento cuando la naturaleza revelaba su verdadera esencia.

Era el instante de la unión con la vida entera, el contacto verdadero con lo hermoso, con el principio divino, con aquella bienaventuranza en la que moraban los principios supremos.

En ese momento las almas vibraban como la membrana más sutil del Universo; en un solo instante estaba todo.

De cómo latían los corazones dependía qué hijo concedía la naturaleza a las almas que se unían.

La obtención del hijo se producía por el espíritu, por el alma afín de la naturaleza, y era el mayor sacramento del Universo.

»Zenón leía línea tras línea y, como Adán, se asombraba de hasta qué punto todo lo que leía recordaba a la Atlántida.

Al parecer, los dioses se hallaban en el mismo nivel de desarrollo.

Entretanto la lava había inundado ya las salidas del templo, y Zenón comprendía que estaba encerrado en el depósito de manuscritos y que no podría transmitir a nadie lo que había leído.

Pero, incluso ahogándose con los vapores venenosos, siguió leyendo.

»La naturaleza lo repartía todo según leyes naturales de cuya sabiduría nadie había dudado jamás.

En verdad, el Alma del Todo era una matriz particular de la vida que creaba el sistema total de las reencarnaciones y de los procesos vitales, pues desde el principio se la consideraba una sola cosa con la plenitud divina y era su hija.

Todo en ella y a su alrededor estaba unido por un hilo vital particular.

Sobre ese hilo se sostenía el Universo, y a través de él discurría la vida entera.

Así había sido desde siempre, hasta que apareció la fractura dual.

»En un Universo dual siempre existía el riesgo de que algo saliera mal.

En las civilizaciones más desarrolladas estaba siempre presente el peligro de perder el paraíso y de volcarse en su contrario.

Aunque la caja de Pandora, en tanto que modo de conocer la vida y la muerte, estaba firmemente cerrada, eso no garantizaba que el portal fuera imposible de abrir.

La caja de Pandora se formó a la salida de la gran plenitud divina, cuando aparecieron los primeros eones y el tiempo.

Los dioses la consideraban una perversión de la vida y por eso la mantenían eternamente bajo siete sellos.

Cerrada y sellada, seguía esperando su víctima, aunque no la hubiera durante miles y miles de años, y podía permanecer en esa espera para siempre.

Pero a la providencia le estaba destinado cambiarlo todo…

¿Qué providencia era esa? ¿Se había manifestado en la persona de Adán?

¿Era de ella de la que advertían los dioses?

¿De veras existen fuerzas capaces de entregar a la muerte a pueblos enteros?

¿Capaces de destruir muchas civilizaciones?

¿En qué consiste, entonces, el sentido del ser?

Tratando de encontrar respuesta a esas preguntas, Zenón siguió leyendo.

»Los siervos de las tinieblas, serpientes tentadoras del Demiurgo, dotados del poder de crear eones y siempre a la busca de resquicios en las civilizaciones, hacían cuanto podían por abrir con engaños la caja de Pandora y por hacer crecer en esos mundos el Árbol de la Muerte, por crear el bacilo de la muerte que devora la vida en los lugares que se apartan de la gran plenitud divina.

Contra ellos luchaban los dioses, y por eso la caja de Pandora fue cerrada firmemente por los propios dioses y sellada para siempre con siete sellos.

»La salida hacia los mundos inferiores, hacia la vida contraria, hacia la estructura del caos, hacia la muerte, estaba bloqueada con seguridad, porque sobre aquella caja pesaba el estigma de la maldición.

En ella estaba encerrado el bacilo mortal, el virus universal capaz de destruir todo lo vivo, todo lo apacible y armónico del Universo.

Y ahora aquel estigma pesaba también sobre Zenón, pues había ayudado a Adán y era partícipe de todo lo ocurrido.

Pero siguió leyendo. Quería terminar antes de que todo acabara.

»En el Universo había muchísimas civilizaciones contaminadas: formaban galaxias enteras.

En una de ellas se encontraba también la tierra de los atlantes.

Allí la caja de Pandora había estado abierta de par en par y así permaneció durante millones de años, hasta que en el día de la victoria la cerraron imponiéndole siete sellos sagrados.

Fue una gran victoria, tras la cual los dioses vivieron en paz y armonía durante cientos de miles de años, después de lo cual partieron y se disolvieron en el abrazo de la gran plenitud divina.

»Zenón pasó la penúltima página que había leído y se puso con la última. En sus manos temblorosas se estremecía un pergamino muy antiguo, un fragmento quebradizo de una obra remota que se deshacía de puro vieja, pero en el que todavía podía leerse algo:

»«Nosotros somos los dioses salidos del seno primordial de nuestra madre vivificante, la grande, sempiterna y omnipresente plenitud divina, hecha únicamente de vida y eternamente vivificante, pues existía desde el principio y no tuvo comienzo: nadie la engendró.

Nacida de sí misma, era la fuerza vital misma, que nadie podrá jamás alcanzar ni comprender.

»«Salimos de su seno sagrado para crear el gran eón de la vida, semejante a ella en imagen y semejanza, en espíritu y en fuerza, en perfección y en abundancia, sabiendo que nada puede ser tan perfecto como ella.

»«Yo soy el dios Nous, que creó de la materia de la gran plenitud divina la primera Mente universal y se convirtió en el primer Logos, engendrador del pensamiento vivo con el que creó todo, todos los mundos y todos los eones existentes con su tiempo y su espacio, con su extensión y su velocidad.

Yo soy el Creador de todo lo visible; yo soy Kronos-Padre, el que determinó la vida de este Universo y determinó también su muerte. »

»Aquí terminaban los manuscritos de las tablas de la vida y de la muerte.

»Zenón cerró los ojos. ¿Así que a los dioses les había ocurrido lo mismo?

Pero ¿cómo sobrevivieron? ¿Cómo lograron alzarse contra todo aquello?

¿Cómo consiguieron sellar de nuevo las tablas de la vida y de la muerte y cerrar por siglos la caja de Pandora?

¿Cómo regresaron los dioses a sus tierras prometidas? Ah, si Adán lo hubiera sabido…

»Zenón abrió los ojos. La lava llenaba ya la sala del templo del Tiempo y del Corazón.

Vio cómo subía cada vez más alto, hasta que las bóvedas se derrumbaron y sepultaron a Zenón con todos los manuscritos que había en el templo.

Así dejó de existir el templo, y con él pereció todo lo vivo que allí moraba.

»Entretanto Adán y Eva intentaban salvarse del cataclismo espantoso.

Corrían con todas sus fuerzas. Abandonaban sus tierras natales, que perecían ante sus ojos.

Al volverse veían cómo se derrumbaba la ciudad sagrada, cómo ardía envuelto en llamas el templo del Tiempo y del Corazón.

Corrieron más de un ciclo con la esperanza de alcanzar el océano, pero el océano vino él mismo a por ellos.

La tierra se abrió y se tragó la Atlántida.

Rebasando las cumbres de las montañas se alzó una ola como una montaña aún más gigantesca, la cual, como un monstruo inconcebible que abre las fauces, se propuso destruir cuanto había logrado sobrevivir.

La ola alcanzó a los fugitivos desesperados, los derribó y los cubrió por completo.

En un abrir y cerrar de ojos, Adán y Eva se vieron en una mezcla espantosa de agua y de barro.

Un torbellino potentísimo los hizo girar y los arrojó en direcciones opuestas.

Los atlantes podían permanecer muchísimo tiempo bajo el agua y al final salieron a la superficie.

Pero salieron demasiado lejos el uno del otro.

El continente se hundió bajo el agua; de la Atlántida no quedó nada.

Manteniéndose a flote, Adán empezó a buscar a Eva llamándola por su nombre.

No podía creer que se hubiera ahogado. Tras perder su mundo, no podía perder todo lo que amaba, aquello de lo que vivía, aquello que constituía su esencia.

No hay palabras para expresar el dolor de la pérdida que se apoderó de Adán.

Al cabo de un rato divisó tierra firme. Pero ¿era la salvación?

¿Tenía sentido una vida en la que no quedaba nada por lo que valiera la pena vivir?

La orilla se acercaba cada vez más, alzándose sobre las olas en forma de rocas negras enormes por las que era imposible trepar.

Adán nadó a lo largo del muro vertical hasta que vio en un saliente una silueta conocida.

Era Eva, Eva salvada, el alma por la que valía la pena vivir, y le señalaba a Adán el lugar por donde se podía salir a tierra.

Adán nadó sin demora hacia allí. Pronto salía ya del agua.

Reuniendo sus últimas fuerzas, se puso en pie, se irguió y avanzó despacio hacia una tierra que le era desconocida.

Por primera vez se hallaba en el destierro.

»Abrazó a Eva y después subieron por la orilla. Ante ellos se extendían tierras salvajes y sin vida que en nada recordaban a la Atlántida.